Otra de cristianos…

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Alejandro Amenábar no sólo hace un cine propio, crea una obra que va a perdurar por un asunto de riesgo, por no pensar que hay que repetir fórmulas o ir por el camino seguro. “Ágora”, protagonizada por la impresionante Rachel Weisz, como Hipatia de Alejandría, no es un filme que deja de lado la reflexión polémica (ese absurdo de la fe unida al poder), sino que apuesta por reconocer el verdadero valor del amor y el impulso que hay detrás de eso. Un acto humano, que no depende de ninguna fe, o credo, o versión del mundo: el amor como el real motor universal y no como una precisión demagógica que deba separarnos.

No hay nada en vano en “Ágora”. Estamos en Alejandría, en Egipto, en 391 después de Cristo. El Imperio Romano está a la cabeza del mundo y el cristianismo ya ha pasado sus pruebas de iniciación (persecusiones en el imperio hasta su legalización por Constantino I, en 313… un movimiento meramente político, ante la gran cantidad de adeptos que tenía la todavía nueva religión) y convive con otras religiones en la ciudad fundada por Alejandro Magno, con maravillas como el Faro y la Biblioteca. Hipatia es colocada en la Biblioteca de Alejandría y es la maestra de chicos de alta alcurnia. Les enseña filosofía, matemáticas y astronomía. Les enseña, en un tiempo turbulento (cuando los enfrentamientos discursivos entre paganos y cristinanos en las calles están a punto de llegar a las armas) que la propia razón promueve un sentido de igualdad entre todos, que ninguna fe puede prodigar. La lucha de Hipatia es una lucha por el amor al conocimiento.

En medio, el amor por las personas se vuelve importante. Ya sea por demostrar públicamente el sentimiento, sin importar el ridículo; o realizar un acto de sacrificio, innombrable y que le da a un personaje ligado con el crsitianismo el único atisbo de humanidad posible en el filme. Amenábar no critica a una religión en particular, se introduce en un momento de la historia para criticar a la fe como asidero de los seres humanos. Y lo hace recurriendo a uno de esos crímenes horrendos que una organización con poder realiza; en este caso el asesinato de Hipatia de Alejandría, en manos de fanáticos que vieron en ella una figura de peligro, por su cercanía con gente de poder, y sus ideas que se orientaban más hacia el pensamiento, que a las creencias religiosas. Un asesinato fomentado desde el poder episcopal de la zona. Nadie ha dicho que el cine no debe ser un planteamiento fuerte y concreto. No se trata de ver en otras versiones de religiosidad las respuestas reales (no hay una fe mejor que otra), en “Ágora” se trata de reflejar cómo el poder se convierte en la única razón de ser de las sociedades y todas las supuestas creencias que las sustentan o justifican no dejan de ser obviedades, cuando de ejecer poder se trata.

En algún punto, ante la amenaza y acusación pública de Hipatia como bruja y hechicera, una conversación reduce el contexto de la película. Un personaje reclama lo no cristiano de condenar a alguien a muerte porque le da la gana. El otro le responde que es la palabra de Dios y no se la puede cambiar. Así de tajante puede ser la fe.

Hipatia de Alejandría es ‘rescatada’ en este filme e incluso es el germen de las pasiones en este universo que recrea el director español. Hipatia se obsesiona por el movimiento de los planetas y cuerpos celestes, cuestionando los principios de la época, como el sistema geocéntrico de Ptolomeo, y la vemos durante años tratando de resolver ese dilema: ¿por qué si los planetas y estrellas giran de forma circular alrededor de la tierra, en algunos momentos el sol se ve más cerca de la tierra y en otros más lejos? Hipatia apuesta por el conocimiento, por el pensamiento, en una época en la que pensar y cuestionar la fe era un acto absurdo y tonto. Esa época no ha dejado de existir.

La Hipatia de Amenábar no es víctima, ni mártir. Es el ser más consciente de todo el filme y que reconoce que en un mundo en el que la fe se vuelve la única verdad, ya todo está perdido. La Hipatia de Amenábar no se equivoca. “Ágora” no es un filme en contra del cristianismo; es una película que nos habla de las múltiples opciones que tenemos y de estar atento a ellas, como el germen de la verdadera trascendencia humana, pequeña e inexistente. Casi nadie ha hablado de Hipatia de Alejandría; uno de esos que sí lo hizo en los últimos años fue Carl Sagan en ‘Cosmos’ , así como diversos estudios femeninos que han buscado restaurarle su importancia.

Amenábar juega a ser Dios en la película. Tomas que muestran a la tierra desde el espacio (la opción astronómica es importante) y decisiones estéticas que apoyan al desarrollo de la trama hacen de “Ágora” una joya. Todas las peleas callejeras se reducen a imágenes desde el aire, que muestran a la gente como hormigas en actos de desesperación, sin cabeza y sin nada más que hacer que el descontrol. La dirección de arte recrea una época de la que no se habla mucho y el juego de ángulos y de perspectivas es lo mejor: un movimiento de cámara nos permite ver el mismo objeto desde otro punto, lo que ofrece una nueva versión del mundo que nos rodea. Y Max Minghella (hijo del gran Anthony Minghella) da una actuación precisa, intrepretando a Davo, esclavo de Hipatia, quien en un gesto claro convierte a la película en una apuesta sobre cómo la fe debería ser una de las tantas versiones del amor… Suena cursi, pero el concepto de amor, per se, es lo menos cursi que existe, aunque algunos quieran mandarlo al carajo con interpretaciones ridículas y extraterrenales.

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