Las revisiones políticas de los intelectuales

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Sigo con la marcha de Guayaquil. He leído algunos análisis sobre lo que sucedió la semana pasada, algunos escritos por autores que uno debe considerar inteligentes y precisos; otros por fanáticos y por alguien que intenta sectorizar una parte de esa manifestación y dibujarla de una manera que se amolde a sus criterios (lo que cualquier ser humano haría). No he visto revisiones más ridículas que todas las que se han hecho sobre la marcha de Guayaquil, a favor y en contra, incluyendo la mía.

Que Nebot quiere separar a Guayaquil del país, que nunca hubo ninguna bandera de Ecuador en la marcha, que lo que se mantuvo fue el discurso ‘Por Guayaquil Independiente’… que el Gobierno busca una mejor redistribución de las riquezas en los municipios más pobres… que ya hay gente cansada de tanta burla del mandatario y sus secuaces, que hay que evidenciar el descontento, que el presidente se va a Cuba asegurando que aquí se vive una democracia plena y la Dirección de Aviación Civil prohibe los sobrevuelos sobre la ciudad, aduciendo las condiciones metereológicas, con lo que para la historia no habrá imágenes de esta movilización y toda su magnitud… Sí, democracia plena.

Hay múltiples aristas de las que nos podemos sostener. Pero lo cierto es que no entiendo el trabajo de muchos ‘intelectuales’ por tratar de cercar la realidad y lanzar versiones de los hechos que no son del todo ciertas y que no ofrecen una real lectura. Y eso tiene su gracia, porque para mí las opiniones son siempre versiones de la realidad, pequeños fragmentos que merecen la atención debida y que deben ser expuestos. Entonces, ¿de qué me quejo? De que aquellos que se rasgan las vestiduras inflamándose como fragatas en celo, hablando a diestra y siniestra de todo este complot empresarial de derecha, en el que los medios son los principales protagonistas, acusándolos de mentir o contar las cosas para su conveniencia, hacen lo mismo o no se permiten defender esa idea cuando es el Gobierno quien comete esos atropellos.

Conceptos ligeros y aptos para cada ocasión. Hay que aborrecer a esa gente, sin duda.

Leí en algún lado que esa defensa innecesaria y exagerada de ciertas versiones y figuras de la realidad política y social, por parte de los intelectuales, se deriva de la vocación rentista de muchos de ellos. No lo dudo, hoy no lo dudo. Gente dispuesta a transar sus ideas en función de quién esgrime el improperio, gente que prefiere quedarse callada en favor de algún tipo de beneficio, y gente que asume que su participación debe ser la más agresiva en pos de una idea de ligada a lo social, la cual les permite ignorar que lo social no es sólo atención a los que nada tienen. Sí, creo que deberíamos temerle a los intelectuales, sin duda. Ese Olimpo que se gesta desde el intelecto es el único capaz de permitir atrocidades: artistas y pensadores sostenidos ya sea por la Iglesia, por la monarquía, por los mecenazgos y por regímenes totalitarios son los mismos. La historia nos ha enseñado que el arte ha nacido de ese elitismo abierto por el poder, desde luego; pero hoy las certezas están en otro lado y es repulsivo encontrar que el intelectual ha caído en perspectivas añejas y está dispuesto a analizar hechos desde una ideología que se mantiene a fuego en la región… quizás porque no podemos ver más allá de ella.

La miopía mental, sin duda.

Un presidente de la Asamblea manifiesta que enjuiciará a la ministra Viteri si le entrega más dinero a Guayaquil. ¿Eso está bien, según la intelectualidad que defiende este proceso vacuo y absurdo? Hay un numeral en la Constitución que consagra la entrega de recursos a los municipios y se lo interpreta cada cual a su manera. ¿Eso no es motivo de revisión? La ministra del dinero va a la Asamblea y explica los montos que repartirá a los municipios, basándose en una código de organización territorial que NO ESTÁ APROBADO TODAVÍA, ¿pero eso importa a quienes defienden un proceso político como el de ahora?

Cuando lo correcto se vuelve una corbata y su importancia va a depender de quien la usa… pues no hay más que decir.

Hoy lo que existe es una mirada cerrada, tan o más cerrada que esa mirada que antes se criticaba. Y lo que queda es sentarse a observar cómo los grandes pensadores afilan sus garrar para destrozar una versión de la realidad y no son capaces de interiorizar una crítica igualmente agresiva a esa versión que tanto defienden. Ejemplo: La Constitución defiende el derecho al trabajo y durante semanas se ha criticado al Municipio de Guayaquil por sus ordenanzas que prohiben (estúpidamente) la venta ambulante en ciertas zonas de la ciudad: marchas, peleas entre la población, presos, heridos, reclamos de lado y lado, textos escritos hasta la saciedad… Pero cuando el SRI cierra locales de comerciantes ‘semiformales’ por siete días, con la excusa de un ordenamiento fiscal (y la justiciera justificación del director del Servicio de Rentas Internas al afirmar que esos sitios lo que hay es contrabando) no pasa nada… No se violenta ningún derecho de la Constitución… Aquí no ha pasado nada.

Me aterra ver cómo la verdad depende del ojo de quien la ve. En un país así no hay necesidad de ser intelectual… hay que huir de esas precisiones.

3 comentarios en “Las revisiones políticas de los intelectuales

    1. No sé qué es realmente ser un intelectual, Silvi… ni tampoco cuál debe ser su rol en la sociedad… Hoy ni siquiera sé con claridad cuál es el concepto de sociedad…

      Pero lo que sí sé es que la gente que transa con criterios, por valores ínfimos, es la gente a la que hay que temer. Las ideas pueden y deben cambiar (irrespeto y aborrezco a la gente que sigue pensando lo mismo que hace 30 años), pero no deben ser motivo de transacciones…

  1. Vengo a los tiempos… chévere ver tu blag y leer tus opiniones.

    En verdad, hay que temer a esta gente que mencionas, en especial a los que protestan con fervor por algo y luego lo defienden con el mismo fervor – son gente para quienes el sagrado y revolucionario fin justifica los medios, de ahí que no les importe. Y lo terrible es que muchas veces esto viene como parte de un convencimiento de ser los últimos defensores de una noblísima idea, de una superioridad moral que los hace impermeables a las críticas e incluso a la realidad.

    En verdad, hay gente que causa miedo.

    Un saludo y ya vendré más seguido.

    -JAD-

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