Cuerva críos o el acto puro de escribir (texto de Juan Secaira)

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Con este post retomo una idea antigua que estaba dando vuelta por ahí y que la había dejado de lado. Las colaboraciones van a ser parte importante del blog de aquí en adelante y así como Juan Secaira, que gentilmente cedió este texto, invito a quien quiera a enviar sus escritos (con una pequeña biografía) a eduardovarcar@gmail.com, para ir publicándolos por este espacio. Gracias, de antemano.

imagen tomada de fundaciontiana.org

 

Cuerva críos o el acto puro de escribir*

Cuerva críos, de Silvia Stornaiolo, es un libro que agrupa a 45 cuentos, algunos breves, otros brevísimos y varios más extensos, que rompen, de un solo golpe, directo y furibundo, con el pretendido maniqueísmo en el cual se desenvuelve gran parte de la sociedad. Esos límites, tan prejuiciosos como falsos, esas restricciones, ese moralismo castrante del “bien pensar y el buen vivir”, del “deber ser”, son derrumbados y visibilizados como lo que en realidad representan: el anhelo de la mirada y el pensar únicos y definitivos, para así no vernos las costuras, para suplantar el placer con la seguridad, y los temores con la dicha de ser iguales al resto de los mortales. Desde esta perspectiva, lo que menos hay en Cuerva críos es inocencia; existe sí ternura, que es distinto, y humor, desenfado, impulso y una fuerza cautivante.

Los cuentos conforman un universo uniforme y a la vez diverso: la vida cotidiana y cómo los personajes responden ante ella. Como ya se ha dicho, lo escatológico está presente en el cuentario pero no es su centro: el centro es la demostración de la perplejidad del ser humano ante su existencia; no a niveles filosóficos, ni siquiera éticos, sino en el impulso que los lleva a decidir en fracción de segundos lo que harán o no harán. Con la premisa de que en la vida, en el fondo, no pasa nada, todo es una línea sin final.

Así, los cuentos surgen de una vivencia o anécdota en apariencia pequeña y se transforman en un acto de reconstrucción, de rebeldía (ya no la rebeldía idealista, tipo hippie, que pretendía cambiar el mundo) sino una rebeldía solitaria.

Otra característica sobresaliente de Cuerva críos es el sentido del humor de algunos relatos, que terminan con la inevitable carcajada del lector ante el humor negro de los narradores. A propósito, muchos de los cuentos están contados por un hombre, por tipos que sufren y se desgastan en una sociedad hermética y aún así, o precisamente por eso, tienen ironía y maldad en sus miradas y en sus actos.

Por eso mismo, los cuentos son inocentes en algunos momentos, pero no sus narradores, hay una sutil diferencia en ese punto; y por supuesto que existe amor en los relatos, un amor distinto (¿hay amores iguales?, ¿hay recetas para ser felices?, ¿hay una camino marcado por dónde llevar nuestras vidas?), un amor y desamor reales, duros, macabros e inciertos.

Lo que convierte a los cuentos en una experiencia única es el alejamiento de esa mirada cínica y por sobre el hombro, tan típica de cierta intelectualidad –retratada precisamente en Cuerva críos– que ha hecho de la indiferencia y la languidez su marca de agua. No, acá no hay imposturas ni falsedades a nivel discursivo; sino una suerte de ficción atomizada por las relaciones personales difíciles y por la noción de insatisfacción e insuficiencia.

Precisamente por estas características es que se trata de un libro distinto, alejado de lo que se entiende por “escribir correctamente”, de esas leyes y normas para convertirse en betseller, de acceder a una intelectualidad que se ha olvidado de escribir y se ha dedicado al mercadeo más repugnante. No. Los cuentos nos demuestran que no hay adónde ir ni dónde esconderse, que no existe salvación ni perdón, que sólo nos tenemos a nosotros mismos y que eso no alcanza, pero ¿qué cosa es suficiente?


A nivel de estilo, los cuentos simulan el habla de la gente, sin coloquialismos ni jergas, y mantienen una elipsis, una economía de palabras y acciones, un ir al grano para devastarse y devastar, para reírse de esta vida sin dejar de poner el dedo en la llaga, en el excremento, en la masturbación como el bosquejo de algo que nunca será, en eso que nadie mira porque la pacatería obliga a virar la cara.

Otro rasgo importante es que los relatos se cuentan con una parquedad única, como si lo que pasara fuese “normal”, la peripecia es terrible no la forma de contarla. En esto se separa del conocido realismo sucio, que privilegia un lenguaje grotesco para elaborar sus ficciones. Además, los narradores jamás cometen la autosuficiencia de elaborar complicados y rebuscados juicios morales, tampoco se quejan ni piden clemencia.

En el cuento “Cuerva críos” el incesto es contado con una inocencia demoniaca. “Normal” nos hace acuerdo que todos tenemos un pasado, un legado aunque sea ínfimo. “Fogata” nos envuelve en el recuerdo de los relatos de Roberto Arlt.

“Mami” es una muestra de la maldad intrínseca de los infantes, de sus prioridades, tan lejanas a los discursos moralistas o solemnes de los adultos. El final de este cuento es extraordinario. “Ritmo” es la demostración de que existen muchas formas de sentirse bien, no únicamente las “establecidas”.

En “Presa” se dice “no puedo perdonarme esta extraña sensación que provoca en mí la satisfacción del desastre”. La sensación de desamparo y la ambigüedad al no saber con certeza qué ocurre, por qué se siente eso. La respuesta está en cada lector, el asumir sus más oscuros pensamientos y dejar de negarlos, el enfrentarlos en una forma de expiación pagana con resultados inesperados. Otro ejemplo de eso aparece en “Bulla”, donde una madre está hastiada de su bebé y a la vez lo ama. Parece decir que hay cosas que “toca” hacer, pero sin esas ellas el afecto tampoco sería tan fuerte.

En ese sentido, “Tan sólo un poco” deja sentado que la fidelidad no es garantía de nada, de absolutamente nada más que de un patetismo inconmovible. Y en “Bacione” la mentira es el eje central de la relación en pareja, y de que cada ser humano es un mundo y que es inútil, estéril y hasta ridículo buscar una media naranja.

“Mi fragilidad” es un buen ejemplo de lo antes mencionado, de esa fragilidad que todo ser humano recorre cuando aún está y se siente vivo. Su protagonista termina usando su cuerpo para vislumbrar una salvación.

“Va” es el cuento que toda mamá debe leer, definitivamente.

Entonces, rota la línea, el placer, el deseo, la excitación, pueden darse en las situaciones más increíbles, y siempre desde lo imposible de culminarlas. Eso ocurre en los cuentos: “La nueva fragancia de voz”, “Labor-domestic”, “Barata”, “Trío tierno de la ciudad tormenta” (en donde el deseo está matizado por la impostura intelectual de sus protagonistas, todos intentando salvarse de la estulticia en la que están inmersos) y tiene su colofón en “Las bragas del emperador”.

La muerte está presente en el libro de una forma no dramática, los personajes quieren vivir, les toca pero lo hacen. Más bien el estar muerto, como sucede en “Bajón”, es la única opción de ver y escuchar, de ser uno mismo.

En “Esta insignificante vida me ha llevado a llenarme de rivales” el acto de rezar de su protagonista es el epílogo del miedo y el desamparo que siente.

“Tirayafloja”, contado escribiendo la sucesión de fechas en que transcurre, como lo hizo Bolaño en Los detectives salvajes, refleja la imposibilidad de la certidumbre en una relación de pareja, en la que todo es un torbellino de egos y momentos no siempre armoniosos.

Hasta aquí el recuento del efecto que algunos cuentos han hecho en mí como lector; aproximación parcial e insuficiente porque se quedan fuera las reflexiones de otros, igual de interesantes como los que he comentado. Y me percato de que Cuerva críos se distingue también porque obliga a una relectura, a adentrarse nuevamente por sus recovecos, por sus páginas. Y siento que eso sólo sucede con la buena literatura.

Es inútil a estas alturas etiquetar la obra literaria de Silvia Stornaiolo, aunque muchos sectores son tan dados a hacerlo, en lugar de disfrutar y dejarse llevar por estos relatos, de los cuales nadie saldrá ileso ni indiferente.

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*Juan Secaira (Quito) Poeta, narrador y ensayista. Licenciado en Comunicación y Literatura por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, trabaja como editor, profesor y articulista. Ha publicado un texto de redacción, 2005; el libro Obsesiones urbanas, ensayo crítico sobre la obra narrativa de Humberto Salvador, editorial El tábano, 2007, y el poemario Construcción del vacío, editorial Sarasvati, 2009, Nueva York, mención especial del premio de poesía Ángel Miguel Pozanco 2008 (España).

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