El asunto de perder

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imagen tomada de librosylecturas.blogspot.com

A veces, cuando se ha perdido todo, lo único que queda para recuperar en algo ese espacio o reino perdido es hacerle sentir al resto que la pérdida es monumental y que estás ahí para exigir una ‘indemnización’. Sea como sea, con las consecuencias que sean, lo único capaz de generar la persona en ese estado es más pérdida. Y esto puede ser aplicado al núcleo familiar, como en el social y hasta en el nivel político. El tema de la pérdida es complicado, sobre todo cuando no estamos al tanto de las propias  y en ese estado sólo queda echarle la culpa al otro, al que no soy yo, a la persona que de alguna manera ha hecho lo posible para que estemos perdidos.

Lo peor de todo es que en ese pensamiento hay algo de razón. Mínima y torpe razón, sin duda; pero razón al fin. Son las condiciones que se han ido gestando las que permiten estas imprecisiones en ciertos seres, pero también es cierto que esa sensación de derrota ontogénica viene en la persona, no importa el contexto, ni lo que se cree o asume como real, y con ese acto de ver únicamente hasta las narices, la derrota se convierte en un acto consumado.

Hans Magnus Enzensberger, ensayista y poeta alemán, hace de este ser, constante y común, personaje de un corto ensayo titulado “El perdedor radical”. ¿Por qué radical? Porque ese carácter radical se convierte en determinante para muchas de las acciones desproporcionadas que ha vivido la humanidad. Y con desproporcionadas no quiero decir únicamente mortales, sino imprecisas y hasta delirantes. El perdedor radical (el autor se enfoca en los islámicos y en la Alemania nazi; así como en aquellos seres que toman un arma de un momento a otro y deciden acabar con la vida de los demás y la suya), al no tener nada más que perder, decide enfrentarse al exterior demostrándole que es capaz de tener poder sobre él. Y bueno, hasta cierto punto hay una lógica en esto e incluso alguien podría darle algo de sentido a esa ‘mirada’ (que puede entrar en discusión, sin duda, aunque lo que hace Hans Magnus Enzensberger es evidenciar ciertas dinámicas históricas para sostener sus criterios, llevándonos de la mano con posiciones firmes y fuertes, de la que no pueden huir ni siquiera los líderes políticos con esa energía de perdedor radical – la explicación del nazismo es precisa y concreta, por ejemplo). Lo que sucede, y he aquí lo importante de su reflexión, es que cuando esa energía perdedora de un ser se une a cierta impresión ideológica, esa sobresocialización de las ideas se convierte en el caldo cultivo de algo terrible.

imagen tomada de elojofisgon.com

“¿Y qué sucede cuando el perdedor radical supera su aislamiento, cuando se socializa y encuentra una patria de perdedores con cuya comprensión e incluso reconocimiento pueda contar, un colectivo de congéneres que le dé la bienvenida, que lo necesite? (…) Como la historia ha demostrado, nunca han faltado ofertas de ese género. Su contenido es lo que menos importa. Sean doctrinas religiosas o políticas, dogmas nacionalistas, comunistas o racistas, cualquier forma de sectarismo más cerril es capaz de movilizar la energía latente del perdedor radical”, escribe el autor, como un intento por explicar por qué se dan tantas imprecisiones, que en muchos casos no resisten argumentaciones. El perdedor radical va a considerar siempre cualquier crítica no desde el ámbito de la razón, sino desde SU RAZÓN, y a ese nivel no hay pensamiento posible, sino un trabajo anímico y básico, fácilmente manejable. El perdedor radical promueve, sin duda, una derrota masiva, porque lo único que va a querer es acabar con el otro que le ha causado y le ‘causa’ el dolor, y en el camino no se da cuenta que quien se está autoeliminando es él mismo.

Ese criterio, en este momento político que vivimos (como ejemplo) se puede percibir con facilidad. Quizás esta sea la oportunidad de hacer un ejercicio interesante y obtener algo de valor de esto: si por un día nos sentamos a analizar bajo la premisa de que todos los problemas del país son por mi culpa (o la culpa de los míos), talvez ahí tengamos un camino mucho más rico para crear soluciones válidas, que no excluyan al otro, sino más bien que excluyan eso que se hace mal en todos. El perdedor radical se esfuma cuando los errores son de uno y así nos volvemos seres más capaces de entender nuestra posición en una colectividad…

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