Sánchez Dragó y la “confesión de parte…”

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Esto de los libros no deja de ser extraño. Sobre todo porque siempre habrá una cuota moral incluida en la experiencia literaria y esa ‘perspectiva’ no puede ser considerada ajena para nadie. La literatura siempre se ha visto envuelta en estas lecturas, es algo de lo que no se puede escapar…  la experiencia humana nunca se desvincula de estas impresiones.

Las ‘buenas costumbres’ posiblemente se pongan en ‘entredicho’ con una obra, es natural eso. La imaginación y el uso del lenguaje no pueden jamás alejarse de la dinámica del enfrentamiento ante ese universo personal de cada lector. Ya ha pasado muchas veces antes. Flaubert es uno de esos casos, con la demanda de inmoralidad de “Madame Bovary”. Pero Flaubert hay solo uno y M. Bobary es una joya que sobrepasa ese ‘escándalo’ de época. ¿Hoy quizás el escándalo sea insuficiente?

imagen tomada de diariofemenino.com

El español Fernando Sánchez Dragó (que acá recordaremos por ese programa sobre literatura que daban a la madrugada de los lunes por Televisión Española Internacional, llamada “Negro sobre blanco”) está metido en un problema que sí que raya lo desagradable, de entrada. En un libro, publicado por editorial Planeta, y titulado “Dios los cría… “, que Sánchez Dragó firma junto a Albert Boadella hay un párrafo terrible, perturbador, que causa toda la polémica: “En Tokio, un día, me topé con unas lolitas, pero no eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rimel, tacones, minifalda… Tendrían unos trece años. Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter, la otra se me trajinaba”. Decida usted.

Lo cierto es que esa confesión roza lo criminal. Y en un momento en el que el tráfico sexual de menores es algo que se combate con agresividad, sí que se convierte en una revelación nefasta. Sánchez Dragó ha salido a ‘desmentir’ en algo el texto: “Es una historia literaturizada, digamos, a partir de una anécdota trivial. Se remonta a 1967. Ya ha llovido: casi medio siglo. Fue un coqueteo sin importancia. Los jóvenes japoneses eran así. Estaban ellas, con sus amigos, a la salida del metro. Fuimos todos juntos a tomarnos un café al lado de la estación. Nadie se trajinó a nadie. Lo de los trece años era una forma de hablar. Las japonesas tienen un aspecto muy aniñado”. Pero pocos le creen esa versión. El peso está dado porque el libro con Boadella es una obra catalogada como de “no ficción”, a tal punto que la contraportada afirma: “Fernando Sánchez Dragó y Albert Boadella, unen aquí – en un diálogo tan ameno como profundo – sus vivencias, sus ideas, sus reflexiones…”.

Las excusas no han servido. Muchas personas están exigiendo que lo saquen de la planilla de Telemadrid, donde tiene un programa actualmente; una empresa de turismo que organiza viajes guiados a Japón con él, ha decidido prescindir de sus servicios. Librerías en España están sacando el libro de perchas y lo están devolviendo a la editorial. Presentadores(as) de televisión están exigiendo que haya una investigación y lo han tachado de “cerdo”. En municipios donde ha sido homenajeado (hasta con su nombre a una plaza, inclusive) se está pidiendo remover cualquier placa de reconocimiento o cualquier relación directa con él, acusándolo de incitación a la pederastia.

La editorial lo ha defendido, así como diario El Mundo, en el que se han publicado textos para desmentir lo sucedido y afirman que no fueron menores de edad y que el contacto no fueron más que besos. El propio Sánchez Dragó ha confesado que estas conversaciones se hicieron en presencia de las familias de ambos firmantes del libro, en un ambiente distendido y jocoso. Esperanza Aguirre, la presidente de Telemadrid, también lo defiende y deja todo en el campo de la literatura: “¿quemamos los libros en la hoguera o a los autores? (…) “Si esa apología de un delito se hubiera hecho en una televisión pública tendría sentido, pero la literatura es eso, literatura”.

El tema no es nuevo, desde luego. La relación de estas condiciones humanas (más allá de lo asquerosas que puedan ser) han tenido cabida en la ficción y no juegan a la apología.  El propio García Márquez con su malísima “Memorias de mis putas tristes”, o M. Houellebecq han tocado el tema de alguna manera. El problema se centra, en este punto, en él. Un párrafo sin contexto es criminal también. Por eso, en medio de todo esto encuentro un artículo de opinión de Marcos Muñóz que da una claridad impresionante: “Lo que sucede es que en esta España de mierda hay mucho estrecho de mente, que no ha salido de su pueblo de mierda y que prefiere subsistir vendiendo su voto a los socialistas en lugar de liberar su sexualidad (…) Él mismo cuenta que tenía 16 años cuando lo de las “lolitas”; cuando sufrió en sus carnes el abuso de una adúltera sexagenaria, (que aparentaba trece) y, claro, él que venía de esta España casposa aún conservaba esa cara acartonada que hizo que la “vieja” le confundiese con un coetáneo. Pero vamos, que fue un trajineo de dos adolescentes, que eso allí se lleva con otra naturalidad. No como en esta España de complejos, donde uno no se puede trajinar a nadie en el metro por miedo a que piensen que estás follando. Como él mismo aclara, fueron unos besos en la almejilla, para ir abriendo boca”.

imagen tomada de elpais.com

Y al punto que quería llegar era que al final muchos tenemos de ese fiscal suplente Pinard (demandando a Flaubert) encima y precisamos quitar de nuestras vidas y de las vidas de otros estas cosas que atenten contra la moral y las buenas costumbres… lo que habla más de nosotros que de cualquier otra cosa. Talvez cada obra merece un análisis por separado, en este caso. pero muchos hablan ahora de un párrafo y esto recién empieza. ¿Qué pasará cuando se lean dos parrafos? No lo sé, habrá que esperar. La polémica, eso sí, hará que este libro lo lea mucha gente y alg se habrá ganado en nombre de la defensa de la niñez: dinero.

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