You know where you are…

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Un concierto de Guns and Roses es siempre un acto que va a mezclar el sonido con cierta conciencia de showbiz que no tenemos muy clara en este país. Y parto de esa idea porque me parece fundamental para entender lo que debe ser un concierto de rock: un simple y llano espectáculo detrás de un fanatismo, que es lo más importante y, de no ser así, al menos está la música para convertirse en el elemento sorpresa y de unidad para los curiosos. Guns and Roses se trata de un show y de uno grandioso.

Ahora, ¿qué si no es el Guns and Roses que estuvo vivo hasta la publicación del ‘The Spaghetti Incident?’, de 1993? La realidad te marca un camino a seguir y más allá de las consecuentes ignorancias sobre lo que pasó con esa alineación (de plano la más mediática de todas), lo que nos queda es contemplar una situación con el grupo que no está únicamente ligada a un ataque de egos: Guns se fue al demonio un tiempo por una lucha estilística, que terminó convirtiéndose en una batalla personal entre Slash y Axl Rose (Nota: las relaciones entre Rose y Duff McKagan e Izzy Stradlin’ no se han tensionado tanto, a pesar de que se supone que no se llevan: el bajista ha alabado “Chinese Democracy”, nombre del álbum y del tour que los trajo por acá e Izzy ha tocado en algunas fechas con el grupo). El Guns de ahora (que temporalmente lleva más tiempo junto que la anterior alineación) es una banda que puede tocar las canciones viejas y hacerlas sonar de mil demonios… y el grupo original difícilmente podría tocar las nuevas canciones y no sólo por un asunto de sensibilidad, sino por técnica en los instrumentos. El Guns de ahora es un Guns activo, que va acorde con los tiempos y ofrece un rock mucho más duro y a la vez melódico. Los fanáticos de Slash y su cabello largo y ensortijado y su sombrero de copa no tuvieron espacio en el concierto del jueves en Quito, pese a que el rock se vistió de espectáculo… pero ya no sólo de ese espectáculo adolescente, sino de un espectáculo de hombres grandes que quieren demostrar que pueden entretener con una calidad musical a prueba de dudas.

La banda actual está integrada por Frank Ferrer en la batería, Tommy Stinson en el bajo, Chris Pitman en los teclados, Dizzy Reed (el único de la anterior camada y vestido de una elegancia abrumadora, con saco y corbata) en los pianos y percusiones, y los grandiosos: Ron ‘Bumblefoot’ Thal, Richard Fortus y DJ Ashba (quien reemplaza al imprescindible Robin Finck – que debería volver al grupo y que es el autor de la música de “Better”) en las guitarras. Cantidad suficiente de músicos para garantizar la calidad del concierto, que tuvo sus puntos fuertes en los solos de los tres guitarristas y en versiones fenomenales de canciones como “Rocket Queen” (sin duda una joya, por ese cambio de armonía al final, con una de las mejores letras que Axl Rose haya escrito), “Live and let die”, “Out ta get me”, “You could be mine” “If the world”, “Street of dreams” y “Novembre Rain”, entre otras.

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Y aquí viene lo medular. Un concierto del Guns and Roses actual es una paradoja. La perspectiva de Axl Rose, como líder del grupo, está ahora centrada en la música y en lo que se puede ofrecer en lo sonoro como único nivel posible. Un show es imagen también y al ser espectáculo hay que recurrir a maniobras que justifiquen el esfuerzo que es para muchos pagar la entrada, o darles a los creyentes el milagro que le de continuidad a su fe. El Guns de ahora no ha hecho ningún video promocional de su disco “Chinese Democracy” (del 2008) y probablemente no lo haga jamás. El Guns de ahora es un Guns de puertas adentro, que acepta la paradoja del show para demostrar que sigue siendo una banda de rock poderosa, pero que no le interesa lo de afuera (se dice que el disco ha costado entre 300 mil a 30 millones de dólares, y no hay interés por aclarar nada de esto). Axl Rose no da entrevistas y deja todo en el limbo. Esta vez es distinto y el cantante recurre a la técnica de Gene Roddenberry, el creador de Star Trek, quien ante el poder que había conseguido William Shatner como el capitán del Enterprise, James T. Kirk, decidió que para la segunda generación, la nave tendría a dos comandantes: Jean Luc Picard y William Riker. Esta vez hay una función repartida con tres guitarristas que superan por separado a Slash en capacidades con las seis cuerdas, y hasta en concepción de lo que puede ser el rock… pero no en cabellera, sin duda. Y el rechazo a esta versión del grupo lo puedo denominar: “síndrome del cabello rizado de Slash”.

El Guns de antes era más que nada la imagen de un pelón haciendo rock… y eso no es fácil de borrar en la mente de muchos.

Habiendo dicho esto, ahora sí al concierto. Con esos retrasos característicos del grupo (de 4 horas, aplacadas de cierta manera por las bandas “Viuda Negra” – fabulosos -, “Rockvox” – no tan buena – y un impresionante Sebastian Bach, con una voz a prueba de los años) el grupo apareció en escena y la rompió. Podría acabar aquí la crónica, de seguro. Pero decido seguir. Axl Rose no es lo que fue antes (tanto por su delgadez como por la tibieza de su voz), pero no es el desastre que se pinta. El tono agudo y el falsete siguen teniendo fuerza y resisten las dos horas del show (en medio de un frío y neblina que a cualquiera puede matar al cantar); aunque al final ya los graves no se escuchan y hay un poco de sufrimiento en ciertas notas al gritarlas. Axl Rose corre por el escenario de una manera graciosa, no habla con la gente, baila y se mueve al son de la canción que le toque. Axl Rose deja de cantar y los músicos tocan mientras él desaparece detrás de escena y vuelve con un cambio de ropa. Axl Rose alienta al público, sonríe cuando la gente se adelanta a su marca y canta a viva voz “Knoc, knoc. knocking oh heavn’s door”. Axl Rose juega con los músicos y hace ademanes de lanzarlos al público. Axl Rose suena como un Zeus implacable cuando el ‘in-ear’ (su audífono para escuchar lo que sucede en el escenario) se desconecta y por el micrófono grita “¡Tom!”, con una voz grave que hace temblar al estadio. Axl Rose no ha cambiado mucho: ya no usa licras y está más viejo, nada más.

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El resto del grupo cautivó a los que no sufren de ese síndrome abrumador que pide a gritos el retorno del pasado. Los instrumentistas son gente que ya se entiende musicalmente, gente que sabe que tiene todo el escenario para sí y que puede recorrerlo sin tregua. Un concierto de Guns sigue siendo un campo de energía, de pirotecnia, de luces. DJ Ashba da la entrada con los acordes de inicio de “Chinese Democracy” y se convierte en el guitarrista solista de casi todos los temas (labor que es retomada por Bumblefoot en otros temas – luego él daría lecciones de guitarra español cuando tocaron “If the world”, del último disco – y Richard Fortus en un par de canciones). Dizzy Reed baja de su plataforma y en medio del escenario, en un piano de cola que aparece, hace un solo que no es más que su interpretación de “Ziggy Stardust”, de David Bowie, ante el desconocimiento de un auditorio que a duras penas sabe quién es Bowie. Fortus le rinde tributo a la saga de James Bond y a Vic Flick (el guitarrista que grabo el clásico tema) y toca con firmeza las notas que siempre anteceden a los créditos de las películas. Ese sería el paso para un “Live and let die” contundente. Bumblefoot decide jugar al cool y toca el gran tema de Henry Mancini, “The Pink Panther”, con la complicidad de una banda que suena firme. En los recesos entre canción y canción, en la oscuridad, los músicos prefieren tocar en la espera, y en un punto empieza a sonar “The happiest days of our lives/ Another brick in the wall (part 2)”, de Pink Floyd. Cuando el cantante entra a escena, canta los versos y el estadio acompaña: “We don’t need no education….”. Guns tocando Floyd… impresionante.

La síntesis puede ser compleja, y al menos en la cantidad de reseñas que he leído sobre el show, todas concluyen en el increíble espectáculo y se refieren a la ‘falta de la sensación de antaño’. Guns and Roses es un grupo bien armado en este momento, lo demás es recuerdo, nostalgia y eso no es rock. Eso es poner un video de la gira del Use your illusion y aplastar play y soñar con Slash (rescato que la banda sólo tocara 4 temas de esos discos dobles que, pese al buen sonido que tiene, no es un trabajo redondo). Lo del jueves, madrugada viernes, fue un movimiento más y un esfuerzo porque algo suene actual, duro y sin rozar el ridículo. El resto, sin duda, puede irse a la mierda…

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Y por cierto, no me hizo falta ningún Slash.

3 comentarios en “You know where you are…

  1. Sin duda lo mejor que leí sobre el concierto. Realmente ninguna de las crónicas de los diarios dice mucho, por suerte están los blogs.

    Saludos

  2. simplemente exelente critica la verdad q coincido con vos creo q la nostalgia no es rock slash no es dios y que estos nuevos integrantes tnen un exelente estilo propio creado por ellos.
    Axl esta bien qno de entrevistas si las da las da con su mejor amigo esta bien q pongan la pica exacta de aserse el misterioso este guns no es el guns de antes estereotipado q siempre vivia en conflicto y disimulaban q esta bien creo q es bueno aprender de los errores axl lo hizo el menos charla y mas accion se dio y lo del sindrome de sindrome de rizado de slash es verdad osea el tipo no es perfecto el solo acepta su musica su estilo y no combina y siempre quiere ser el santo de su debocion y a axl lo deja como la sombra no es asi tu comentario no es asi nadie es santo en el mundo y nadie es perfecto muy buena tu critica

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