Manuel Puig: 20

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Olvidar las efemérides es una constante en mi día a día, especialmente cuando mi tiempo se debate en los rigores internos de un trabajo televisivo que convierte a los dolores de cabeza en fuente de gastos diarios en analgésicos o placebos. Los libros se vuelven en elementos de estanterías inexistentes en mi casa. Los libros permanecen ahí, intocables. Y si leo es un milagro, y si leo es para reconocer que esta batalla se puede dar por perdida a veces. Por eso lucho y leo lo que más puedo cuando puedo. Por eso recupero una fecha interesante: 22 de julio. Ya son 20 años de la muerte de Manuel Puig y no me había dado cuenta.

imagen tomada de revistaenie.clarin.com

Y de Puig tengo la imagen. La conciencia segura y certera de que la imagen puede generar todo. De Puig tengo ese sentido sci-fi de que la literatura debe y será por siempre fantástica. De Puig tengo una conciencia de lo ‘pop’ que no debe confundirse con hablar de cosas contemporáneas y masivas para crear, sino con el acto de literaturizar todo lo que nos rodea como un proceso de reconocimiento, apropiación, destrucción y recreación. Puig me ha dado el placer de encontrar una obra que acepta limitaciones y las convierte en herramientas de la propia redacción. Puig me ha hecho pensar que la escritura es un hecho serio y desafiante. Puig me ha enseñado a no buscar la gloria, porque no es necesaria, porque estorba, porque no tiene nada que ver con el talento. Puig confió en un mundo occidentalizado por sus referencias para hablar de lo que conocía y de quienes quería hablar.

Creo que en este contexto, en el que hay redes sociales que a muchos enferman (a mí me encantan, las concibo con una verdadera ventana a lo que pasa fuera de mi parcela) y a otros fascinan, es importante reconocer el elemento integrador que hay en la narrativa de Manuel Puig. 8 novelas, de las que he leído 3 con fruición de niño en juguetería, que ofrecen una aproximación sobre las distintas posibilidades del ser humano, como si estuviéramos leyendo una real posesión, para plantearnos un mundo confinado, para mostranos lo que hay. Escribe Daniel Link sobre “El beso de la mujer araña”: “El beso, entonces, pone a coexistir dos sistemas de sociabilidad, dos comunidades más o menos inconfesables: la militancia (que no puede decir su nombre por razones estratégicas) y la homosexualidad (que no osa decir su nombre por razones ontológicas: no hay, y nunca habrá, identidad sexual posible). Lo que importa es la coincidencia en la celda, que establece el punto de juntura entre personas cuyas inclinaciones son tan misteriosas para el otro que cada diálogo, que comienza con una secuencia de encantamiento cinematográfico, se resuelve en una discusión jurídico-antropológica: “qué es ser hombre, para vos”. En ese petit comité carcelario de filósofos prácticos circulan tres deseos: el de belleza, el de justicia y el de verdad (y esos deseos, dice Puig, son el Bien)”.

El cinéfilo empedernido (que llegó a tener una videoteca con más de 3000 títulos) era capaz de construir dilemas y profundidades en cada uno de sus personajes, en un acto de verosimilitud de cine. Lo que leemos es como lo que vemos y es real. Pero lo que vemos es lo que pensamos y eso es más real todavía. Es literatura, cruzada por una conciencia segura de lo que supone el firme contacto con una realidad que quizás para él fue el germen y consecuencia, y para nosotros no es más que gozo lector. Me levanto y tomo “Boquitas pintadas”, voy a releerla y a sentirme bien por hacerlo.

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