Palo, astilla y escritura

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Con “Fantasmas” (“21st Century Ghosts”, su título original) Joe Hill trata de concentrar un deseo de escribir y escribir en los límites del género. Lo hace con cierta soltura, aunque se puede percibir una escritura encorsetada en varios párrafos, a tal punto que en los mejores cuentos del libro lo menos importante es la duración, la extensión; para él todo está en irse de largo y crear un universo que de no ser por la concreción de las acciones, uno podría decir que está ante novelas cortas.

Joe Hill escribe mucho, se deja llevar y genera una ficción que busca llegar hasta la última consecuencia de una acción. Y si a eso le agregamos que estamos ante un libro que hace de la fantasía y del horror el espacio en el que todo sucede, pues de seguro que estas narraciones no sofocan, ni caen en lo fácil. “Fantasmas” es un libro sobre elucubraciones y cómo enfrentarse a aquello que puede aterrorizar y desesperar.

El hijo de Stephen King (Joe Hillstrom King se llama en la vida real) toma lo mejor del padre –que en este caso puede entenderse como la imaginación, la soltura para escribir y ese ritmo endiablado para crear textos, como si tuviera incrustado un metrónomo en los dedos que teclean – y lo lleva a un espacio que no es del todo ajeno. Es como si el negocio familiar, en este caso, estuviera en manos que miran hacia lo contemporáneo y quisieran mantener lo mejor de la empresa. El título original no es gratuito. El siglo 21 se vuelve importante para las cosas que cuenta Hill, porque en su universo el horror ya es cotidiano: hay jóvenes que entran a su colegio a disparar contra otros estudiantes; hay gente que es víctima de asesinos seriales como si nada pasara; madres que en un arranque de extraña locura (nada de Medea en este caso) asesinan o hieren a sus hijos. Lo que sucede para él no es más que un nuevo escalón en el clima de absurdos que se convierten en elementos de terror. Y eso no lo vuelve actual. Lo que sucede con la obra de Hill es que observa el panorama y pone el instrumental sobre la mesa para saber qué usar y qué hacer.

Pero no es perfecto y eso es quizás lo que le da un valor mucho más terrenal. De los 16 relatos que tiene el libro, 7 son realmente obras magistrales, en las que lo inexplicable concentra toda la potencia de su escritura. Y de esos 7, 2 son simplemente imprescindibles. ¿Por qué existe este vaivén? El error del escritor puede ser no disparar a matar (aunque su redacción es casi siempre firme y directa), y si bien esto puede ser una molestia o hasta generaría una creciente insatisfacción lectora, podría intentar excusar lo que sucede con el libro con esa máxima propia de Beavis y Butthead: No puede haber una parte buena (cool) de una canción, si no está la parte mala acompañando. Es en este desnivel en que 7 cuentos se vuelven fundamentales, por contraposición, comparación.

¿Funcionarían por separado? Sospecho que sí, pero el libro se convierte en realidad en el espacio de estos 7 cuentos y la compañía de otros, pequeños y hasta mínimos, como elipsis de película (tomas de edificios y de calles, porque así mandan las normas, ¿no?). Y en ellos nos enfrentamos al tema King por excelencia: la paternidad, pero esta vez desde el lado de los hijos. “Los hijos de Abraham” es una impresionante relectura de las historias de vampiros, esta vez enfrentando a Van Helsing contra sus hijos, quienes descubren la ‘naturaleza’ de las fascinaciones de su padre. En “El mejor cuento de horror”, Hill habla de un editor que recibe lo que considera el mejor cuento de horror y para publicarlo se dedica a buscar al autor, lo que de por sí es ya una historia de horror (lo mejor de este cuento es que esa historia genial es redactada y genera una reflexión sobre la literatura de horror y cómo puede y debe perturbar: muchas veces el pedo de la bailarina al final de todo un gran despliegue estético importante es lo que genera la desesperación). “Oirás cantar la langosta” es una relectura de Kafka, convirtiendo el horror del hombre que se transforma en insecto en el final de toda una generación. “Carrera final” es un auxilio que se convierte en pesadilla para un joven que acaba de ser despedido y que crea uno de los momentos más perturbadores del libro: la persona que no sabe qué hacer ante el descubrimiento de lo trágico. Hill tiene una extraña condición cuando escribe, porque consigue que el lector desarrolle la empatía necesaria para que una historia de fantasía se convierta en algo cercano, propio.

Muchas veces la fantasía atrae por una fascinación vouyerista. En su caso es lo contrario.

“Bobby Conroy regresa de entre los muertos” es un cuento en el que los muertos vivientes son convertidos en personajes de la ficción dentro de la ficción. Aquí George Romero aparece en plena filmación de su ‘Dawn of the dead’ cuando dos extras, con todo y maquillaje, se reconocen de un pasado no tan lejano.

Pero es “Reclusión voluntaria” lo mejor del libro. Con muchas reminiscencias (realmente muchas) con lo mejor de Borges, sobre todo con el contacto con la literatura de fantasía; el cuento sobresale por dos factores fundamentales (que también remiten a Mister King): la memoria y el laberinto. El escritor apócrifo creado para contar una historia que no sabe si vale la pena, nos regala una narración en la que su vida pasada es la que trata de obtener algún tipo de resguardo. En el medio está la conciencia de que la palabra es tan enredada como los acontecimientos que trata de explicar. Un par de hermanos, uno con algo de autismo, se enfrentan a lo que no tiene explicación y al final sólo hay un cierre, porque algo debe pasar.

Joe Hill ha recibido como esponja lo que su padre ha hecho y lo toma, lo continúa. Hace un homenaje a esos temas que siempre son recurrentes, se los apropia y los dota de una actualidad que pasma. Lo cuenta con oraciones cortas, claras y directas. Describe lo necesario (que siempre es mucho y adecuado) y crea personajes que parecen comunes, cercanos, que soportan una carga que no pueden resistir. “Fantasmas”, para los amantes del género es algo imperdible; para los que sólo disfrutan de leer, pues es una experiencia válida. Nada más que eso.

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