Música y cinema (por dos)

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Still Crazy (1998)

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Strage Fruit es una banda de los años setenta que luego del colapso mental y muerte de su guitarrista y compositor principal, Brian Lovell, desaparece y sus miembros se dedican a las cosas menos glamorosas posibles (casi todos) y entran en dinámicas que son propias del artista que se deja cansar y desgastar. Pero después de muchos años llega un empresario, pone dinero y les dice que vuelvan a salir de gira, con un guitarrista nuevo, mucho más joven, y la locura estalla de nuevo. Porque se trata de una segunda oportunidad y el destello para romper lo poco que quedaba en pie. No son rockeros con la energía del heavy metal: son caricaturas cansadas y músicos que no están en su mejor momento.

Con un reparto encabezado por el genial Bill Nighy, el impresionante Bill Connolly y el siempre impávido Stephen Rea, “Still Crazy” es la fábula del fracaso, como si fuera un capítulo de Los Simpson (de esas temporadas que valían la pena), en la que hay una victoria clara al final, aunque no haya necesidad de reflejarla como un acto de redención barata. En sí, la película entretiene y no ofrece más que un puñado de buenas escenas y una referencia clara a la figura de Syd Barrett, lo que la vuelve valiosa.

Ray, el cantante (Bill Nighy quizás en una de sus mejores interpretaciones) se debe convertir en el motor del arranque del filme, por esa idea detrás de que el ‘frontman’ es siempre el vocero de una colectividad. Y mientras su figura se desdibuja, vemos las relaciones que se establecen con los otros miembros del grupo: el tecladista que se muere por la manager, que en su momento fue pareja del compositor y líder del grupo, el bajista que no puede dejar de sentir que nada funciona y que sin Brian no hay luz, y el baterista que no necesita de nada más que rock and roll y sexo. De la figura del frente nos vamos introduciendo a una idea mucho más total de lo que son las dinámicas dentro de un grupo. Strange Fruit puede tocar mejor de lo que toca y mientras el filme avanza, lo descubrimos.

Los chicos jóvenes no buscan recuperar el éxito, quieren el éxito que sienten que les fue arrebatado, reclaman por lo suyo. Ya tienen 50 años, ya han sido apaleados y sus cuentas bancarias están sufriendo. Strange Fruit juega a la reformación porque hay una nostalgia que todo el mundo siente (en alguna parte del filme lo podemos atestiguar) y que para ellos es un acto en presente. Por eso es que “Still Crazy” (filme de Brian Gibson) recurre al humor como herramienta para combatir el absurdo de esa circunstancia. Lo hace con claras referencias a una de esas ya clásicas películas sobre rock, como “This is Spinal Tap”. Las primeras presentaciones de Strange Fruit son absurdas y ridículas y recuperan mucho del estúpido sentido del humor de ese ‘mockumentary’ dirigido por Rob Reiner. “Still Crazy” apuesta por la ficción para volver a contar lo que Reiner ya hizo en su película de hace muchos años. No hay nada más patético que reclamar algo con la mirada fuera de foco, sin duda.

La música del filme es muy buena y te permite respirar, de cierta forma, el mismo aire que atraviesa por las fosas nasales de los 5 miembros de un grupo que trata de volver a ser eso que fue antes. Una película sobre música, aún con puntos muy bajos, necesita de buenas canciones.

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“24 hour party people” (2002)

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En algún punto de la película de Michael Winterbottom, el Tony Wilson interpretado por Steve Coogan (Octavio, de las películas de la Noche en el Museo) le habla a la cámara y afirma que lo que estamos viendo no es un filme sobre él, que ese Tony no es más que un personaje secundario en una historia donde Ian Curtis y Shaun Ryder son las figuras más importantes. El Tony Wilson que hace Coogan quiere desviar la atención porque no es más que un dador y creador de espacios artísticos, quiere que la música funcione y que los músicos sean realmente los canalizadores de algo que va más allá de él. Este Tony Wilson es una figura de televisión inglesa y es un tipo que aparece como un erudito (medianamente erudito) y que cita a lo que sea como un elemento fundamental de sus construcciones mentales, aún cuando repita las cosas una y otra vez, aún cuando para él estudiar en Cambridge sea escudo de batalla, aún cuando arme una compañía y no sepa cómo mierda llevarla adelante.

En “24 hour party people” vemos a toda esa movida de Manchester en la que Wilson intervino y ayudó a dar forma. Desde Joy División hasta las Happy Mondays, lo que hay en el filme de Winterbottom es una versión libre de la realidad, tan libre que hasta la misma película surge y se muestra falsa. No hay nada que no deje de estar conectado, de alguna manera y mientras vemos instancias que de alguna manera no se conectan, siempre hay un modelo de unidad. Esta película es una fiel manifestación de lo que es la intertextualidad. Winterbottom hace un relato en el que lo fraccionado, la ruptura de la cuarta pared (Coogan habla continuamente con el espectador) y memoria inventada se juntan a una certeza impresionante sobre la música: Si no sabes de quiénes habla esta película no es necesario de que la veas.

Este es un filme que exige de entrada su código. Un código muy pop, por cierto, pero código al fin,

Grabado como si a nivel fotográfico fuera importante mostrar las costuras de un documental, lo que aquí sucede es el final de la posibilidad de la música y el inicio del caos absoluto. Wilson crea con otros socios “The Factory” (entre ellos los integrantes de New Order – quienes venían de sobrevivir el suicidio de Ian Curtis) y un espacio para tocar, “la Hacienda”, que luego se convierte en el germen del rave, del dj, de las fiestas y de los químicos para mejorar la experiencia de la vida. Lo de Wilson es el polvo que sopla y destruye castillos. Lo de Wilson es el riesgo. No interesa nada más.

No es una película que retrata hechos reales. Lo que hace es crear una leyenda alrededor de varios acontecimientos rastreables y decirnos que éstos pueden haber pasado o no. No interesa la verdad, sino una narrativa en conjunto. Lo único que interesa de esta película que juega con gente que hay, que tiene su cédula y paga (espero) sus impuestos, es que al final la realidad no es más que la creación de la mente ‘posmoderna’ que la está estableciendo. Y si Winterbottom ofrece una mirada a lo que hay detrás de las canciones y del universo que las creó, es porque asume que la gente ya conoce las canciones. Listo, nada más. Al final, tomando el título de una canción de los Happy Mondays, lo que queda es la sensación de fiesta y esa resaca perpetua.

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