Miguel Antonio Chávez: “El humor simple es disparar una salva al aire, la ironía en cambio es peinar a tu víctima antes de seleccionar el arma”

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Miguel tuvo un buen 2010. No sólo que formó parte de un proyecto editorial de Altazor (Perú) que le permitió publicar su novela “La maniobra de Heimlich”, sino que en noviembre pasado pudo ver a Paul McCartney en Argentina, lo que supone la envidia de aquellos que nos quedamos recluidos en Ecuador. Pero esto va más allá del fanatismo. Tiempo atrás lo entrevisté para una nota que saldrá publicada en 60 watts y algunas de sus respuestas, ligadas con la experiencia de su novela, son las que podrán leer a continuación:

imagen tomada de edicionesaltazor.blogspot.com

¿Hasta qué punto te has ‘autofagocitado’ para esta creación? Hay que tomar en cuenta que tienes un pasado en publicidad y de seguro lo que has ficcionalizado le debe tanto a tu experiencia laboral…

No diré “es full ficción, no soy aquel” ni tampoco “Madame Bovary c´est moi”. Pero es la inquietud natural de los que conocen un poco de mi vida y quizá hasta les genere un guiño de complicidad, pero la lectura de la novela (como la de ninguna otra debería ser, en el campo de la ficción) no depende para nada del conocimiento previo de ese referente. ¿Me habrías hecho la misma pregunta de haber escrito la novela de un proxeneta o un asesino en serie? Un ejemplo realmente extremo de “autofagoticarse” lo hizo Beigdeber, apadrinado de Houellebecq. En “13,99 euros” su alter ego, Octave Parango, dice que está escribiendo la novela que desnudará el mundo de la publicidad y por el que lo despedirán de la agencia, mientras que en el perfil de autor se dice que a Beigdeber lo despidieron de la Young & Rubicam París por escribir esa novela. Ingenioso juego pero dicha obra tiene un grave defecto que al menos para mí le resta verosimilitud, y de eso hablo también.

Las experiencias propias y ajenas, y la cantidad de elementos hiperbólicos que están en “La maniobra de Heimlich” solo fueron la plastilina que me animaron para armar eso algo que me divirtió mucho.

 

En la novela no solo has intentado un discurso a través de la escritura, sino usas dibujos y fotografías… estableciendo una relación mucho más cercana entre el tema de la novela (publicidad/ literatura) y el propio objeto final. ¿Hay algo más allá en la apropiación que haces de estos recursos en “La maniobra…”?

Puse elementos en una licuadora que no había puesto antes y el resultado final no lo puedo saber (…) A inicios del milenio, así como hubo una migración masiva ecuatoriana a España, la hubo también hacia Argentina, en concreto a Buenos Aires, aunque sus protagonistas y sus circunstancias fueron distintas a la de la inmensa mayoría que viajó a la península Ibérica. La migración hacia Argentina la conocí in situ. Para mí fue clave generar el contexto dado por los espacios simbólicos de Guayaquil y Buenos Aires, en una ficción libre y fragmentada. Un pie un lado, un pie en el otro. Cruzando el charco, como dicen los rioplatenses. Buenos Aires fue construida a espaldas del río de la Plata, Guayaquil fue todo lo contrario y más similitudes y diferencias que me ayudaron a matizar la novela. Alberto Fuguet alguna vez dijo en una visita a Guayaquil, aún no se ha escrito “la gran novela de Guayaquil” y eso podría tomarse como un acto lúdico o de prepotencia. Y yo me pregunto, ¿es necesaria esa “gran novela”? ¿Para qué? Ojalá algún día se escriba “la gran novela de Vladivostok”.

imagen tomada de haroldalvaviale.blogspot.com

¿Cuán importante es el humor para la literatura?

Para todo, literatura, arte y vida. Dios es el más grande humorista: pueden comer de todos los árboles menos de ese, y luego sus dos personajes ¡zas! Cuando lees “El humorismo” de Pirandello, te das cuenta que esto del humor es más complejo de lo que parece, empezando que el primer significado histórico de “humor” eran las secreciones internas del cuerpo antes que el estado emocional de la burla o la figura de la ironía. Debo mi sentido de la “ironía literaria” a Monterroso, gran discípulo de los sátiros grecorromanos, quien me abrió las puertas a esa gran dimensión, pero ahora no suelto al kraken tan fácilmente. Es verdad cuando César Aira, siendo Aira, dice que no es bueno escribir buscando el humor porque termina siendo algo efectista. Porque para mí no se busca, eso simplemente sale, fluye, a algunos les saldrá más fácil que a otros, pero ese es otro tema. Y debe ser dosificado. El humor simple es disparar una salva al aire, la ironía en cambio es peinar a tu víctima antes de seleccionar el arma.

 

La novela fue publicada en Perú, por Ediciones Altazor. ¿A qué se debe esa decisión como autor? ¿Tiene algo que ver con la dinámica de las publicaciones en Ecuador?

Hablando en contexto general, obedece a dos cosas, creo: la crisis editorial en Ecuador, motivada por factores que van mucho más allá de la falta de lectores, como la falta de conciencia del libro como el producto de una industria cultural. Y la otra, la visión más global e integrada del mundo: ¿por qué conformarse con que solo te lean en tu barrio, tu ciudad, tu país, cuando tú lees cosas de otros países? ¿Por qué no podría haber esa dinámica a la inversa? Ya olvidemos lo dividido que es un país tan pequeño como Ecuador (que lo seguirá siendo mientras se mantengan las descalabradas estructuras culturales y geopolíticas en las que se cimentó) y lancémonos. Hablando a título personal, tuve un ofrecimiento concreto de ediciones Altazor, en una colección de novelistas latinoamericanos que se plantearon este año y que quedó estupenda. Publicar siete novelas de golpe y llevarlas de gira por todo Perú ya marcó un precedente histórico, eso lo afirmaron en la FIL Lima 2010. Y no puedo ocultar mi alegría de haber sido parte de esta movida, considerando que ya conocía de antes algunos de los escritos de Oliverio Coelho, Jorge Enrique Lage, Juan Ramirez Biedermann y Claudia Apablaza.

Los ‘escogidos’ de Altazor (en gira por Perú). Imagen tomada de casadelaliteratura.gob.pe

¿Cómo definirías el clima narrativo de Ecuador de la actualidad?

Movido. Hablando solo de este año: Francisco Proaño Arandi ganó el Premio José María Arguedas, del Casa de las Américas de Cuba con “Tratado de amor clandestino”. Diego Cornejo Menacho y su novela “Las segundas criaturas”, que narra su visión sobre Marcelo Chiriboga, aquel escritor fantasmal del Boom que crearon José Donoso y Carlos Fuentes. La voluminosa “Ondisplay 2.0” de María Fernanda Pasaguay. El cuentario “Balas perdidas” de Solange Rodríguez Pappe. Las novelas “Hablas demasiado” de Juan Fernando Andrade y tu novela “Los descosidos”. O la reedición de “El viajero de Praga” de Javier Váscones, con prólogo de Juan Villoro. El reto es abrirse, que gente de otros lado lea estas obras. Es criminal confinar un buen libro al estante polvoriento de una librería o biblioteca. Otra cosa que internamente nos hace falta es conocer y alegrarnos por las buenas noticias en el exterior. Por ejemplo, el que Esteban Mayorga haya estado con narrador joven ecuatoriano invitado a un evento organizado por Casa de América de Madrid. Ese intercambio es interesante, como el que se dio en la mesa binacional en la Casa de Literatura Peruana, hace poco a fines de julio, entre el peruano Carlos Calderón Fajardo y el ecuatoriano Leonardo Valencia, reflexionando sobre un ensayo de este último, titulado “El síndrome de Falcón”.

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