El ritmo del lector

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Una de las cosas que más me impactan cuando estoy leyendo es reconocer el ritmo que hay detrás de una historia. Esa especie de compás vital que le da movilidad a lo que se cuenta, a lo que sucede en ese paréntesis fabuloso que es la ficción. El ritmo es el golpe del tambor que nos dice cómo ir en el proceso de lectura, cómo aceptar ese universo que se nos presenta, un paso a la vez, no en una eternidad de acontecimientos. Cuando me doy cuenta de que hay un par de párrafos que se vuelven fundamentales, tanto por lo que cuentan, como por cómo lo hacen, me descubro contando la cantidad de páginas que me faltan paraterminar ese capítulo o ese relato. Siento que como lector estoy poniendo a prueba la capacidad del escritor por proponerme un mundo y no dejar que caiga en el camino. Esa sensación de poder es increíble. Ásí veo el final de la carrera y espero con ansiedad llegar al cierre y saber si pude mantener esa sensación durante toda la experiencia. A veces creo que la lectura es un acto de salir victorioso, controlando el auto en una carrera diseñada por alguien más.

Hoy me pasó eso mientras leía el libro de relatos ‘Fantasmas’, de Joe Hill (del libro en su totalidad hablaré en otro momento). Estaba en medio del cuento “Carrera final” cuando descubrí que estaba siendo testigo de un acto cruel y había llegado tal como el personaje principal, Wyatt, a encontrame una escena que causa el terror necesario porque sucede a menudo, porque la hemos visto y leído y hemos pasado como Wyatt, caminando y observando de cerca el infierno sin quererlo. Lo que hace Hill (a esta altura vale aclararlo, hijo de Stephen King) es abrir espacios y reflexiones, como paréntesis eternos y darnos la medida de cómo una historia puede revelarse: un cúmulo de impresiciones que al final tienen sentido. ¿Y qué ve Wyatt? A una madre cometiendo ese acto inexplicable, imitando a Medea para acabar con sus hijos.

 imagen tomada de collider.com

Llego a ese párrafo, a esa oración y me detengo. “Caminó despacio al otro lado del coche y se detuvo de nuevo. Lo que vio lo dejó literalmente sin respiración (…) Entonces éste vio la cuchillada en su garganta, una línea negra brillante con forma de anzuelo”. El terror tiene su base no precisamente en lo inexplicable, sino en eso que sucede de un momento a otro y que cambia el curso de lo que se supone normal. Todo conflicto tiene algo de horror.

Pero esto siempre va más allá. Y la verdadera constancia del lector radica en comprender que ese ritmo vital que se hace carne en su propia velocidad y conciencia de lo leído es que hace de una historia algo importante. No interesa cuál de todas, ni su objetivo final; interesa ese pequeño detalle que se escapa al autor y se sienta en la mesa del que experimenta el relato, la historia. Más allá de la sorpresa o los milagros que se cuentan en algo escrito con conocimiento de causa, ese elemento fundamental que devuelve a la vida las palabras de un libro se centra en la lectura y en ese ritmo personal que se vuelve punto de encuentro. A veces ese ritmo nos obliga a saltar párrafos y en ocasiones nos lleva a tomar la sabia decisión de dejar el relato de lado. No es un asunto de gusto, sino de comprensión temporal del acto narrativo y cuando el autor y lector se encuentran en velocidades parecidas (o cuando el autor es lo suficientemente capaz de crear un ritmo que es acogido por el lector – como es el caso de Hill) cualquier narración se vuelve imprescindible y un deleite para el que disfruta leer.

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