El gran varón

Estudié en el colegio Javier de Guayaquil y no sé si en realidad sea un asunto de beneficio o de orgullo. No me importa eso en este momento. Las ventajas de una educación jesuita son muchas, pero no me interesan ahora. Obtuve los mejores amigos del mundo, aunque eso no es definitivo para lo que escribo. Quiero hablar de algo en particular.

Entré a primera año en 1991. Tenía 10 años. Estaba en primer curso cuando viví la famosa ‘kermesse’ del colegio Javier, tan famosa que entendí de su relevancia estando en las aulas del colegio. Hasta esa edad la mayoría de esas versiones sobre la diversión me eran accesorias. Estaba en primer curso cuando me pusieron, junto con otros compañeros, a esperar en el ingreso los carros que llegaban y retirar las entradas y contabilizar que si había 4 personas en un auto, pues las entradas debían ser 4, o al menos recolectar un pago acorde a la cantidad de gente. Éramos los cobradores y debíamos cumplir un horario para eso.

Pues estaba en mi horario cuando un carro conducido por otro adolescente, algo mayor a mí, se detuvo. Me acerqué y le pedí las entradas. ‘No las tengo’, me respondió el adolescente. Las risas de los otro cuatro ocupantes empezaron (dos mujeres y dos hombres de la misma edad del adolescentes). ‘Pues son entonces -equis- sucres’, le dije. Él me miró y con escasos movimientos abrió la gaveta del auto, de su padre o madre, y sacó un revolver con el que me apuntó. ‘Esta es mi entrada’, susurró con la clásica impunidad del cretino.

El revolver me saludaba, se movía al vaivén de una mano que lo transformaba en una sentencia del Olimpo. Pensé muchas cosas, muchas. Miedo, quizás. Odio, con toda la seguridad del mundo. Quise gritar y decirle que me disparara. Gritar tan fuerte para que mis compañeros y el dirigente se acercaran y terminaran con la escena estúpida. Quise escupir al adolescente, pero no me animé. Quise decirle muchas cosas que no recuerdo hoy… Me di la vuelta y lo dejé ahí impávido, sin moverse, sin saber si había ganado o perdido con su maroma. Encendió el auto en unos segundos e ingresó. El habrá pensado que triunfó. Yo sigo pensando que la estupidez es lo que distingue a aquel que se siente protegido por el poder, o la ilusión de poder, que le da algo que necesita como un adicto necesita de una dosis de su droga favorita.

Image and video hosting by TinyPic imagen tomada de eluniverso.com

He visto ayer cómo el presidente Correa detuvo su andar para ir a buscar a la persona que lo había ‘insultado’. La majestad del presidente a prueba de todo. He visto cómo permanecía en un ‘autoservicio’ de Machala con la esperanza de dar con el que lo había ofendido. He visto el despliegue de agentes a su alrededor, he visto la valentía de alguien que decide encontrar al que lo ofende con la justificación de las armas y de una normativa que le da la razón legal, pero lo llena de las costras de la inmoralidad. He visto (percibir a futuro) cómo habrá mañana gente que saldrá a defender la majestad obligatoria de un cargo de servicio. He visto mucha tontería.

También he visto cómo un antiguo prefecto del Guayas es involucrado en un homicidio y tiene orden de prisión y consigue irse a Perú, el mismo día en que se hace pública la prisión, porque tiene el dinero y el poder para recibir el dato antes de que suceda y tomar medidas. La justicia sigue en función del que tiene el revolver en la mano. El poder de su lado, como la voz de Dios.

He visto a cada huevón hacer la del gran varón y no me queda más que entender que esa actitud típica de matón de barrio, que muchos guayaquileños aceptan como propia, es algo que quizás se deba erradicar con fuego. He visto mucha mierda y hoy no creo que haya forma de borrarla del camino.

La espiral en caída libre…

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Un comentario en “El gran varón

  1. Ya Su Serenísima Majestad pidió disculpas al machaleño “por la represión policial”, “por los abusos de los policías”. O sea, El no participó, no se metió a la lubricadora, no dió ninguna orden, nada de nada.

    Va a pasar lo mismo que lo ocurrido con el Fiscal: permanecerá incólume en su puesto, mientras que sus sobordinados son sentenciados por firmar un comunicado a su favor. Ellos cometerion yerros, él no.

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