La búsqueda de redención

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imagen tomada de wikipedia.org

James Cameron ha llevado adelante una filmografía muy ligada a una idea fundamental: las acciones del ser humano como evidencias de algo que se puede salir de control y causar un daño muy grande. No es alarmismo, quizás sea el reconocimiento a la capacidad de la raza por atentar contra ella misma y sus alrededores, a través de sus deseos y el progreso. “Avatar” es una especie de retorno a un tipo de cine que él maneja muy bien y que ha conseguido transformar, no sólo a nivel de realización, sino en lo tecnológico.

“Avatar” es un sueño de más de 15 años que se pudo realizar gracias al desarrollo de cámaras y efectos que el mismo Cameron ha ido supervisando. Las nuevas cámaras que se usan en este filme, las fusion camera system, han permitido dirigir de mejor manera, pues Cameron ha podido ver en un monitor cómo se vería la escena en particular con las partes virtuales, mientras filmaba. Pero eso no es tan importante si lo ponemos en la real perspectiva. Luego de darnos elementos y personajes importantes (planos, como toda ciencia ficción que a veces no comprende el poder de contar algo a través de los seres que son parte de ella), el director se enfrenta a la destrucción del paraíso en pos de un mineral. Grandes compañías ‘transuniversales’ en contra de un planeta y sus habitantes, envueltos en una relación que se podría comparar a un contacto que hoy tenemos con la web: conexión física con lo natural. Humanos como langostas, dispuestos a acabar con la vida que esté a su paso (en silencio, porque la culpa surge cuando alguien se queja), porque las ganancias son mucho más encantadoras que cualquier otro concepto… En Ecuador conocemos a muchos de esos.

Jake Sully es el marine que gracias a dos tragedias llega al planeta Pandora a ser parte de la excavación (que si bien no se aclara es obvia: el ejército de Estados Unidos siendo la fuerza de choque de una empresa minera), más que nada por compartir los genes de su hermano gemelo, que es asesinado antes del viaje y quien había colaborado en el proyecto avatar (prestando su adn para establecer la conexión con el ser creado en laboratorio). Jake podrá ponerse en los zapatos del hermano y volver a caminar gracias al proyecto Avatar, porque esa es la otra tragedia: la imposibilidad de mover las piernas gracias a un accidente de guerra. Sam Worthington es el marine que se conecta con ese avatar que le permite entrar a las filas de los nativos de Pandora, los Na’vi, y tratar de encontrar una solución pacífica a la explotación que se realiza y de llevar adelante acciones de espionaje para sus superiores.

La premisa básica y hasta descabellada (el arranque es de telenovela, desde luego) deriva en una primera mitad en la que el encuentro entre Jake Sully y Neytiri (una princesa Na’vi, interpretada por Zoe Saldana) va cercando casi todo y requiere de nuestro esfuerzo reconocer que eso es necesario y no hay más que entender que de esa relación el resto explota. No es el amor que vimos en ‘Titanic’ (gracias a Dios), pero lastimosamente no es el que Sarah Connor y Kyle Reese desarrollan en la primera Terminator. En ‘Avatar’ el amor está en un centro y se vuelve medular, como un flujo de conciencia, y se convierte en la excusa del contacto y la explosión de sentido de un soldado. Pese a tener tanto tiempo en la pantalla, Jake y Neyriti se enamoran de forma verosímil, pero adolescente… y uno en ese estado hace locuras in the name of love… one more in the name of love.

Esa primera mitad de descubrimiento se vuelve tediosa, pero le da el espacio a una segunda parte que cambia en todo sentido, desde el ritmo hasta la perspectiva. Para muchos se hace predecible, pero en realidad lo que pasa es que el filme accede a la certeza del camino que venía abriendo: la batalla por el planeta. Con reminiscencias a ‘El retorno del Jedi’ e incluso a ‘Aliens’, que dirigiera también Cameron, la obviedad del cierre y de las secuencias finales se enfocan en generar un universo distinto, introducirnos ahí, maravillarnos… y quizás nada más.

El mensaje de respeto por lo natural, por el otro, por el distante, es muy claro y no te da una mayor lectura… Buenos y malos, versión maniquea de la vida. Frente a esta disyuntiva ya sabremos qué hacer, en este caso nos queda cierta reflexión y say no more… Una película muy cara, de casi 240 millones de dólares, no te va a dar la solución, ni siquiera te va a plantear la duda precisa… pero al menos te entretendrá y eso es suficiente. Vendrán dos secuelas más y la idea la protección del ambiente como consecuencia. Siempre hay más… siempre. Cameron intenta redimirse, como su personaje, pero eso no nos puede decir nada…

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