El ejercicio del olvido (texto de presentación de “Y aún ocupan mi memoria”)

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A veces no sé cómo definir a la memoria. Prefiero no caer en divagaciones, aunque elucubrar siempre es un placer. Digamos que si me pongo a pensar que la memoria es ese campo de experimentación que tenemos en nuestro organismo, pues podríamos realizar una serie de pruebas para comprobar todas esas teorías que la física cuántica nos ha dado. Y hasta podría asumir que en la memoria están las dos posibilidades de todo recuerdo: lo que pasó y no pasó. Todo simultáneamente. Lo que hay en la memoria es también lo que no está en la memoria y ambas certezas ocupan ese espacio. Lo único que puedo hacer con este embrollo en el que me he metido a punta de conjeturas es aceptar que hay algo ahí dentro, en eso que llamamos pasado, y que se ha convertido en la materia prima para muchos buscadores de ese motor principal de nuestros dolores.

invitación al lanzamiento de la semana pasada, donde se puede ver la portada del libro

A veces uno mismo puede ejercer ese rol. Quizás la escritura es el camino para establecer los nexos entre esos universos de recuerdos, paralelos e iguales.

“Y aún ocupan mi memoria”, de Leticia Loor, es una gran apuesta alrededor del recuerdo, de cómo enfrentarse a él, de cómo librarse de las penas que quedan ahí flotando, de cómo recuperar en algo el control que la misma memoria se niega a otorgar. Esta novela nos coloca frente a este personaje/ narrador, María, que incluso opta por revelarnos su pasado como Mariquita del Valle, para establecer las distancias, negar lo que fue y luchar contra la tormenta que está en ella. “Y aún ocupan…” es la novela de lo inútil del discurso que se crea para adornar las cosas. Y en ese campo siempre triunfa la verdad, dolorosa y firme.

María hace muy poco, intenta mucho, precisa escribir una novela, que dentro de la novela se vuelve un paréntesis más, un limbo de heridas y abandonos. ¿Por qué? Porque la aventura de María, por desembarazar lo que hay de Mariquita en ella, y negarse, se sostiene en espacios abiertos, en nuevas decisiones para crear universos que atenúen eso que está doliendo. Pero todo eso le resulta inútil. El lenguaje es una manifestación más de ese proceso incapaz de darle regocijo, especialmente al inicio de la novela, donde experimentamos ese pasado del personaje, escrito por ella, en un estilo que adorna todo, que recurre a imágenes que fallan, que se vuelven tediosas. Para María es imposible escribir algo en ese estado, en esa primera memoria. De entrada, los recuerdos parecen intentos fallidos por evidenciar eso que le duele al personaje y que le imposibilitan encontrar un camino adecuado a su ficción. María escribe en su novela: “Ella sentía que tenía tantas cosas que haberle dicho, pero sin saber por qué, el tiempo dejó callarlas. Ahora tenía miedo recordar” (página 23).

La “Primera memoria” (o primera parte) de esta novela es dura. No necesariamente porque se cuente algo duro, sino porque nos plantea ese sufrimiento de María como imposibilidad de llegar a algún lugar. La lectura nos expone a eso, a una premisa escrita con claridad, alrededor de vivir en el recuerdo, pero evidenciada con tensión: “Es confrontar el pasado y lo presente, lo inviolable y la libertad, las personas y la soledad, el abuso y la inocencia, las historias desperdigadas… el vacío” (página 34). En la “Segunda memoria” esta confrontación adquiere forma y encamina la novela.

Cuando surge el rompimiento y el encuentro sin misericordia es que la literatura obtiene ese carácter de vínculo entre posibilidades de ficción: en este caso tenemos a una personaje que escribe y se confunde en ambos universos. Está en los dos y en ambos resiente los golpes que cada uno provoca. “Y aún ocupa mi memoria” se convierte en una novela fuerte, en la que su misma escritura funciona para contener a esos demonios que quieren salir. No hay otra respuesta posible, excepto en ese camino de penitencia que se provoca alrededor. Es en esta segunda parte que María conoce a un hombre que se vuelve su compañero, un tipo que le permite encontrar otro espacio de realidad, en la que la ficción también juega un papel importante. En este punto, la novela acaricia la idea de que aquel discurso de lo místico y espiritual puede ser un mecanismo que actúa de igual manera que el literario. Es el espacio para establecer a la imaginación como herramienta para el camino a seguir. María lo intenta, pese a las dificultades que ella misma advierte en cada paso que da: “El pasado es un ser sin rostro que me acosa, quiere insertarse en mi presente rasgándome la piel e hiriéndome con imágenes de la boba del barrio, imágenes que creía descartadas” (página 53). Abro nuevamete esa relación con la física cuántica, porque de acuerdo con el experimento mental de Schrödinger, el gato que está en la caja, con un veneno que se puede abrir en cualquier momento, está vivo o muerto simultáneamente. El pasado que atormenta a María, como su niñez como Mariquita, no es un pasado paradójico, ella no es una u otra, resulta ser el gato dentro de la caja que está vivo y muerto al mismo tiempo, lo que no es más que el concepto de los universos paralelos, de Everett. María soporta con su recuerdo aquello que la transforma en lo que es: ese punto de contacto entre dos momentos, dos seres que se funden en uno. “Y aún ocupa mi memoria” es una novela en la que no existe una consecuencia normal de la niñez a la adultez del personaje, lo que hay es un presente condicionado por ese pasado que sigue siendo vida. A medida que la narración avanza, solo hay un camino para llegar a una suerte de normalidad para María. Escribe como un acto de curación interesante, como ese túnel que le permitirá ir de una realidad hacia la otra y fundirse en una sola. En la “Segunda memoria”, María intenta contarle a su nueva pareja de qué va la novela en la que trabaja. Todo está ahí: “Le expliqué que es una novela que llevo meses haciéndola, o como me gusta decir, narrándola, sobre una mujer que enfrenta varios conflictos hasta el tema de la muerte, y el papel que juega la falta de aceptación, la pérdida, el dolor, la soledad, que en cierta forma son coprotagonistas de la historia”.

Leticia Loor, imagen tomada de eluniverso.com

La novela que escribe María es su misma novela. Aquella en la que la niña Mariquita debe sobrellevar la crianza estricta y anacrónica de una madre engañada, la que debe cargar sobre sí el epíteto de boba de sus amigas, la que dejó de lado esa existencia una vez que las otras personas se esfumaron.

Es en la “Tercer memoria” en la que todo llega al sentido. Hay dolor, muy fuerte y la base de la novela surge ante el lector en un infame capítulo que lo afecta, lo mueve. María es víctima de un pasado presente, que no la deja en paz y mientras trata de encontrar la calma necesaria, lo que encuentra es una certeza de golpe. El túnel entre los universos se abre y las decisiones adquieren sentido. Es como si se aceptara que todo el pasado, más que condena, es un viaje a un nuevo futuro, una vez que adquiere un sentido mucho más claro. María entiende y debe seguir adelante enfretándose a una nueva transformación. Porque siempre el contacto con otros va a generar esos cambios, esos caminos abiertos para las múltiples posibilidades.

“Y aún ocupan mi memoria” no es una novela estrictamente sobre el pasado, sino sobre cómo enfrentarse a lo que está por venir, una vez que un cierre se convierte en inicio. Las maneras son múltiples y al final, al borde de una decisión, lo que nos queda de María es esperar un movimiento y una nueva realidad que se va a crear, hasta que su obra esté terminada, finalmente.

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