Palabras entre un liberal y una progresista…

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Ella está en uno de los tantos cursos o talleres progresistas que se dan en la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales), en Quito. Él está en su casa, trabajando. Se conecta y aparece la conversación. Ella y él se conocen desde hace varios años, cuando él fue de visita a Cuenca a tocar con la banda en la que estaba. Se hicieron amigos, compartían la pasión por lo literario, por el reconocimiento de la palabra como fundamental. Ella hacía teatro entonces y era abogada. Hoy él sigue escribiendo y toca de vez en cuando. Ella es parte del proceso político del país (incluso estuvo en la Asamblea en Montecristi como parte de la asesoría a alguno de los participantes). Él piensa que la palabra progresista es tan ‘progre’ que hasta puede obviar dos sílabas y estar más a la moda (en realidad trata de huir de esas cosas que no llevan a ningún lado). Ambos se ríen en la conversación a través del messenger…

Él: Al final lo que creo es que si bien tienen que existir, la empresas no tienen moral, por eso el Estado sí debe entrar a regular que cumplan bien su misión y que no comentan estupideces… Para eso hay que fortalecer el sistema judicial y no entregarle más facultades al Ejecutivo…

Ella: Eso es tan liberal…

Él: A lo mejor lo soy…

Ella: Prefiero el deseo de cambiar las cosas de fondo, ese enfrentamiento con el status quo, con la gente que quiere que las cosas no cambien. Que todo siga siendo tan desproporcionado.

Él: Sospecho que muchos queremos eso, pero ahora todo se ha desdibujado…

Ella: No ha pasado tanto así…

Él: Desde luego que ha pasado… El daño que se le ha hecho al país es el mismo que se le sigue haciendo: el dogmatismo. No existe nada más allá de eso, de esa generalización…

Ella: Quizás en el fondo sí estamos de acuerdo… Pero el cambio es necesario.

Él: Me aterra pensar que haya gente que asuma que hay que volver a lo que estaba antes… Me aterra sentir que hay muchos que ven en el reforzamiento de las facultades del Ejecutivo las respuestas a todos nuestros males, como si ese fuese el camino. Me aterra más descubrir que no se puede ver más allá de las ideas… como si la congruencia fuese solamente eso: tener los ideales en lo más alto.

Ella: Pero los ideales son importantes, no puedes negar eso…

Él: No quisiera negarlos y no lo hago… Pero el ideal principal que tengo: el respeto a la libertad y al otro es más fuerte… Es como una norma constitucional enfrentada a una ley: prevalece la regulación superior…

Ella: jajajajaja…

imagen tomada de freealternative.files.wordpress.com

Un comentario en “Palabras entre un liberal y una progresista…

  1. cambiar las cosas de fondo, ese enfrentamiento con el status quo, con la gente que quiere que las cosas no cambien

    Lo que para mí delata que a esta gentecita (sí, lo digo con desdén) en el fondo le valen un pedo los ‘ideales’ es que abordan estas cuestiones con la misma madurez de un episodio de los Power Rangers. La promoción de esa mentalidad maniqueísta de ‘nosotros’ contra ‘ellos’ (siendo ‘nosotros’, por supuesto, los buenos de la película, los que queremos ‘el cambio’… ¡Qué típico, por Zeus!), habla con más volumen que cualquier discursito que cacaree esos tales ‘ideales’. ¿Qué valen los ideales de todos modos en gente que los sigue porque están de moda? ¿Qué valen los ideales en gente que predeciblemente se funda en la preeminencia de su tribu ad hoc sobre cualquier principio ideológico y moral?

    Si me preguntan: ni una puta cosa. Es gente que incluso desvirtúa esos tales ‘ideales’, pues los mismos, aunque fáciles de adoptar, no son interiorizables para cualquier imbécil. Esa devaluación se la hace en favor del tribalismo político y social y en su respectiva masturbación mental (existen personas que aunque se dicen ‘liberales’ increíblemente le hacen apologías a la represión socialcristiana y al jingoísmo guayaco). La impostura progre es ya un estilo de vida, que sirve, cual tradicional religión, para camuflar la mediocridad y la denegada valía de verga en el recipiente. Una pista de eso nos deja precisamente ese culto estúpido a la extraordinariez (análogo a pastillitas como lo son ‘Dios’, la ‘espiritualidad’,’las energías’, etc.). El difunto compañero Coelispex, parafraseándolo, apuntaba correctamente que las masas usan esas pajas como escondite por un solo motivo: “el no tener NADA que aportar más que un comportamiento predecible y una vida intrascendente”.

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