Diario de una novela (2)

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Cuando puse el punto final de la novela, estaba en Guayaquil. La había empezado en Guayaquil, quizás uno de los peores días de mi vida: un día de surmenage, un día donde la memoria se resetea y no recuerdas una buena fracción de tu día. Cuando me di cuenta, me encontraba en un sitio al que no supe cómo llegué. Por la noche, en casa, empecé la redacción.

Siempre ha sido de la misma manera: un impulso de inconsciencia que me hace escribir, golpear el teclado como David Helfgott hasta que descubro que llevo cuatro páginas o hasta más y me detengo. Luego el reposo. En Guayaquil fue así, las 4 primeras páginas de la novela vienen de esa experiencia. Después llega la idea en concreto, la que determina lo que quiero contar, lo que va a pasar a continuación. No escribo nada más hasta que no sé por dónde voy a moverme. Creo que es un asunto de disciplina. No podría pasar mi tiempo en algo que no podré terminar porque tengo un agujero. Entonces, meses después, en otra ciudad (Quito), supe que quería hacer algo en particular, contar algo en concreto… pero esperé. todavía faltaba algo que vino de la mano con la vida que me fue pasando en ese tiempo.

La ficción es un espacio interesante para procesar momentos y circunstancias. Pero siempre con la participación fundamental de la imaginación. Y eso hice. Imaginación ante todo. Entonces pude sentarme durante dos meses, sin salir ni para comer (vivía solo entonces y no trabajaba), y así redacté un texto que pude terminarlo en la casa que fue mía y que en ese momento era la de mis padres, en Guayaquil. Recuerdo el punto final y la sensación de trabajo cumplido. Recuerdo que dije que la iba dejar de lado por unos meses para desintoxicarme de ella y revisarla. Recuerdo que grabé el archivo y bajé la tapa de la computadora.

2 comentarios en “Diario de una novela (2)

  1. Esa primera vez que se termina una novela, mi querido Eduardo, es irrepetible y sobrecogedora. Sería una buena idea recopilar ese momento en las vidas de varios escritores, en mi caso, yo tenía 19 años, estaba en la selva cercana a San Lorenzo, escribía a mano, puse el punto final, cerré el cuadreno de 100 hojas y salí a mirar el río… Te felicito por la novela y por la emoción esa que tuviste. Luego uno ya no opuede vivir sin construir, junto a este mundo tonto, el mundo deslumbrante de las novelas y se reincide en la escritura.
    Un abrazo,

    S. Páez

    1. Santiago querido, gracias por tus palabras… y es muy cierto lo que dices: una vez que pasa, no se puede vivir sin esas construcciones… nunca.

      un abrazo

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