El peso, la soledad y la impaciencia

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La nota de solapa de Raúl Pérez Torres da en el clavo en algo fundamental: “Este libro es iconoclasta. Transgresor. Poblado de una sintaxis extraviada. Ni siquiera el lenguaje es capaz de sostener en su molde, la precipitada urgencia que tiene Silvia, de declarar su inocencia”. Y es que el libro “Cuerva críos”, de Silvia Stornaiolo, no resulta muy común (y voy a caer en el lugar común del macho alfa al escribir esto, pero es así) para una mujer. Y más allá de la escandalosa línea (que tiene mucho que ver con las demostraciones de poder de género que la autora escribe en las decenas de cuentos que contiene su libro), nada en “Cuerva críos” me resulta común. Y prefiero volver a pecar e insinuar que no hay sintaxis extraviada, sino más bien una esquizofrénica relación entre todos los personajes de los relatos y los alcances de los discursos, por lo que la sintaxis debe cambiar y reflejarlo.

Sin embargo, una cosa es una sintaxis que desvaría y otra son los errores. Es una pena, un libro como “Cuerva críos” mereció una mejor edición. Las faltas ortográficas no aportan nada a ese universo impresionante.

Sólo tres líneas en contra, que no pesan. Porque de entrada el libro te agarra como perro rabioso; se deja en evidencia, te clava los dientes y te presenta sus credenciales con fuerza. El cuento inicial es el que le da título a la colección y no te da otra alternativa. Eso que llaman “realismo sucio” puede ser el camino etiquetable que permite definir a este conjunto de relatos, pero en ese caso entraríamos a otro tipo de diálogos, que por lo pronto no importan. Porque esa inocencia de la que habla Pérez Torres en la introducción no es tal; es más bien una lucha por conseguir una inocencia nociva, de esas que causan daño porque al menos esa es la sensación que queda por sentir. Es como si los personajes de los cuentos (aquellos que narran, porque la figura del narrador es accesoria, nula, por lo que la autora utiliza el recurso de contar y contar como un eterno monólogo de convencimiento, cruzado por el uso de cartas como instrumentos narrativos) necesiten salir librados de lo que les pasa y pesa sobre sus hombros, sin importar las consecuencias. Los cuentos de “Cuerva críos” son estados de ánimo para los seres que los habitan. Y el cierre siempre es esa posibilidad de felicidad, algo esquiva.

En “Resultas”, el cuento más largo y quizás más cerrado de todos, la personaje principal resume el espíritu del libro en una frase cargada de tanta vulnerabilidad como de fuerza: “lo único que quisiera es que me cuide y me invite a vivir con él para siempre, por que (sic) estoy tan sola y me siento tan triste”. Así, cualquier tema que se refleje en los textos, ya sea el incesto, las presiones de una vida en pareja, los excesos, la estructuración de ciertos grupos, en este caso de artistas, y la impaciencia (signada por una inconformidad e impulsividad), son el camino para establecer la dificultad de las relaciones. Porque justamente el título del libro (referencia directa al dicho: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”) establece al contacto con el otro como germen de lo duro, como si lo gregario fuese realmente una condena. Este libro habla de los vicios y problemas que trae relacionarnos con otras personas… porque eso es siempre complicado.

Es a la vez lo terrible y lo que necesitamos.

Esa comprensión es la que nos regala un puñado de cuentos en los que la escatología es condición humana y el sexo un hecho más de contacto. Esa comprensión nos lleva a cuestionar los actos humanos de cada uno de los personajes, y hasta nos arrastra a una confesión similar, como lectores. Esa comprensión nos lleva a pensar que más que desenlaces, lo que hay al final es el mismo ímpetu de búsqueda. Porque todo es búsqueda en “Cuerva críos” y lo que hay al final no depende de la escritura, sino de la lectura de cada uno. Un mapa; sí, esa es la mejor manera de ponerlo. Si bien todo es todo, el ‘camino amarillo’ de lo perverso está ahí. Y en medio de eso una meta. Eso dependerá de cada uno.

Si pueden leer el libro, háganlo.

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