Hijos

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El hijo es siempre la figura del motor, de la continuidad, del progreso. El hijo vendría a ser la consecuencia de toda relación afectiva, ese mejor ser humano que tiene lo mejor de uno y lo mejor de la otra persona que se vuelve compañía. El hijo es una rúbrica y constancia de que hemos vivido; una imagen de trascendencia efímera, porque el hijo también es mortal. Pero el hijo es también sangre que recorre la tierra con casi los mismos elementos que uno mismo tiene en su torrente.

La figura del hijo, más que ser un elemento narrativo contundente en muchas ficciones, es también la representación más concreta de lo que puede ser una pasión en el ser humano: no tiene más explicación que el instinto, porque al hijo hay que protegerlo y enseñarle hasta que tenga las herramientas suficientes. Eso le da un valor muy grande a los hijos en las historias. Y por eso, cuando un huérfano aparece, también surge en nosotros esa idea de compasión que los convierte en receptores de diversas explicaciones. El hijo es el verdadero motor del mundo. No en vano, en el aspecto religioso, es el Hijo el que ofrece la salvación.

Telémaco se convierte en los ojos de Ulises mientras él está afuera; Abraham decide cumplir el mandato divino y asesinar a su hijo; Jor-El envía a su hijo, Kal-el fuera de su planeta para que sobreviva; Hamlet venga a su padre, en un grito de hemoglobina desquiciada. El hijo es reflejo y continuidad del padre, incluso en la ruindad. ¿O el hijo puede ser algo más? Esa es la mejor pregunta de todas, y lo es porque supongo que es la que debió hacerse Cormac McCarthy cuando le llegó la idea de escribir una novela sobre todo lo que se iba a destruir. Era 2003 y estaba en El Paso, Texas, cuando tuvo la imagen de la destrucción y pensó en su hijo, muy pequeño. Un par de años después llegó el impulso narrativo.

Y en ese impulso es, donde más allá de darnos una novela poderosa, radica la mejor respuesta que un novelista haya intentado sobre lo que puede ser y es una relación padre-hijo, en medio del caos. No es muy raro haberme escuchado decir cosas como: “No podría traer un hijo a este mundo, es un infierno”. “The Road”, esa cosa magistral de McCarthy, me hizo pensar con seriedad en esa expresión. Porque no hay ciencia ficción en la historia (porque las grandes obras deben hablar siempre de esas cosas que el ser humano no deja de sentir propias), lo que hay es una reflexión válida y pertinente sobre la vida. No hay una narración sobre los excesos, como tales, lo que hay es una reverberación de lo que todos sabemos e ignoramos: el camino nunca es sencillo y nos toca encontrar ese pequeño fuego interno, en uno mismo y en otros, para salir adelante.

McCarthy hace esta obra en la vejez y con esa vejez escribe, dando una lección, pero no lo tiene que decir, únicamente cuenta un recorrido. El mundo se ha terminado, todo está muerto: hay muy pocos animales, los árboles son fachadas y la gente que queda lucha por comer algo, incluso carne humana. No hay nada y esa nada es la que se busca. Padre e hijo van caminando por un país destrozado en busca de algo que no se sabe si existe. En la novela no hay mayor opción a nada. Quizás haya esperanza, pero la esperanza no evita el dolor. McCarthy le dedica el libro a su hijo menor, ese que tuvo cuando ya ingresaba a la liga de la tercera edad, y lo hace como un testamento formidable. El padre le dice al hijo que el mundo es una mierda y que tiene que ser fuerte, pero lo acaricia mientras se lo dice.

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Joe Hillcoat comandó la versión cinematográfica de la novela, con un Viggo Mortensen que entiende a la perfección el rol de ese padre y que trata de cuidar y defender a ese hijo, en medio de un mundo transformado en una caja de miserias. Y ese padre en la pantalla debe caer y levantarse, quizás dejar de ser uno de los buenos para sostener una de las más evidentes realidades de la vida: algún día no estaré, deberás valerte por ti mismo. “My boy, my boy”, dice en una de las escenas más emotivas (quizás en esta parte la película funciona mejor que el libro), como un último aliento vital. En la película de Hillcoat se recoge ese espíritu literario con perfección. Esun filem en la que siempre esperamos que todo esté bien, en la que apostamos por ellos dos, y los errores del padre y los aciertos del chico. El padre es sin duda el que protege al pequeño, pero es el niño el que asume el rol de importancia: es la sangre, lo que viene, lo que no se puede dañar, pese a la destrucción que hay alrededor. El padre que interpreta Mortensen lo sabe y lo lamenta, pero esa la forma que él ve posible.

“The Road”, de Hillcoat es un preciso tributo a una novela que reconoce lo fundamental del ser humano en medio de lo inevitable. Para el padre, la muerte del hijo es impensable, y hará lo que sea para evitarla. McCarthy escribió una novela, y si bien es difícil que la novela impida la muerte de su hijo John, al menos hay una prueba contundente de que él lo intentó.

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4 comentarios en “Hijos

  1. si te gusta “The Road” chekate “Blood Meridian” si puedes. Realmente la obra maestra del buen Cormac, que si bien tiene un estilo un poco arcaico, cala hasta los huesos.

  2. me vi la pelicula sin pasar por el libro, y pese a me pareció que el director le quiso meter una cierta religiosidad al asunto en ciertas escenas es una buena peli, así a secas. Eso si, una peli que me dejo sumamente triste y no se si eso sea un valor.

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