Pequeña teoría sobre el fin de la razón

imagen tomada de eluniverso.com

Ayer estuve en el parque El Arbolito, a un lado de la Casa de la Cultura, entrando al centro, en Quito. Se había convocado a una reunión que tuvo mucho de puesta en escena política (no hay que negar que siempre lo fue y eso no tiene por qué alarmar) y desde los discursos aprecié el mismo error que veo en otros lados: el miedo, la indignación y quizás el oportunismo de alguno haciendo espacio en algo que podría tener otros ribetes. Pero voy de a poco.

Carlos Vera es ahora el malo de la película para casi todos y es quien hizo el llamado para estar ahí. Él no tiene hoy sus espacios tradicionales para permanecer a la vista pública (programas televisivos de periodismo político de opinión, siendo echado de su canal por obvias presiones del Gobierno, pues la relación entre Vera y la gente de Carondelet fue tirante casi desde el inicio de la revolución ciudadana), por lo que la perspectiva del poder adquiere cuerpo: se vuelve de manera clara en figura política (algo de lo que se ufanó el presidente el sábado pasado, como si eso le diera la razón en lo que él define como periodismo). Carlos Vera está en una posición arrojado por las circunstancias y probablemente debe estar sacándole provecho. Ojo, esto del provecho no tiene que ver necesariamente con algo oscuro (o monetario, por lo que él escribió en su libro, incluso… porque es indudable que para concentraciones y marchas como la de ayer hay dinero de algunos empresarios contrarios al régimen), sino con tener la oportunidad de  plantear propuestas que valgan la pena (le doy todavía la opción de la duda, porque como periodista me ha enseñado a estar preparado y si la cago, reconocerlo en público) ¿Pero cuáles?

Ha tenido algunas muy claras, como por ejemplo la revocatoria del mandato del presidente, según lo establecido en la constitución que tenemos ahora y otra, la que se convirtió en lo que creí era la razón de la reunión de ayer, que está centrada en la lucha contra esa Ley de Comunicación, que no se va a discutir en el pleno de la Asamblea como estaba planeado, sino que se la va a rediseñar (y de eso mejor ni hablo ahora).

¿Pero cómo articular propuestas cuando hay asistentes que no tienen ni siquiera un ápice de sentido común para reconocer los resquicios de discursos que están escuchando? ¿Cómo hacerlo cuando hay gente que participa y reúne palabras basadas en falacias y en criterios que rayan hasta en la xenofobia (Patricio Haro metido entre los micrófonos, haciendo gala de una ignorancia que debe ser temida por todos)? ¿Qué se puede esperar cuando hay mucha gente que está aprovechando las circunstancias? Para mí lo de ayer fue una experiencia que me hacía falta: una movilización que responda a una dinámica que había estudiado desde la periferia (para mi tesis de licenciatura revisé el fenómeno mediático de los forajidos, que estuvieron en la calle dispuestos a echar al presidente Gutiérrez). Y una vez que la viví, me queda el mal sabor de boca, como si un golpe  hubiera determinado la sensación de sangre derramada.

Sucede que los gritos de lucha (enumere los que quiera, desde “Fuera Correa, fuera”, “Correa te jodiste, con Quito te metiste”, hasta “Chávez y Correa, la misma diarrea” y “Democracia sí, comunismo no”) parecían arengas de programa concurso (“Sube Luzmila, sube”) y reflejaban algo que se puede puntualizar como descontento y miedo. El descontento es quizás el elemento más notable que pueda movilizar a la gente, no puedo ni siquiera pensar en lo contrario, o peor condenarlo. Pero la nobleza debe romper ese primer estado y conseguir un valor o una articulación mucho más contundente que el simple rechazo. Lo de ayer fue una muestra de poder y se trató de  eso: de un apoyo numérico. Según lo que leí en algún medio, fueron 2000 personas en el parque las que terminaron poniendo ofrendas florales en el edificio de la Asamblea. Se trata de sumar fuerza numérica y si bien se puede interpretar eso como una manifestación democrática, no puede ser el único objetivo dentro de una democracia. La razón no puede estar minada de cualquier proceso de movilización política, especialmente contra el gobierno actual, que con más de tres años ha reventado la inteligencia y la razón en sus discursos, dejando que sofismas se vuelvan en el sostén de un régimen, asumiendo que el valor de la palabra no está en ella, sino en quien la pronuncia. El fin de la razón, sin duda.

El único discurso (que ni siquiera escuché en su totalidad porque la gripe que tengo me terminó venciendo y tuve que retirarme), y que tuvo algún tipo de coherencia, fue el de Vera. Sobre todo porque resaltó parte de los enunciados que en estos últimos tiempos ha mantenido y que yo defiendo, especialmente  lo relacionado a la práctica de la profesión que he estudiado, sufrido y practico. Si bien en sus momentos se transformó en una prueba de popularidad (él en la tarima repitiendo hasta siete veces algunas frases que pudieron convertirse en mantras), y que las intervenciones de Martha Bucaram y de Verónica Romero (representante de alguna asociación de jóvenes universitarios, no recuerdo ahora el nombre) estuviesen cargadas de sentido común, lo cierto es que me dio la impresión de que la palabra ha perdido su contundencia. Así no se hace nada más que ejercer el derecho del error como única posibilidad. Gente absolutamente desquiciada (en particular un tipo que parecía sacado de ‘Full metal jacket’, con un megáfono gritando cosas mientras los discursos se daban y exigiendo con la mirada que la gente respondiera: “¡Quito, Luz de América!”, “¡Abajo Correa!”, “¡Arriba Juan Montalvo!” “¡Arriba Eugenio Espejo!”), frases que te hablan de un desconocimiento perpetuo de lo que han sido los movimientos geopolíticos en la historia de la humanidad (insinuaciones de Patricio Haro -que por cierto fue quien sacó ese cartel de persona no grata en la plaza de toros de Quito, me enteré ayer- que hablaban de la migración delictiva, acusando a cubanos y venezolanos de la inseguridad del país -para luego retractarse tibiamente- y después de esas (im)precisiones xenófobas acusar al gobierno de Correa de ‘nacional socialismo’, en una clara demostración de todo por el todo, sin fuerza)… y la desesperanza como único vehículo.

Me fui con ese mal sabor de boca. Porque el asunto fundamental detrás de todo esto no es un simple descontento o una percepción. Es la absoluta indefensión que se percibe en el ambiente. Es salir con todos los bolsillos y agujeros sellados para que nadie te pueda meter la mano. Es sentir que puedes irte hoy y que quizás no vuelvas a ver a la persona que tienes al lado. Es la inseguridad lo que marca el ritmo en muchos casos. Es la idea de quedarte sin trabajo también (he visto a empresarios responsables de 100 o más familias llorar porque no tienen dinero para los sueldos de enero de sus empleados). Es la idea de que para el régimen lo mejor es que las verdades sean las que ellos propongan. Son los conceptos que se han perdido, en medio de una dinámica en la que hoy la gente con algo de dinero parece ser considerada traidora a la patria (cuando en el gobierno hay muchísima gente que tiene mejores casas y más carros que muchos de los que estamos leyendo este texto). Es el acto de sobreviviencia que no permite nada más que eso: un cambio para salir del atolladero. Detrás de todo esto no hay ninguna otra posibilidad. Cuando algo que resulta elemental está afectado, la razón se muere.

Y el problema que tenemos es que mientras esto crezca, los discursos perderán sustento y más que conseguir un cambio, ganaremos el hundimiento perpetuo. El daño no es el sistema, o el modelo que se pueda manejar (señores, es imposible que lleguemos a un estado en el que la única posibilidad sea el comunismo. ¿Han visto las noticias? ¿Es posible que suceda con un gobierno que basa presupuestos generales en supuestos precios de barriles de petróleo y en un crecimiento del país el doble de lo que se ha estimado para la región? ¿Se puede dar con un gobierno que espera a que llueva para que no haya cortes de luz? ¿Lo podrá sostener un gobierno que recibe de China condiciones más fuertes que el FMI, por ejemplo, porque sabemos que el riesgo de inversión acá es muy fuerte? Hay o no gas en la isla Puná? ¿No están investigando a una ministra por compras fraudulentas de ambulancias? ¿No ha salido un ex administrador de la electricidad en Quito a decir que el ministro del ramo les pidió mentir sobre los cortes?). El problema real es dejar que los miedos fundados se conviertan en argumentos, y que los infundados sean la medida de las cosas. Ayer vi que quizás todo se puede ir al diablo, que quizás en Ecuador no haya solución… Pero la fe en el sentido común no se pierde con tanta facilidad. Si Carlos Vera es la única persona que articula una especie de rechazo, pues es comprensible que muchas otras se unan y busquen pescar a río revuelto. Pero el rechazo no puede ser excusa para la ausencia de razón. Jamás.

Es hora de dejar de pensar en los mitos y en los demonios. Comunismo: malo, neoliberalismo: bueno. Neoliberalismo: malo, comunismo: bueno. Lo cierto es que las condiciones económicas y sociales del país no son precisamente las mejores y eso no puede ser culpa de un sistema antiguo, ni del actual, sino de todos nosotros y nuestra ausencia de capacidad crítica.  Sentido común, eso es todo. No es mucho pedir.

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