Una mirada local a Tennessee Williams

imagen tomada de ecuavisa.com

Siempre he creído que Tennessee Williams es un tipo que tenía una comprensión atómica sobre el acto narrativo (y en este caso del dramático), por lo que en cada uno de sus personajes y en sus palabras se esconde un vehículo portentoso, capaz de reflejar una frustración tan propia del ser humano. Para mí eso lo vuelve un autor magnífico. Por eso creo que sucede algo extraordinario cuando veo un filme basado en sus obras o la puesta en escena de una de ellas. Todavía tengo grabada esa película en la que Paul Newman y Elizabeth Taylor compartían los roles principales y parto de esa imagen para asegurar que no me estorba en lo que quiero decir acerca de la versión ecuatoriana de “La gata sobre el tejado caliente”, dirigida por Jaime Tamariz, y que hace poco se presentara en Quito.

No trato de comparar porque las experiencias son distintas. Desde luego que la cinematográfica tiene sus méritos, y de sobra, pero en la teatral, propiamente dicha (con todo y un ejercicio de adaptación –que pueden entrar a discusión para algunos, aunque para mí no, porque sí que resulta interesante lo hecho con el texto), es un deleite. Porque no sólo presenciamos un ejercicio de contextualización mucho más cercano (y costeño), también contemplamos esa necesidad intrínseca que la vuelve universal, humana. Un espectador hondureño, así como alguien que esté viviendo en Helsinki podrá establecer esos puntos de conexión bárbaros (y esto no es sólo mérito del texto, sino de cómo se la ha puesto en escena). Me podría referir acá al uso de las canciones (como esa increíble versión de “(I can’t get no) Satisfaction” de P.J. Harvey y Björk, en una escena del más evidente y fabuloso onanismo que haya presenciado en una sala de teatro), o a la utilización de una serie de recursos adicionales al acto escénico, como la danza y el uso de marionetas (otro gran momento, impresionante), o a la ubicación casi cosmopolita de esa habitación que descansa en el escenario… Pero esos elementos lo que hacen es reafirmar lo que en la representación se está dando.

No quiero hablar de lo accesorio, sino del acto mismo del teatro; del trabajo de un elenco que con sus discretas deficiencias (quizás exageraciones a momentos que te hacían romper esa burbuja que se había ido creando) supo compaginarse bien y crear algo que de interesante tiene mucho y de poderoso más. La fuerza de esta adaptación de “La gata sobre tejado caliente” está en lo que actores como Roberto Manrique, Alejandra Paredes, Luciana Grassi, Alejandro Fajardo, Augusto Enríquez, Andrés Garzón y Prisca Bustamante consiguen: una sinergia que eleva todo a niveles casi catárticos y que estallan en esa incosolable realidad de los personajes, porque todos ellos sufren algún tipo de abandono y deben lidiar con él.

imagen tomada de ecuavisa.com

Quizás la escena entre Víctor (el personaje que interpreta Manrique, que está dedicado al alcohol y convaleciente de una fractura en su pierna derecha) y su padre (El Gran Papá, interpretado por Andrés Garzón, a quien sigo considerando nuestro Al Pacino) es la más impresionante, más que nada por la agresividad y vulnerabilidad contenida en un mismo coctel. No recuerdo haber sido parte de un público tan conectado con lo que sucedía en escena. Garzón y Manrique supieron crear esos nexos, esa relación que quizás sea la única cariñosa de todo lo que se ve en escena, a pesar de lo dura y tormentosa. Para mí es quizás lo mejor logrado en todo lo que vi.

Luego de comentarios mediáticos y de algunos asistentes que no fueron del todo alentadores, sobre todo en su estreno en Guayaquil, la obra llegó a Quito con fuerza. Porque hay que comprender que el teatro es un arte con una temporalidad efímera, que se asienta con el tiempo, que funciona mejor cuando todo se ajusta y que siempre hay cosas que ajustar. Lo que yo vi fue una puesta en escena grande y que pretendió muchísimo… y al final salí del teatro con la idea de que algo funcionó bien y que me repetiría con gusto la obra. Si la reponen, pues vayan a verla.

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