Secaira sobre “Los descosidos”

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Juan Secaira, gran narrador, poeta, ensayista y lector, acaba de escribir una reseña sobre “Los descosidos” que hasta ahora se me hace la más completa que se ha redactado y se las quiero hacer llegar por esta vía para su lectura. De antemano le agradezco a Juan el gesto.
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Los descosidos

(por Juan Secaira)

Definitivamente Los descosidos, libro escrito por Eduardo Varas, es una novela para releer; es que en una primera lectura no se llega a sentir del todo las aristas que el relato posee; quizás por las citas a una fracción del arte contemporáneo, o por la urdimbre de las historias que se entrelazan como conteniéndose, para estallar al final.

Porque esta no es una novela pop o de cine y música; en la narración la culpa y la imposibilidad de ser intachables en la vida tienen un peso notable. Las relaciones de pareja, prácticamente imposibles, que rebasan la simple mención a unas cuestionables leyes –aprehendidas más que aprendidas– y se centran en la búsqueda de instantes, de sumas indirectas y jamás compartidas a plenitud. Uno de los personajes, el especialista, le dice al protagonista: “Hombre es el que cumple su rol, no el desesperado por cumplirlo”. En otra parte se dice: “La pareja perfecta es la mentira perfecta”. Precisas citas, que enganchan con la culpa y la traición.

La mentira como resquicio de supervivencia; el amor anhelado y comprendido desde mundos opuestos, siempre opuestos. Como señala el narrador se trata de una historia de abandonos y se pregunta por qué ocurre eso. Así, las ausencias se dan sin saber ni querer, la vida en pareja es lo más complicado -intenso y absurdo- que existe.

“Es imposible un atisbo de realidad en medio del campo de batalla que es una conversación”. El protagonista es un hombre que sabe que la realidad no es algo preestablecido o el mero seguimiento, y hasta obstinación, de unas cuantas ideas. Planteamiento que demuestra la complejidad de “la verdad” y sugiere que el hecho verbalizado siempre tendrá dos o más caras.

“La paz es la ausencia de un lugar para dormir, la ausencia del otro”. Desde esa perspectiva la única violencia posible es la ejecutada contra uno mismo y en silencio, en profundo silencio, vagando por el camino que se traza ante nuestros pies, un segundo antes de dar el primer paso.

Por ello, el protagonista dice: “Los gustos suelen ser espasmos en la parte posterior de la cabeza y de pronto surgen, saltan y te comen a golpes el resto de la conciencia”.

Es que esta novela no es la típica narración de algún suceso, o la exploración estilística que muchas veces no guarda una historia sino las nimias ganas de demostrar una habilidad, una proeza del lenguaje para contentar y contentarse.

Es casi un clamor generalizado que hay que ser audaces e ir más allá en la literatura contemporánea. Sin embargo, se ha pretendido hacerlo únicamente desde dos vertientes predominantes; en la primera, desde una cuestión seudoliteraria de pocas miras aunque de mucha palabrería; en la segunda, desde una vuelta a la histeria, lo grotesco y fútil de las experiencias humanas; como si llenar de malas palabras un texto fuese un logro mayor.

Pero hay muchísimas más formas de enfrentar la ficción, y hacerlo con honestidad; lejos del estereotipo que dicta que el libro debe gustar a todos, como si eso fuese posible, e incluso, importante.

Así, Eduardo Varas plantea acciones y reflexiones crudas y ciertas, pero lo hace desde la concepción misma del personaje y no para asombrar a la audiencia, como si de un mago de pueblo se tratase. Entonces el protagonista de Los descosidos nos lleva por la historia de tres mujeres y su relación con él; pero también por sus pensamientos y reflexiones; muchos de ellos contundentes; por sus dudas, con una extraña mezcla de sabiduría -pues sabe que la realidad es absolutamente relativa y oscura- y por sus impulsos -de ahí que se decida a hacer lo que hace.

Pero, ¿lo hace? La pregunta se origina en el hecho de que todo lo narrado puede haber nacido en la imaginación del protagonista, ¿y por ello no existe? Interrogante que nos instala en lo que la escritura de ficción significa: la novela es un artificio, una experiencia construida con palabras, un instante que no puede captar la realidad ni siquiera acercarse a ella. Por ello los diálogos de la novela no tienen un lenguaje coloquial, ni siquiera, a mi modo de ver, son diálogos, sino monólogos de sus personajes, piezas de un ajedrez que se construye -y se destruye- al final. Mas, el lector no debe recoger las piezas, no es necesario, porque se han ido desvaneciendo conforme transcurría la historia. Hay detalles que, a más de la voz del protagonista, le dan cuerpo a cada personaje; por ejemplo el uso de frases o diminutivos que los distinguen.

Juan y yo, el día del lanzamiento de “Los descosidos”

Confieso que con Los descosidos me comporté como si de un caso de Nick Carter (aquel personaje de Mario Levrero)se tratara; le pregunté a la mayoría de gente qué le parecía -buscando no inducir su respuesta sino animándola a que se sincerara, e incluso haciendo de abogado del diablo-, y obtuve resultados increíbles. Muchos la han leído y su opinión -aunque no concuerde con ella- tiene argumentos. Otros la critican sin haberla leído -eso dice bastante del mundillo literario-, y algunos se centran en el autor y no en la novela. Pocos han preguntado por qué los personajes se llaman así, por qué las referencias a películas y cantantes, por qué, por qué por qué. Y yo digo: por qué no.

Ciertamente, por momentos, la historia carece de un clímax, son escenas desmembradas, y las referencias al cine y a la música, por ejemplo las comparaciones, dejan perplejo a un lector no enterado. All final no se explican las tres historias completamente (¿qué hubiese ocurrido si las historias se contaban por separado? ¿con autonomía la una de la otra?, sin duda se ganaba en tensión y atención, pero ese ya sería otro libro, otra propuesta). Además, hay innumerables sentencias, el narrador va definiendo su acontecer prácticamente a cada momento; mas, paradójicamente, muchas de esas sentencias se oponen a sus acciones posteriores.

Me parece que esta novela se centra en la relación de pareja, el resto es un entorno ficticio que se relaciona con el personaje, con sus preferencias. En gran medida no son criminales que aman, sino amantes que, en un momento dado, delinquen, y esa es una distinción que recorre el relato.

Digo todo esto porque me parece que Los descosidos no es una copia de la vida; su puesta en escena la traspasa y se convierte en algo distinto, pero no únicamente por serlo sino porque lo buscado se asienta en la idea de un estilo y de un contenido artificioso, pero no falso ni oportunista -la diferencia es enorme en ese sentido-.

He dicho que la realidad es relativa, quebrada, incluso se hace trizas muchas veces; lo mismo ocurre con la percepción de Los descosidos, que al no tener las fáciles propuestas de ensimismar al lector con tics efectistas, ni conmoverlo con estereotipos, crece como un susurro, que guarda un secreto inconmensurable -el cual se expande no como un estallido sino como la respiración agitada de un ser que nos persigue a toda hora-.

Anteriormente he mencionado que prefiero, en narrativa, una historia vital. Al releer Los descosidos me encuentro con que esa vitalidad la tienen las tres historias, por así decirlo, de las mujeres: Filipa, Emma y Penny, y quizás al no estar contadas de manera seguida dicha vitalidad empalidece.

Sin embargo, el final, las confesiones del protagonista acerca de los sueños y de sus intentos por escapar, unen, de cierta forma, todo ese caótico engranaje que se ha ido hilvanando ante nuestros ojos. El desencuentro, la soledad, el desencaje de la relación amatoria, la dificultad de no poder verbalizar ni encontrar una lógica al amor que se siente, a la necesidad, envuelta en papel celofán y en espinas, la reconvención, el perdón, el sinsabor de vivir con alguien sin conocerle, sin conocerse, caminando con una ceguera a la que se intenta dar motivos, justificarse para seguir sin saber cuál es el objetivo. Por eso, la vitalidad no está en la explosión sino en los restos que deja, en sus esquirlas.

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