The kids are alright, ¿right?

imagen tomada de gregtork.wordpress.com

Oskar es víctima de ‘bullies’ en el colegio. Los quiere matar, quiere acabar con ellos, con los matones; lo sueña, lo practica a diario. Es una necesidad de supervivencia, pues nadie debe resistir eso y pensar que está bien o que se lo merece. Quizás sea un asunto de dejar que los requerimientos básicos no sean fastidiados por nadie, nadie puede oprimir a nadie, para nada. Oskar tiene 12 años.

Eli pasa por algo igual. Necesita alimentarse, sentirse bien, viva, nadie podría soportar el hambre porque no está bien hacerlo. Eli es un vampiro.

Déjame entrar’ no sólo que le da dos patadas en el trasero a todas estas versiones light en las que se supone aparecen vampiros (signados por hormonas adolescentes de las que aparecieron en películas como las de Porky’s), sino que entiende de manera definitiva que la adolescencia es quizás la edad en la que las transformaciones y la aceptación de lo que es uno en realidad condena. Los personajes en la novela de John Ajvide Lindqvist no están soñando con su baile de graduación, están inmersos en una dinámica que duele: padres separados, padres muertos, padres alejados, frialdad absoluta. Los adultos no se quedan atrás y viven justamente esas relaciones cortadas, abruptas, sin nexos. No hay futuro en el Estocolmo donde empiezan a suceder cosas que aterran a muchos.

Eli llega con Hakan al edificio de departamentos en el que Oskar vive con su madre. Se hacen amigos. Ella únicamente sale en la noche y Hakan tiene el encargo de llevarle alimento, sangre. La tragedia de la novela se basa en la inoperancia. Ni siquiera en los actos más crueles puede existir cierta sensación de trabajo cumplido. A diferencia de la adaptación cinematográfica (en la que el propio escritor intervino y en la que se obvia una marcada historia homosexual que le da un valor extraordinario a lo narrado), en la novela los vampiros van de un lado al otro, como productos de una enfermedad que es incapaz de ser contenida, como consecuencia de un acto desesperado. El mundo es un sitio desesperanzado y el único resquicio capaz de darle sentido es el amor. Oskar y Eli van a enamorarse porque juntos pueden sobrevivir en medio de tanto dolor. Es muy difícil descubrir algo que parezca lo contrario.

El color rojo queda con más fuerza sobre un suelo blanco y esa es la dureza de una novela que te absorbe. Oskar quisiera ser otro, tener otra vida, ser considerado por alguien como lo que él es: Oskar es un freak porque le gusta serlo, ¿eso tiene que ser el catalizador del dolor? John Ajvide Lindqvist asegura que el dolor es lo que nos mueve y lo que nos hace cometer atrocidades vitales: agredir a otros ya sea por obtener paz o porque tenemos mucha hambre.

‘Déjame entrar’ no es la novela común de vampiros. El vampiro acá sabe, por los años de experiencia, que causa y lo mueve el dolor, pero no tiene alternativa. Los otros ni siquiera lo reflexionan. ‘Déjame entrar’ es la novela sobre la pesadez de las decisiones y las responsabilidades de los golpes, en la que la única respuesta posible es reconocer en el monstruo el amor, el afecto y el sostén. La ficción de horror nos suele replantear muchas cosas.

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