Got a good reason… for taking the easy way out…

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La imposición es un ejercicio necesario para el infante. Es a través de esa disposición que se adquiere una conciencia de que existen cosas buenas y malas… pero siempre con la apertura necesaria para entender el por qué lo uno y lo otro. Y al menos con estas precisiones adquirimos un sentido vital que no nos abandona nunca. No creo en la idea de que al niño hay que permitirle todo, porque ni siquiera el mismo organismo humano te permite el exceso y la absoluta libertad. Un movimiento y un tropiezo pueden ser suficientes para que entendamos que nuestros huesos se pueden romper, por ejemplo…

Esa imposición es fundamental para nosotros, nos da forma y nos crea, nos eleva a los cielos y nos caga de la peor manera. Es así, un hecho irrefutable. Estamos hechos por los condicionantes a nuestro alrededor.

El problema de la imposición es que no puede pasar de ciertas nociones y de esa primera experiencia. De adultos, ya con los procesos mentales bien definidos, lo único posible es llegar a un consenso o ejercitar la mente para comprender lo que sucede a nuestro alrededor, de manera responsable… o hasta con una ligera conciencia de que nos podemos equivocar. La imposición no es, para nada, un mecanismo razonable que permita establecer un mejor ambiente cuando la niñez ha quedado de lado.

imagen tomada de eltiempo.com.ec

Por eso es que me aterra la sensación de batalla ganada que manifiestan algunos con la salida de Jorge Ortiz de Teleamazonas. Me he tomado mucho tiempo en pensar esto, porque si bien podría comprender desde dónde se presentan muchas de estas impresiones, creo que es necesario definir siempre el plano mayor, esa falla en el criterio propio como la base de un acierto posterior. ¿Qué quiero decir con esto? Que Jorge Ortiz en los últimos años se fue desdibujando como varios de los periodistas de trayectoria del país. Mucho ha tenido que ver su propia actitud y esa aparente pleitesía a los ‘poderosos’, que en ocasiones parecía un hecho certero; pero lo fundamental en esta dinámica es el combate abierto entre el gobierno, sus seguidores, y uno de los catalogados enemigos del país: los medios. Ortiz, como muchos otros, tomó partido y las consecuencias son evidentes.

Como no tenemos memoria, lo que hizo antes simplemente no existió. Y con esto no quiero decir que antes era mejor, sino que ese ‘antes’ ni siquiera se toma en cuenta en la revisión de su labor de periodismo televisivo, más que mostrarlo en pleno tartamudeo, o evidenciando el paso del tiempo en su rostro y cabello. Peor si hablamos de su labor en la parte escrita, que sin dejar de tener la virulencia de los últimos años, es mucho mejor, clara y hasta agradable. A lo que voy es que la atomización de Ortiz y su trabajo es lo más sencillo y es la base para las imposiciones que se han dado alrededor de su salida.

imagen tomada de esmeraldasnoticias.blogspot.com

Jorge Ortiz no ha hecho un buen trabajo los últimos años. Eso no se puede negar. El que se haya tomado como caballo de guerra el término de ‘periodismo independiente’ es quizás lo que más ha impresionado de esto, pues se lo notaba esclavo de sus pasiones más que otra cosa. Ortiz no parecía interesado en obtener información de sus entrevistados, ni de contrastar datos de madera clara y contundente (en ocasiones ha acertado, no se lo puede negar) y desde hace algunos años lo que se percibía de él era la necesidad de que la persona que estaba frente a él dijera lo que él quería. Ese deseo empecinado se volvió en contra. Ese deseo, en medio de la batalla del gobierno por acabar con el viejo país (y los medios están convertidos en figuras principales de esta ‘pelea’), le jugó en contra. A Ortiz las cartas no le favorecieron.

Sin embargo, no somos los mismos niños de siempre. Y ver más allá debe ser una obligación para todos.

Jorge Ortiz no debió irse de la manera que se fue. No debió salir para impedir la venta de Teleamazonas (el tiempo ya se acaba y el canal debe pasar de las manos de un banquero a la de otro dueño – y eso es otra reflexión, el problema de los medios no está en que sus dueños sean banqueros o multimillonarios, sino que los dueños lo vean únicamente como vehículo para sus intenciones claras u oscuras… hay un diferencia muy grande en esto). No debió salir porque haya gente que lo vea como enemigo del gobierno. No debió irse ni siquiera porque se lo considere mal periodista… Simplemente no debió irse.

El ejercicio de oír o no alguien no pasa por quitarle el derecho a decir lo que quiera decir. Hay otros mecanismos que se pueden poner al servicio de la corrección de estas imprecisiones o ‘malas cotumbres’. Mecanismos que involucran elevar el nivel de los que escuchan y observan, y la posibilidad de criticar con razones, y sin temor al error. Lo cierto es que cuando un gobierno y sus seguidores asumen que exigir e imponer un silencio es lo más sano para el país, no están arreglando nada… hacen cada vez más profundo el agujero.

La imposición no sirve porque somos un país que ha sufrido mucho. Ya no somos los niños ingenuos de antes y no merecemos enfrentarnos a la misma miseria de siempre.

No veía, ni recomendaba jamás a nadie que viera las entrevistas matinales de Jorge Ortiz. Si siguiera al aire tampoco lo haría. No podría. Seguiría escribiendo posts en los cuales expondría las razones por las que su manera de hacer periodismo televisivo no es la mejor… y hasta le pediría a la gente que apagara el televisor cuando él apareciera. Pero jamás podría celebrar su silencio impuesto. La imposición no es un requisito para una vida democrática.

imagen tomada de altrotedelamigo.blogspot.com

La salida fácil. El enemigo invisible y ya sin rostro es más sencillo de controlar. Sin ‘voceros nefastos’, el peligro de la prensa enemiga del cambio, de esos medios Darth Vader, desaparecerá. Pero si el niño simplemente recibe un no como respuesta y no la oportunidad de comprender en sí mismo la importancia de ese ‘no’… nada habrá valido la pena. La imposición, tratarnos como niños de pecho, no nos libera, nos ata más.

No nos ‘hemos librado’ de Jorge Ortiz, nos hemos hechos prisioneros de algo peor…

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