La paranoia, la libertad y el síndrome Jeremías Springfield

Uncategorized

Inicio de mes interesante e intenso, sobre todo por la revelación de quienes somos. Y eso me interesa mucho, como espectador algo distante. Vivo lejos de Guayaquil y puedo ver sus reacciones con algo de frialdad. Por eso me río y lamento que se haya producido toda una reacción desproporcionada al confundir una cometa (algo extraña) con un ovni, como un ejercicio de curiosidad y temor, muy en onda “Independence Day”. Hordas de personas cubriendo los puentes Rafael Mendoza Avilés y Carlos Pérez Perasso que unen Guayaquil con Samborondón, y las avenidas adyacentes, desesperadas e impresionadas con el espectáculo de ese objeto sobre los cielos. Trend Topic en Twitter, el primero que se genera en Ecuador y a su vez fue este mismo espacio el que reveló la verdad (luego de evidenciar la paranoia en toda su extensión): Leonel Briones estaba volando su cometa y eso era todo.

Risas en muchos lugares, incluyendo Guayaquil. En Quito, la fiesta fue también una fiesta de revelaciones (o de ‘confirmaciones’, según la perspectiva que se pueda ver). Y claro, confundir una cometa con un ovni y reaccionar de la forma que se reaccionó no es algo que se deba ver desde lo anecdótico. La versión quiteña, sin embargo, ha preferido quedarse en la anécdota (y cuando digo ‘versión quiteña’ me refiero a la gente que únicamente precisó comentar: “Sólo pasa en Guayaquil”, y no daré nombres porque entre mis conocidos conté a 30 personas que me dijeron aquello y si los identifico a todos voy a parecer escritor bíblico detallando genealogías innecesarias). Pero siempre hay más, siempre.

Hace 5 años, aproximadamente, pasó algo similar, al menos como reacción de la gente. Una manifestación de arte urbano (¿buena o mala?, no me importa el juicio en ese ámbito) de Daniel Adum significó la experiencia más absurda de la ciudad en mucho tiempo. Chanchos dibujados en diversas fachadas y paredes de la zona norte de la ciudad fueron leídos por la gente como señal de una gran matanza pandillera que se avecinaba, el aviso de la peste egipcia. Dependiendo del color del chancho, los significados variaban, pero siempre estaban ligados con un acto violento y desproporcionado. Casi tres días duró el miedo hasta que el autor se llenó de coraje y confesó públicamente.

imagen tomada de ecuador.indymedia.org

Se hicieron miles de lecturas de este hecho, pero así como llegó, fácil se fue. Para muchos es difícil comprender las dinámicas de una ciudad realmente compleja como Guayaquil, porque cualquier explicación se quedaría corta. Pero haber vivido ahí muchos años me ha hecho comprender que la falta de seguridad personal e inmediata es una de las cosas que más obsesiona al guayaquileño. Esa paranoia puede tener miles de explicaciones, y para mí mucho se relaciona con la matanza de obreros del 15 de noviembre de 1922. Guayaquil es una ciudad mayoritariamente obrera, de gente que asume que con su trabajo puede seguir adelante, es una ciudad que ha sobrevivido a incendios y destrucciones casi totales y que vio en aquella masacre despreciable no el final de los sueños, sino la aparición de un temor mayor: la conciencia de que la seguridad puede violentarse en cualquier momento. Por eso Guayaquil es una ciudad que no reclama con fuerza, por eso es una ciudad que teme cualquier peligro que evidencia, por eso es una ciudad que prefiere tener y defender de su lado a las autoridades (y eso explica hasta por qué sólo se mueve cuando el alcalde lo ‘ordena’).

imagen tomada de enciclopediadelecuador.com

Asumir que Guayaquil es una ciudad tonta es un grave error y una evidencia más de que los prejuicios se mantienen, y siguen generando criterios.

Quito no se salva, desde luego. El mismo manejo circunstancial y político de las fiestas que estamos viviendo ahora (bicentenarios y etc.) han convertido a la historia en un elemento más de identificación… falsa, pero identificación al fin. Cuando Lisa Simpson descubrió que el fundador de Springfield, Jeremías Springfield, era un truhán, decidió que todo el mundo debía conocerlo. Se arrepintió a último momento, cuando se dio cuenta de que esa figura representaba lo mejor que puede tener un ciudadano. Las incongruencias históricas alrededor del ‘bicentenario’ no elevan precisamente el espíritu; lo que hacen es generar una conciencia errada de lo que es la libertad o la movilidad del pueblo. Quito ha crecido con esa llama, con el epíteto de “Luz de América”, y hasta se ha tomado el atributo de ‘sacar presidentes malos’ (¿todavía existe alguien que crea que el movimiento forajido fue lo que sacó al presidente Lucio Gutiérrez del poder?) porque esa es su conciencia histórica. Una perspectiva libertaria mal analizada nos va a condenar a repetir los errores una y otra vez, sin posibilidad de entender por qué hacemos las cosas.

Claro, hay cosas a las que se puede tomar como hecho fundamentales e importantes para esta actitud. La matanza del 2 de Agosto de 1810 es sin duda un momento que elevó los espíritus independentistas de la zona y generó toda una necesidad de que una vez por todas este territorio sea regido por sus propias decisiones. Esa perspectiva no se va a negar jamás. Así como tampoco se puede negar que la primera revolución independentista exitosa en Ecuador fue la del 9 de Octubre de 1820, que no pudo haber existido sin los intentos anteriores (y ni siquiera deseo hablar de las razones reales detrás del 10 de Agosto: el apoyo a la corona española ante la invasión francesa). A lo que quiero ir es a que el concepto simbólico fue y es contundente, no sólo por lo que generó en esos años, sino por lo que sigue generando. Quito sí es una ciudad que se mueve con mayor facilidad que Guayaquil, y lo hace con la certeza de que así hace historia y bien, pero ese hecho puede ser fácilmente manipulado por muchos oportunistas que saben cómo ‘hacer su agosto’ con ese deseo libertario (¿les suena León Febres Cordero?). Los ideales de independencia y de lucha suelen generar caos cuando no son más que circunstancias para afianzar una ideología y en ese caso, Quito no es menos manipulable que Guayaquil.

A la historia, a nuestros próceres, a los que fueron, a los que se consideran ‘mártires’ no debemos verlos únicamente con respeto, sino a través del cristal de duda. Jeremías Springfield generaba una conciencia ciudadana y de protección a los otros de la ciudad; en cambio, inflamar el pecho con gritos en contra del ‘tirano invasor’ lo único que consigue es transformarnos en seres peligrosamente maleables. Siempre habrá un tirano y el momento político actual ha conseguido capitalizar esa conciencia de lucha, convirtiéndola en canto de sirena. Y hasta esa perspectiva explicaría por qué el gobierno actual no tiene, en Guayaquil, la capacidad de movilización que tiene su alcaldía; pero de eso hablaré otro día…

imagen tomada de edufuturo.com

Un comentario en “La paranoia, la libertad y el síndrome Jeremías Springfield

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s