Diario de novela (4)

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imagen tomada de flickr.com

Leer las correcciones que la editorial te envía es una experiencia interesante. Hay un encanto en descubrir los absurdos que uno ha escrito en algún párrafo y cómo hay oraciones que nunca pudieron construirse como uno quiso. En esa relectura (una de las tantas) vale la pena tomar en cuenta eso que señala Stephen King en su ‘Mientras escribo’: siempre volver a lo sencillo. Complicar la redacción es complicar la existencia del universo.

Hay un asunto de diversión, también. Porque descubrir que siempre he usado una palabra con un sentido más centroamericano que de acá es un asunto de sorpresa. ¿Qué se hace en esos casos? Lo más interesante es buscar siempre un punto medio, que juegue con la intransigencia y el ego del escritor, así como con la comprensión final del texto. Este es un proceso de negociación.

Igual creo que no son muchas las fallas y eso también es agradable. Creo que eso no importa en definitiva; escudriñar en resquicios es un trabajo interesante, de arqueólogo, de científico y tengo muy poco de eso. Pero observo con cierta disciplina lo que hay alrededor de este momento. Es un paso que ya se acerca a lo que está por acabarse, a entender que ciertas nacionalidades que escribo no son las más precisas para hablar de cierta característica genética, a reconocer que un pantaloncito a lo Daysi Duke no permite guardar nada en los bolsillos. Cosas obvias y olvidadas. La corrección es el reconocimiento en sí mismo; es mirarte en el espejo y ver todas las imperfecciones. Y hasta entender por qué está escrito lo que descansa sobre las hojas.

Porque la persona que lee y es ajena al texto tiene mayor posibilidad de comprender lo que hay detrás de cada frase, o al menos mover al autor a entender con propiedad por qué las cosas son así, como se escriben. Y me quedo con dos palabras que no puedo resolver pero que me gustan su sonido y que más allá de eso, ¿tienen vida? Entonces cuestionas la necesidad de lo gratuito, de eso que puede tener forma por el simple hecho de tenerla. En definitiva siempre va a ganar el sentido común, desde luego. La novela, con sus imprecisiones se sostiene como un discurso y una probabilidad. Al final sospecho que como un disparo en plena noche, las lecturas se irán por cualquier lugar y eso me reconforta.

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