El pasado

Uncategorized

El Ministro del Interior da la orden y reabren investigaciones que dejan en entredicho la labor de la policía. Porque ahí hay víctimas, gente inocente, o al menos gente que no debió ser ejecutada porque a algún agente le dio la gana. Uno de estos casos es el conocido como “Caso Fybeca”, en el que un grupo de asaltantes entraron a la farmacia ubicada al norte de Guayaquil y se enfrentaron con agentes policiales, en un tiroteo que dejó muertos y un desaparecido. Era un 19 de noviembre.

imagen tomada de hoy.com.ec

Lo recuerdo muy bien, casi siete años atrás. Recuerdo haber pasado por esa calle diez minutos después de lo que pasó. Recuerdo haber visto la desesperación de una mujer que lloraba y gritaba al cielo por su marido que había ido a comprarle pañales a la hijita que había tenido tan solo un mes antes. Hoy también me llega a la memoria las imágenes que recogieron los medios, de ese señor como de otro de los muertos (el mensajero de la farmacia) con granadas y armas a sus lados, en un acto policial tan repulsivo como el mismo crimen: hacerlos pasar por asaltantes. Recuerdo la fotografía del día siguiente en El Universo, en la que se ve a un ex – agente de la policía llevando a un tipo, con la cara cubierta, desde el interior de la farmacia hasta un vehículo (existe toda una secuencia de este acto) y a la mujer del tipo reclamando por la suerte de su marido, que hasta hoy no aparece por ningún lado.

imagen tomada de elpoderciudadano.com

Recuerdo la cara del oficial a cargo de ese operativo (me sigue impresionando el hecho de que la policía haya estado tan armada y lista y presente en el momento preciso del robo frustrado). Ese rostro que alguna vez tuve que entrevistar. Ese rostro lleno de costras traslúcidas, infranqueable, incapaz de definirlo como humano. Recuerdo la mirada de los policías cuando iba a las zonas a averiguar cómo iba el juicio internp, esa mirada que me ubicaba como el enemigo, como el que los quería acabar, en un juego de gato y ratón terrible. Recuerdo que me tenían de un piso al otro buscando información que nunca me entregaron, recuerdo el insulto de la mujer de uno de los policías presos y acusados (luego saldría libre); el insulto también a la mujer del desaparecido.

Hoy recuerdo todo: las pruebas de balística que mostraban que los delincuentes nunca dispararon sus armas y que recibieron más de un disparo; la justicia que nunca llegó, el corazón destrozado porque algo se había quebrado y yo lo estaba viendo…

Hoy existe una nueva oportunidad de aclarar esto. Oportunidad al fin, porque no creo que se lo pueda aclarar, porque contrariamente a lo que se busque creer, el problema del abuso de los policías es algo que tiene que ver con el ser humano y sus bajezas, peor si hay personas en una posición de poder. Aquí hay que temerle al que tiene la ley de su lado y al que la infringe. Listo, lo sabemos. Esta es solo una oportunidad, quizás la última. Porque hay que entender que si la justicia se busca con un sentido ideológico, para defenestrar el pasado por el hecho de haber sido armado por el que no soy yo, pues de nada valdrá esto. El problema de la Policía no está en un gobierno de turno, sino en la miserable existencia de algunos agentes que se creen por encima del bien y el mal. En un tema de educación, de sentido de servicio, de humanidad en mucha de esta gente que únicamente conoce la tortura y la violencia como medio para sus objetivos. Este no es un mal de la partidocracia, es un mal de la institución en sí.

Recuerdo, como ejemplo, el caso de Andrei Chikatilo, ese asesino serial soviético, clásico y referente porque hasta entonces el régimen comunista asumía que la existencia del ‘serial killer’ era una de las tantas desviaciones del capitalismo. Chikatilo, “El carnicero de Rostov”, llegó a decirles lo contrario. Pues bueno, aquí la realidad también nos llena de esas paradojas.

Hoy, el intento del gobierno, a través del Ministerio del Interior, no puede convertirse en algo político, no puede porque al final es un asunto que trasciende este rubro: mujeres que reclaman por sus maridos y sus familias (las tres, que en un giro del destino cargan el mismo nombre como vaticinio: Dolores). Esta violencia no puede ser vista como un acto negligente en un gobierno anterior, sino como lo que es: un crimen que debe ser castigado como tal y que el Estado debe asumir como propio, por darle cabida a estos miserables que reconocen en el daño al otro su salida a alguna miseria personal.

imagen tomada de ecuavisa.com

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s