Diario de novela (3)

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Mi amiga Fer me habla hoy de la falta de tacto, por decirlo de alguna manera, de poner por acá que me van a publicar y sin pagar. Quizás me lo decía porque lo pensaba o porque lo comentó alguien, o porque el tema salió en la conversación. El asunto es que a mi amiga Fer le creo todo, aunque no estemos de acuerdo. Y podría decir que tiene razón, pero al mismo tiempo no quiero que la tenga. Al final ella es una de las pocas personas que me dice lo que piensa y al mismo tiempo me deja la certeza de que eso no cambia en nada lo que siente y aprecia del mundo.

¿Lo mejor? Es que me ha enseñado que al final de nada vale destrozarse el ánimo por aquello que está mal o que no va con nosotros… cuando al final del día hay siempre cosas maravillosas que percibir en lo que nos rodea.

Recuerdo que esa fue la sensación que tuve cuando la novela pasó la primera corrección, luego de un tiempo adecuado para leerla con más claridad y en tercera persona. En ese momento la novela recibió un corte de casi 20 páginas que hablaban de algo que no tenía sustento en el resto de la narración. Es muy sencillo eso, caer en el error de la escritura por escribir (hablo de la narrativa), por eso el proceso de la reecritura y corrección lo disfruto quizás más que la confección en sí. La novela, entonces, se llamaba “Emma” –título de trabajo que resultaba tan terrible, como nefasto para ir en una portada, pero fue imprescindible para su escritura. Aprendí que el título de trabajo te da un camino a seguir, porque si realmente lo consideras malo, pues en el acto de avanzar con los renglones y los párrafos vas venciendo esa primera inercia: ese nombre que parece condena. Por regla general, los nombres de los cuentos son más sencillos para mí.

La novela, hasta en el nombre, es una batalla.

Luego vino la primera mutación contundente. Los tres primeros lectores de la novela (Fernanda Pazmiño, Manuela Gal San y Christina Avecillas… a quienes la novela les rinde tributo), en sus primeras versiones la leyeron con un título extraño y a la vez claro para mí: “Caganidos”. ¿Por qué ese título? Se lo debo a Christian, pues con ese nombre, para mí la novela adquirió un carácter que le hacía falta, que redondeaba, aparentemente, la idea de lo que contaba. Según la DRAE, el sentido va por este lado: “Caganido o caganidos. (Del lat. cub_re y n_dum, con infl. de cagar). 1. m. Último pájaro nacido en la pollada. 2. m. Hijo último de una familia. 3. m. Persona enclenque o raquítica”. Algo ya había de sentido.

Pero luego la torpeza ganó terreno y me vi en la obligación de incluir una justificación narrativa del título. En una conversación, dos personajes hablan de un caganido y se definen como eso, con la libertad que el término te da para cagar la existencia a otros. Esa sección en la novela me estaba cagando la existencia a mí. Aprendí con el ensayo y error: no hay peor enfrentamiento que el que te da el título de la novela. Y la novela me estaba ganando, sin duda. Corregí y busqué caminos varias veces para que ese fragmento quedara bien y tuviera fuerza. Resultaba inútil. No importa cómo lo hagas ni el esfuerzo que dediques, si no reconoces la real naturaleza de lo que haces y de cómo lo nombras, no habrá camino posible. Es casi como una partida de ajedrez, o un primer round de boxeo. Hay que reconocer y mirar con detenimiento lo que está ahí. Y mientras seguía en eso, y la novela adquiría forman definitiva, sabía que estaba en problemas con su nombre.

Al final todo llega como un consuelo. Miss K. leyó la novela y me dijo, casi sin pensarlo: “Deberías llamarla Los descosidos”, y nada más. El nombre se me quedó dando vueltas y me di cuenta que de golpe todo encajaba y que, lo mejor de todo, esa conversación estúpida sobre el caganido iba a desaparecer y con eso la última conciencia de lastre que tenían esas páginas, cada vez más pequeñas, más reducidas, pero listas.

Con ese título empezó su trajín editorial, hasta que alguien respondió y dijo: bueno, va.

Y tal vez peco de ridículo al contar todo esto, pero lo cierto es que lo único que escribo son memorias y si alguien no quiere leerlas… hay miles de cosas en los blogs para leer. No es tan importante esto: es sólo una novela y listo.

Un comentario en “Diario de novela (3)

  1. plenísimo lo que cuentas, también emocionante el “tras cámaras”, por decir algo, de una novela. Todo ese proceso de días y hasta años de hacer y rehacer, de buscar y rebuscar, más allá incluso del resultado final.
    saludos.

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