Pegarle a Fito

a Carlos Calderón Velarde

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Es un asunto de perspectivas y conversaciones eternas. Un dilema mayor porque se trata de entender qué sucede con la figura de Páez y por qué, desde una especie de soberbia de oyente y de público pasivo, exigimos que los genios siempre sean genios. Porque desde la polémica con Arjona, esa en la que el músico argentino lo utilizó para exponer un punto, el cambio de la recepción de los amantes de la música, esa transformación que muy poca gente puede comprender del todo como un acto complicado, lo que nos queda es tratar de comprender qué lo justifica (eso de que Charly García tiene menos conciertos en el Luna Park que Arjona se convierte en clara señal de que las recepciones del público argentino son otras y, por eso, cualquier reflexión en torno al tema resulta importante y hasta necesaria. Lo de Fito fue una reflexión política. Recuerdo de mi viaje a Buenos Aires la impresión de que algo estaba estallando en la ciudad y tenía que ver con su ordenamiento y administración… pero esa es otra historia).

Al final a esas figuras públicas que aparentemente ‘nos traicionan’ (ese es el supuesto problema con Fito), no se les pueden “perdonar” las cosas con facilidad.

A Fito Páez se le reclama que no pueda componer lo que compuso antes. Hasta hoy no logro entender el impulso desesperado que hay detrás del pedido a compositores y artistas para que se mantengan como instrumento de iluminación eterna. Fito cometió el grave error de no hacer lo de antes y caemos, todos (me incluyo), en la torpeza de despreciarlo. Olvidamos con mucha facilidad, sin duda. ¿Qué hay del tipo que compuso e interpretó con toda la contención posible “Ámbar violeta”? ¿Qué hay de su rendición de “Tumbas de la Gloria”? ¿Se puede hacer algo mejor que “Tres Agujas”? ¿A alguien se le pueden ocurrir cosas más nostálgicas y duras que “Dejarlas partir” o “Pétalo de sal”? Somos unos seres tan diminutos, incapaces de comprender los tamaños y las extensiones, que las distancias se vuelven líneas, nada más. A Fito se le echa en cara lo que se perdió y no se reconoce lo que con él se ha ganado.

Hace unos días hablaba con un amigo sobre el tema. Lo más probable, en el caso del rosarino, es que envejecer le ha costado mucho. Desde “Abre”, Fito no ha podido crear discos tan compactos y contundentes; quizás por la producción de Phil Ramone, o porque después de la aventura anterior con Sabina, Fito llegó con una vitalidad impresionante y consiguió temas agresivos y complejos (probablemente pretenciosos, como “La casa desaparecida”), tiernos y esperanzadores, en cierta medida. Luego el caos interno, que antes le había llegado, que antes lo dejó sin madre (siendo un bebé), sin padre (ya cuando empezaba a tener éxito como músico) y sin abuela y tía abuela (asesinadas en una acción morbosa y propia de Truman Capote) y que le permitió crear, apareció el caos del artista: ¿qué hago?, ¿por qué estoy acá? Películas de muy mala factura (aunque aquella del portaligas, al menos, entretiene) y discos inconexos, con canciones no tan bien construidas. Final de su matrimonio con Cecilia Roth, nuevas relaciones, un hijo, luego una hija, luego los casi 50 años. En “Naturaleza Sangre” consigue una dureza necesaria para entonces, el inicio y el final, con cierta tibieza. Pero “Naturaleza Sangre” es insuficiente. Un par de discos de estudio más, una versión en vivo de sus canciones, en las que él y su piano con algunos invitados se vuelven protagonistas, Páez regresa con “Confiá”, que si bien no tiene una textura inclusiva y total, es un gran respiro. El Fito mediático ha desaparecido del todo. Hoy Fito ya entendió que lo odian y no espera recuperar el cariño de esa gente que no quiere comprender que si alguien escribió, tocó, grabó y cantó “El jardín donde vuelan los mares” pues merece ser visto con mucho respeto. No se trata de vivir en el pasado, ojo. Se trata de comprender que en el arte las creaciones se convierten en objetos que no se pueden obviar; se puede regresar a ellos una y otra vez y disfrutar. Fito fue un gran compositor de joven y esa es la medida natural de las cosas.

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Lo demás es externo. Lo que no podemos comprender del todo es que el arte no es un acto de prueba para el artista. Lo que nos queda es descubrir la relajación ante el sonido y buscar, encontrar qué hay detrás de lo que se intenta por cada artista que es parte de nuestro reino de divinidades. “Confiá”, en ese caso, nos coloca ante una banda que entre sus novedades tiene al Bolsa González en la batería, un tipo vintage que hace sonar a los golpes como si el tiempo fuese un embudo y todo se mantenga igual que hace 40 años. Y ese detalle para mí es interesante. Fito ha hecho un trabajo que no le ha tomado mucho a nivel lírico, pero la conjunción de esas melodías con las armonías establecidas crean un sistema de canciones que atraen: “London Town” (clara alusión a Paul McCartney y su Wings) y “Desaluz” son joyas en toda la discografía de Fito, por ejemplo. Si tienen tiempo, escuchen el disco.

No creo que Fito nos haya abandonado. Creo que no soportamos la idea del cambio o no queremos comprender que éste es tan intrascendente como inevitable. No es problema que Fito haya dicho lo que dijo utilizando a Arjona (ni siquiera la respuesta del guatemalteco y el sabio silencio de Páez); ni siquiera que haya aclaraciones sobre ese ‘torpe’ comentario argentino; o que la envidia sea el único camino existente para opinar o decir cosas. El problema real de todo esto es que no hay nada más. No es Arjona la continuidad, ni Fito (peor si tomamos en cuenta que Cerati está sin reacción vital y con su pérdida el pop en español está herido de muerte… y el resto de los que valen la pena ya rodean los 50 años), no hay un después. La calidad y el deseo por internarse en el mundo de los sonidos es un juego aleatorio en este momento y no queda sino esperar. Mientras tanto, viene bien pegarle a Fito, ¿no?

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