¡Vamos, Gustavo!

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Las noticias llegan como un golpe de sentido. Gustavo Cerati en Caracas sufre de un problema vascular medio complejo el domingo pasado, en Venezuela, al final de su último concierto de la gira “Fuerza natural”. Todo se mueve en este mundo de las redes y comunicaciones virtuales. Estamos ahí, pero estamos acá. Los fans venezolanos llegan hasta el Centro Médico Docente la Trinidad y esperan alguna noticia. Calamaro escribe algo por twitter: “Mi corazón está con mi querido compañero y amigo Gustavo que se recupera de un susto en Venezuela”. En casi todos los contactos de facebook veo que mis amigos(as) han escrito estatus como el título de este post.

Es preocupación. Es cercanía y cariño. Porque uno, con esa gente que se vuelve necesaria y parte de la banda sonora de nuestra vida, siente una gratitud egoísta y a la vez solidaria. Queremos que esté aquí y ahora, que esté bien, para que siga cantando durante mucho tiempo más. He visto cómo mucha gente se recupera de un cuadro como el de Cerati (ese ataque cerebral que le impidió hablar por un tiempo y ‘durmió’ parte de su cuerpo – isquemia cerebral), pero también he visto lo contrario. Hay una importancia y una ligazón que nos hace recurrir a sus letras, a cantarlas, a decirlas, a colocarlas en los sitios que más se puedan ver, a pensar en aquellos con los que compartimos momentos de escuchar su música, a sentir una especie de contacto.

Cerati es la figura visible de una época que vio cómo el éxito y la explosión musical del rock cantado en español podía tener su camino por el continente. Esa, se supone, es la historia oficial. No es que precisamente Soda Stereo motivara la aparición de bandas. Lo que Soda Stereo consiguió fue abrir ese nicho de mercado que le permitió a otras bandas tener el respaldo de una disquera y de tiempo al aire para que su música fuera escuchada. Esa es la importancia mayor (comercial), pero hay algo más. En este caso es la relación de Cerati con la música, tanto a nivel sonoro como a nivel de las letras.

Cerati nunca fue el ‘frontman’ que supo conectarse con el público con sus frases en conciertos (sino recuerden que el último reencuentro de Soda, en la primera canción, mientras tocaba ‘Juegos de Seducción’ se acercó al micrófono y preguntó: “¿Saben qué acorde es este? Es Sí”). Pero la conexión se producía por algo más poderoso que el simple espectáculo. Hay una conciencia de rock que sobrepasa la parafernalia, que llega a la médula del género y obliga a replantearse la existencia de las figuras. Cerati se vuelve grande porque reconoce el poder que tiene en sus manos, tanto al crear armonías que suelen ser contundentes (un ejemplo al azar: el juego armónico de “Verbo carne”) con una lírica que lo revela como un gran lector. Sí, Cerati lee mucho (o quizás poco), pero lo hace bien. Desde referencias directas a Lorca y a Octavio Paz (el verso de entrada de ‘Puente’ no puede estar más ligado a la obra del poeta mexicano), hasta estados y construcciones que nos hablan de Borges y Rilke, Cerati se toma en serio el rol de letrista, y más que nada, el rol de fabulador y de responsabilidad ante la palabra (incluso en sonoridades raras, como en “La Excepción”, cuando canta: “tanto hambre sin satisfacción”).

La ligazón que tenemos con Gustavo se da porque él no se ha dado el lujo de ofrecernos música ligera (pese a que muchos de los que lo escuchan pueden reconocer que sus aproximaciones no son comunes, no llegan a comprender el poder intenso de su verbo). Cerati ha preferido hacer de la música un camino propio, solo, sin necesidad de recurrir a patrones o estructuras ya concebidas. Cerati tiene la curiosidad necesaria para jugar con el folklore argentino, con el reggae, con tiempos como el 6/8, con silencios, con su propia vida y con sus desdoblamientos, para ofrecer una obra personal. Una obra que lleva su sello y que por mucho tiempo fue sinónimo de conjunción y puente con el público. No siempre debe ser así, claro está. Cerati fue un viejo choto, por mucho tiempo. Un ridículo que parecía no querer envejecer (y ahora el cuerpo se lo hace saber por segunda ocasión), pero cuya actitud con relación al arte y a la música, en particular, nos ofrece un camino que muy poca gente quiere intentar hoy. Ese ‘viejo choto’ es de los pocos que produce una obra con novedad, pese a que ya tiene más de 50 años.

Mantenerse al día no es sencillo. “Fuerza Natural”, su último trabajo es quizás el mejor de sus discos solistas. Deja de lado esa locura rockera de “Ahí vamos” y prefiere centrarse en una sonoridad más ‘orgánica’ (por usar el término más hippie que se me ocurra en este instante) para revelar una amalgama de tiempos, de estados sónicos, y regresar a esas letras de antaño, cuando decía cosas concretas, pero siempre con un halo de nubosidad, para devolver el don de la palabra. Cerati puede ser el abuelo que nos habla del pasado, desde un presente bien definido.

Eso es lo que subyace en este momento. No se trata de que se mantenga este imagen de hombre del rock, de la moda al vestir o al producir (Cerati es un gran productor, no hay que olvidar eso); se trata de establecer y concentrarse en aceptar que en él hay un sinónimo que no se puede perder, al menos no ahora, porque no tenemos conciencia todavía de que haya alguien, por ahí, comprendiendo que la música es más que “baby, baby, baby, uuhhhh”. Porque le estamos pidiendo, casi como un acto de confianza monárquica, que si el rey se va, que llegue otro. No es tanto nostalgia de lo que se acaba o se pueda ir; es el dolor de lo que no hay. Es la indefensión. Si Cerati deja de cantar, no habrá camino, ni posibilidad. Por eso estoy acá, diciendo que “hay algo oculto en cada sensación”. Pensamos en nosotros cuando decimos “¡Vamos Gustavo!”…

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Y claro, siempre pensamos en él (gracias Palas).

2 comentarios en “¡Vamos, Gustavo!

  1. La verdad, Cerati es el “rockstar” certero más cercano que tenemos, y me daría mucha pena (y sería un desperdicio) verlo lisiado, incompleto….

    Es raro, pero también empujo a que el tipo mejore.

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