Bienvenido a mi pesadilla, ¿dónde?

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Freddy Krueger regresa y lo primero que salta a mi mente es que extraño a Robert Englund en el papel de un ‘boogeyman’ con garras “que mete en la barriga”. Y no por un asunto de nostalgia, sino por una comprensión del horror mucho más inocente. Esta vez, gracias a la tecnología, que permite una serie de ventajas en realización, y a la conciencia de que el mundo real puede ser realmente más terrorífico, el horror en el cine debe ser más efectista, más directo al grano, menos romántico.

El horror nunca puede dejar de ser fluctuante. No es lo que vemos y no vemos, es lo que sabemos que no vemos y lo que sabemos que vamos a ver.

El horror no debe ser una caída libre eterna en una montaña rusa. El horror se manifiesta cuando el carrito se detiene y nos lleva a un punto en el que sabemos que deberá caer otra vez.

En este caso, el remake de “A Nightmare on Elm Street” recurre al ‘cuco’ y lo convierte en un ser con toda la sutileza de una hiena sádica. El ‘cuco’ en esta ocasión no sólo quiere acabar con los jóvenes, quiere jugar con ellos, hacerlos parte de una colección de dolores y maltratarlos (“jugar”, como lo explica en el filme) hasta que se canse. El Freddy Krueger que hace Jackie Earle Haley roza la pedofilia y ese terror más cercano (y en realidad desesperante: es eso que un padre nunca quisiera para su hijo) es lo que se convierte en el catalizador para algo que no deja de ser susto tras susto. No hay sutileza, insisto. En esta nueva versión de “A Nightmare…” todo es tensión, de principio hasta antes del fin, sin descanso. ¿Por qué? Porque el susto, hoy en día es no dejar tiempos muertos. Es un estado constante de miedo, es lo único que nos puede mover.

Samuel Bayer, el director, no consigue ni remotamente lo que consiguió durante más de una década dirigiendo videos musicales. El trabajo de arte y fotografía que hay detrás de cosas como “Until it Sleeps”, de Metallica, “Change”, de Blind Melon, o el ya clásico “Smells like teen spirit”, de Nirvana, brilla por su ausencia. Bayer busca aquí lo efectivo y lo usa a la perfección. Freddy asusta, surge de un momento a otro (en cualquier momento puede salir) y la música nos pone al tanto de que algo está a punto de pasar). El sonido es quizás el elemento fundamental en los ‘sustos’ de esta película. El montaje es rápido y te hace saltar del asiento, pero es el sonido de la secuencia lo que realmente asusta (hagan el intento de cerrar los ojos en algún momento de peligro y sentirán el mismo susto que con los ojos abiertos). La voz grave y sanguinolenta de Krueger (que a momentos parece un vaquero venido del infierno) está por encima de todo, a tal punto que parece que en la post-producción no cuadraron bien la sincronización con los labios. El amo y señor de las pesadillas es inmenso. No hay Dios en el sueño, sólo él.

Sin embargo, si nos concentramos en el filme y más allá de las inyecciones de adrenalina para tenerte asustado por casi dos horas, la película de Bayer tiene muchos aciertos, así como respeto por lo que exige el manual del horror. Freddy Krueger tiene un pasado distinto esta vez: no es el asesino de las versiones anteriores, es víctima de una venganza y casi sin evidenciarlo, Bayer nos sume en la duda de su castigo: ¿se lo merecía o no? Freddy está de vuelta por algo en particular, quiere acabar con los hijos de quienes lo mataron. De un momento a otro se resuelven los motivos detrás de este ‘cuco’ y en ese punto el horror deja de ser efecto. La pelea con la heroína, Nancy Hoolbrok, es un excelente momento para presentarnos al firme Jackie Earle Haley, su rostro desfigurado (casi realista) se posa en la pantalla en todo su esplendor, y su fraseo se torna más diabólico. Este Freddy parece cojear y no tiene necesidad de correr para alcanzar a nadie: está en todos lados y controla sin problema los escenarios de sus fechorías. Y habla. No tiene la gracia de Englund (aunque si hacemos memoria en la película original, dirigida por el maestro Wes Craven, Freddy Krueger no es generador de bromas, es sólo aterrador), a pesar de decir frases graciosas, que se acercan más al sadismo que a otra cosa. Los diálogos de Krueger son los de un ser desalmado, que lo único que busca es su placer, a costa de lo que sea. A esta altura el horror es sinónimo de fracaso, de imposibilidad, aún cuando alguien descubre una forma de detener todo, pero sabemos de antemano que no hay solución posible (sí, está abierta la puerta para una segunda parte).

El problema para este nuevo Freddy es todo lo que sucede antes de llegar a ese punto. Es el tiburón que acecha, que ataca sin ser visto y que cuando aparece, pues se redondea. Bayer flaquea de entrada (hasta con las explicaciones) y al final consigue levantar algo de vuelo, pero parece demasiado tarde.

Valores hay muchos (Bayer se negó a convertir a la película en 3D, en una decisión que a esta altura del partido hay que aplaudir) y de seguro, como hay susto tras susto, se podría decir que cumple su cometido… con mucha gratuidad. Al final lo que me pasa es que no estoy acostumbrado a que el ‘cuco’ no sea más que eso, susto sin sentido. Siempre hay algo más, hay una realidad que se desconoce y si bien acá descubrimos un hecho terrible, tanto que ni siquiera la vemos del todo… es probable que Bayer nos lo diga muy tarde… y ya el dolor de cabeza por tanta tensión nos esté matando.

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2 comentarios en “Bienvenido a mi pesadilla, ¿dónde?

  1. O sea, en conclusión no vale la pena ver mas películas de este tipo? No creo que la valga. Que tal “the lovely bones”?

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