La construcción del cinismo

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imagen tomada de facebook.com

Hace muchos años, muchísimos, in a galaxy far, far away, recuerdo haber estado en la presentación de un libro en uno de los tantos salones del Museo Antropológico y de Arte Contemporáneo (MAAC), en Guayaquil. Recuerdo haberme encontrado con Miguel Antonio Chávez y como siempre, intercambiar palabras. Una acción, ciertamente, de confidencia. Porque a Miguel lo conozco desde la época en que nuestras creaciones no eran más que proyectos en medio del limbo en el que el joven adulto se encuentra, dilucidando qué quiere ser de grande. Y esa confidencia, cruzada por la fascinación por la música y los libros, se volvió el germen de una amistad que mantiene los mismos niveles, distancias y cercanías… como debería ser una amistad. ¿Por qué cuento esto? Porque al hablar de “La maniobra de Heimlich”, su primera novela, no puedo obviar este detalle, porque de cierta manera uno tiende a hablar bien de la gente que conoce y aprecia; porque además la novela ‘la rompe’ y prefiero comentarla desde la sinceridad de mi posición.

Entonces, decía que Miguel y yo, en dicha presentación, nos pusimos a hablar y él me preguntó si conocía de libros, de novelas (de manera puntual), que trataran como tema básico el mundo de la publicidad. Negué conocer alguna (ni siquiera hoy puedo nombrar una que me haya calado hondo) y esa fue toda mi experiencia previa antes de tener en mis manos “La maniobra de Hemlich” (Ediciones Altazor, 2010). Novela en la que, más allá de criticar el mundo de la publicidad (ese engaño flatulento de generar necesidades por encima del deseo del individuo, y que se convierte en enemigo declarado de muchos) lo que hace es dejarlo en evidencia: un trabajo que se supone creativo, pero que casi nunca lo es.

Pero esa parte es sólo la superficie de la novela.

En “La maniobra…” asistimos a la construcción de un escritor que luego de pasar por la publicidad (incluyendo un transformador viaje a Buenos Aires por estudios), se dedica de lleno a la literatura, a través de la única beca posible en un país como en el que vive: ser encerrado en un cuarto por una mujer, para que él escriba mientras ella trabaja… para terminar viajando de retorno a Argentina, como parte de una delegación nacional, invitada a una feria del libro. Y esa construcción del personaje (todo traslado, todo viaje, involucra la transformación del ser que lo realiza) no conduce a la aparición de alguien que tiene el control de las situaciones, sino la concreción del cínico, el único individuo capaz de entender el absurdo que le toca vivir y reconocer que el cambio no está precisamente en él, sino en la ignorancia del exterior.

Miguel Antonio Chávez enfoca en “La Maniobra de Heimlich” dos caminos a los que les da brío y contundencia: el “live and let die” y el eterno ‘link’, presente en casi todas las referencias que incluye. Importantes o no, necesarias o no, el papel que cumplen las constantes referencias se basa en aceptar que toda idea, toda relación con la creatividad, no es más que un juego de tomar aquello que viene del resto. Observar y tener la oportunidad de apropiarse de eso que está en el exterior. Incluso el nombre de la novela está muy relacionado con esta posibilidad (a tal punto que la anécdota de creación de la maniobra es importante en la dinámica que se establecen entre los personajes, sobre todo entre la señora Buzzani y el joven publicista). Ante la certeza de que hasta el pasado es un acto de tomar eso que está por fuera, pese a las señales que han ido quedando para mostrarnos la verdad (el humor que hay detrás de la ecuación: Borges + Guayaquil + Buenos Aires + Bolívar y San Martín, es impresionante), dotándolas de un sentido inexistente, destinado para vender una idea, lo que se va creando es un ser que al final de la novela, en una de las mejores escenas que he leído de un viaje en avión, toma la decisión más sabia y reconoce el valor de lo propio, en medio del mar de incentivos que lo rodean.

“La maniobra de Heimlich” es una novela sobre cómo sobrevivir a los estímulos, a los deseos y a las decisiones. Viene dotada de una estructura que rompe las temporalidades y establece una ligazón a través de lo que los personajes experimentan. Posee un sentido del humor que compromete todos los momentos de la narración, convirtiendo incluso los más intensos en desopilantes instancias, en las que lo único que se puede obtener es una reflexión en la que la fantasía prodiga el camino a seguir. ¿Qué hacer cuando se llega al lugar que se quería llegar y se descubre que el Mago de Oz es un viejo decrépito? Miguel responde con creatividad esta pregunta y apuesta por reconocer que cuando el mundo se ahoga sobre sí mismo, con el peso de sus acciones destrozando las vías respiratorias, siempre hay donde mirar.

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