El hijo pródigo (parte 1)

Para Coti, Alberto Luis Negrón y Lorena Suárez
“When I was a little boy /way back home in Liverpool / my mamma told me I was great”
“I am the greatest”, John Lennon

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A la sombra de dos grandes, perdido en el medio como si fuese víctima de un encanto que no supo despejar con claridad. George Harrison se pasea por la historia como excedente, el equipaje de mano de una historia que se convirtió en la mejor música del siglo pasado, en el inicio del pop, de una burbuja en la cual arte y mercado convivieron en el mismo frasco y que poco a poco el tiempo se encargó de dividir.

Él debió quedar a un lado, sabía esa condena, aunque quizás no la buscó. Al final del día, la verdadera leyenda de los cuatro se puede dividir en dos, en duplas. Dos genios en la banda, dos grandes compositores, dos guitarras, dos cantantes principales en armonía (aunque a veces los cuatro en pleno hacían voces). Dos de ellos vivos en este momento, los otros dos muertos en diferentes tiempos. Uno de ellos asesinado por un loco, otro por una cruel enfermedad.

George como ejemplo de los que aparecieron en el lugar preciso, en el mejor momento.

Pero, ¿es así? No, desde luego que no. No sólo que la calidad se debe dividir entre los cuatro beatles, sino que existe toda una magia en su participación en el grupo por lo que sus intervenciones no pueden, ni deben pasar desapercibidas. Este no es más que un intento de decir que George fue tan necesario para los Beatles como Lennon y McCartney… y por qué no, Ringo.

Fin de la primera parte

Intermedio

“Que yo sepa no habrá ninguna reunión de los Beatles mientras John Lennon siga muerto” . George Harrison,

“Los Beatles salvaron al mundo del aburrimiento” . George Harrison.

Fin del Intermedio

Segunda parte, más tarde ese mismo día: Dame a Harrison, dame paz en la tierra

Recuerdo la noticia a fines de noviembre del 2001. Todavía el mundo temblaba por las torres que habían caído cuando la información estelar en el noticiario fue la muerte de George Harrison. Recuerdo que la sentí muy cercana. Recuerdo que sus últimas palabras hicieron referencia a que pudiéramos vivir mejor, dejando que el amor hiciera lo suyo. Quizás una prima me llamó por teléfono a darme el pésame. También sospecho que tuve mi ejemplar de All things must pass ante mí, por más de dos horas, viéndolo con una observación que rayaba lo ridículamente obsesivo. No me importaba. Era una especie de luto que necesitaba sostener y llevar adelante. No quedaba más. Se había muerto de quien Tom Petty había dicho alguna vez: “mi beatle favorito”.

Con George la situación era clara. El “quiet beatle”, el que no hablaba (pero que era capaz de dar los comentarios más sardónicos posibles, como por ejemplo: “Éramos los Spice Boys”, al referirse a esa época), el que tenía un humor tan particular que no temió aparecer en el programa de su amigo y Monty Python, Eric Idle, y hacer un ‘skecth’ en el que se burlaba de la demanda que le pusieron por plagio de su hit My Sweet Lord (donde inicia tocando la canción en conflicto y la cambia enseguida por The Pirate song). El que se peleó con Paul en una disputa que quedó eternizada en Let it be. El que llegó a componer una joya para el último disco de Los Beatles, como Something, canción a la que Frank Sinatra se refería como su preferida de Lennon y McCartney… Harrison supo sortear su carácter de tercero a bordo y demostró, con el final del grupo, que ser tercero no es ser el menor. Pero antes hubo mucho de eso…

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Todo debe pasar
Existe un error muy común y generalizado. Tanto que hasta Xavier Velasco, en su cuento El Stage y la revolución (un día en la vida de Vladimir Obladá), ha sabido retratar con un humor que probablemente al propio Harrison le hubiera hecho gracia: “A la pandilla de sombríos harrisonistas que todavía hoy persisten en vendernos el opio de esos cultos orientales que privilegian la contemplación estéril sobre la auténtica acción revolucionaria, los invitamos a reflexionar en su actitud sectaria e individualista, cuya sola ocurrencia contradice y vulnera los principios fundamentales del marxismo-lennonismo” . Sin embargo, él iba más allá que esa simple y llana contemplación. Si sólo tomamos en cuenta su colaboración en el grupo, más allá de estricto análisis espiritual que se hace de su participación en el grupo, las sorpresas son más de que las nos podamos imaginar.

En lo musical (y gracias al proceso de remasterización al que han sometido a los discos de Los Beatles) queda claro que George no era un gran instrumentista, pero tenía algo que resultaba fundamental para el sonido del grupo: cadencia e inventiva. ¿Qué se podía obtener de ambas características? Pues a un guitarrista que cumple su rol porque nadie más lo hace y que es capaz de capturar estilos de otros en su propia manera de tocar. El rockabilly, Chet Atkins y Carl Perkins son indispensables para hablar de Harrison como guitarrista; en medio de esa relación directa con el guitar hero, al que considera indispensable y modelo a seguir, el joven George (no hay que olvidar que apenas era mayor de edad cuando Los Beatles grabaron por primera vez) buscaba una manera interesante de aproximarse al instrumento que sería su distintivo. Por eso, con errores incluidos, perceptibles en el disco Please, please me, él se va abriendo un espacio en el grupo. No es el cantante guitarrista, ni el bajista, ni el baterista máquina que no se equivoca jamás. Es el músico que le aporta un color a la banda, el tono capaz de revitalizar las composiciones pop por excelencia de sus amigos. Recuperando la posibilidad del error y de que no todo tiene que ser perfecto, la guitarra solista de George no le agrega ingenuidad a las canciones de por sí ingenuas, sino un atisbo de lo que para jóvenes de la clase trabajadora significa el trabajo: un continuo esfuerzo y creatividad para salir adelante.

No le toma mucho tiempo a George. Su primer gran solo de guitarra aparece en el segundo disco del grupo, dentro de un tema de Paul McCartney. En All my loving (canción en la que hasta John Lennon saca lo mejor de su repertorio como guitarrista para ofrecer un ritmo incesante en su rasgueo) Harrison abre el baúl y se disfraza de Perkins, creando una de sus firmas iniciales: solos en los que varias cuerdas deben sonar al unísono, creando una armonía en la misma guitarra, lo que ofrece no sólo una variedad sonora, sino una comprensión temprana de lo que puede hacer con sus dedos. Algo parecido sucede como concepto y aproximación con el instrumento en ese solo acústico de Till there was you, que está en el mismo disco, y coloca al músico en el nivel de aportes necesario para que un tema adquiera lo necesario para sobrevivir con altura el paso del tiempo. En febrero de 1964, a su llegada a Estados Unidos, George recibe un regalo de parte del presidente de la compañía FC Hall: la guitarra Rickenbacker, modelo 360-12, de 12 cuerdas. Este acto fue el que desencadenó su otro gran momento en la discografía de Los Beatles. El acorde fabuloso que abre el tercer álbum de la agrupación es de una sonoridad hionótica (no sólo por el hecho de que el golpe de piano acompaña al de la guitarra) que se ha convertido en obsesión para algunos guitarristas (mi humilde opinión es que las notas que crean el acorde de apertura de A hard day’s night son Sol, Re, Fa, Do, Re -más aguda- y Sol -más aguda-, junto a todas las combinaciones posibles de estas notas). Todos deben golpear la guitarra y obtener ese sonido alguna vez.

En ese primer momento, Harrison fue también quien le otorgó los sonidos disonantes a las notas finales que sonaban en los cierres contundentes de varias canciones. En sus composiciones es claramente audible cómo construía los sonidos, buscando acordes que se percibieran especiales. La relación con lo sonoro era importante para él.

Su relación con la guitarra es quizás la prueba más fehaciente del carácter de guerrilla que tenía el grupo en ese primer momento, con un guitarrista que fungía de lugarteniente decidido, ese integrante infaltable: ”Cuentan que justo antes de la actuación de The Beatles Royal Variety en 1963, George estaba muy preocupado porque no podía afinar su Country Gentleman. Se la llevó a Lou Macari en su famosa tienda de Charing Cross para ver si le podía ayudar. Macari, entre horrorizado y divertido, parece que lo único que tuvo que hacer fue quitar la prquería acumulada durante meses y cambiar las cuerdas, ya muertas, por otras nuevas. ¡Violà!, la guitarra volvió a la vida. Si esto es cierto (y George no lo negó cuando aprobó este manuscrito) llevaba meses sacándole sonidos estupendos a una guitarra atascada con las cuerdas muertas. Esa actuación –con cuerdas nuevas y un diapasón reluciente – demostró al mundo lo bien que tocaba la guitarra Harrison”.

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Para 1965, en Rubber Soul, el guitarrista ya tiene mejor control de su instrumento, quizás como nunca antes. En Drive my car y en Nowhere man hay dos claros ejemplos de lo que puede ser el trabajo de creación de melodías dentro de una canción; siendo su intervención en la primera de estas canciones la evidencia de un correcto trabajo con el slide (si bien se sospecha que ese solo fue hecho por McCartney, la técnica sería dominada a la perfección con el tiempo y para eso quedan las referencias en su época solista, además de ese portentoso solo que existe en Free as a bird). Al final, un instrumento puede conciliar las ideas de quien lo ejecuta, dentro del contexto que sea. En Nowhere man, en cambio, Harrison intenta establecer una distancia, como si fuese una voz de disidencia frente a la idea de este ser a la deriva, que al mismo tiempo se transforma en conciencia general, como si la figura del coro griego se aplicara mejor a su trabajo, que cierra con ese encantador armónico en Mi, realizado con su Epiphone Casino. Para esta época, George consigue en la práctica lo que luego teorizaría con While my guitar gentil weeps.

Es justamente en este disco que su figura llega a un nivel de mucho interés, acercando un sonido estrictamente oriental a la música occidental, puro, de 4/4 (aunque en este caso la medida exacta sea 3/4). En Norwegian wood trae un sitar a la vida de la canción, aproximándose a él como siempre lo había hecho: buscando aportar el color preciso. En esta ocasión, la guitarra fue insuficiente y por eso trató de darle a ese instrumento que no sabía tocar (lo que hace es sacar por oído el sonido y reproducirlo en la grabación) su rol en la composición de Lennon. Harrison le dio la pauta a gente como Brian Jones, de los Rolling Stones, a buscar otras sonoridades con esos instrumentos (meses después, Jones lo usaría para crear el riff principal de Paint it black, de los Stones).

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Su calidad como guitarrista no disminuye con el tiempo; adquiere otro matiz durante el resto de la carrera de Los Beatles. Con el tiempo él prefiere ser compositor y mientras las condiciones de grabación iban mutando, George también lo hizo y sus herramientas pasaron a ser otras. Él llegó a tocar en sinnúmero de grabaciones el bajo y los teclados, además de ciertas percusiones. Desde 1966 hasta 1969, George Harrison buscó entrar en la dinámica de creador, a lo Lennon y McCartney, quizás sintiendo que se estaba quedando atrás. Incluso llega a renunciar a su rol de guitarra solista en canciones de su propia composición, como por ejemplo Taxman (en la que Paul McCartney toca ese solo imprescindible) y While my guitar gentil weeps (donde Eric Clapton entra al mundo beatle por primera y única vez).

En los últimos álbumes de Los Beatles, George retoma la guitarra, más que nada por la estructura de esos proyectos. Let it be buscaba crear un concierto y grabarlo, por lo que tuve que recurrir a su antiguo instrumento y a la misma aproximación de cuando había empezado con sus amigos de ruta. De esa forma, salvo por el excepcional solo de Lennon en Get Back, George regresa a una posición de buen trabajo e incomodidad. Ya con más ases bajo la manga, es Harrison quien consigue elevar a niveles inmortales canciones como Dig a Pony o la propia Let it be, que tiene dos solos de guitarra grabados. Ese es el Harrison melódico que más puede apasionar.

Pero es en el siguiente disco, el último que grabaron, en el que el panorama estalla. George ya no solo es el tercero a bordo, es casi un primer oficial que dirige ciertos momentos e instancias de la producción gracias a su manera de aproximarse a las canciones (sin olvidar, por ejemplo, que el uso del sintetizador moog en las canciones del Abbey Road es gracias a que él lo llevó a las sesiones: una de las primeras grabaciones hechas con este nuevo teclado). Octopus’s Garden, I want you y The End marcan el camino de lo que un gran guitarrista puede hacer con su sensibilidad. Es en Something, utilizando la misma guitarra que usó Clapton en la grabación con los Beatles, un año atrás (y que cedió a Harrison como regalo: una hermosa Gibson Les Paul), que él ejecuta uno de los mejores solos de guitarra del rock and roll, recurriendo a una destreza que arriesga la técnica en pos de una sensación. Es evidente que a esta altura del partido, George Harrison estaba muy convencido de su relación con la música, viéndola como un vehículo mucho más efectivo que sus otros compañeros. La música de Los Beatles, en versión de Paul McCartney, no es más que el camino para el pop perfecto (siendo él uno de los más interesados en la experimentación); en versión de Lennon no es más que una lucha del ego por sobresalir y decir todo lo que tiene que decir; en la versión de Ringo hay un deseo de disfrutar y apreciar el simple acto de tocar como pocos. La versión de Harrison nos lleva directamente a la fuente de sus ideas: hay una reflexión inherente al ser humano, que si bien puede llegar al sermón, no deja de ser real y se manifiesta en cualquiera de sus actividades. La música para George, sea o no con Los Beatles, se basa en expresión de una idea genérica que nos atañe a todos. Ese descubrimiento, que se puede percibir en el progreso de su actividad como guitarrista y compositor, es quizás el mayor logro dentro de la dinámica que un grupo extremadamente reconocido puede conseguir

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Fuentes:

http://www.taringa.net/posts/imagenes/1015282/the-beatles-en-sus-palabras—george-harrison—ringo-starr.html
http://lasmilrespuestas.blogspot.com/2009/07/curiosidades-de-george-harrison.html
Velasco, Xavier. “El Stage y la revolución (un día en la vida de Vladimir Obladá)”. El materialismo histérico. Editorial Alfaguara. México, 2004.
“El gran desconocido”. Revista Guitarrista, Número 3. 30 de noviembre de 1988. España.
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2 comentarios en “El hijo pródigo (parte 1)

  1. Sonará estúpido, pero recién a mis 28 años me estoi iniciando en The Beatles, y todo esto que escribes me parece interesantísimo, porque sin ser músico en varios de los temas que citas me llama bastante la atención lo que hacen las guitarras….

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