Agua vence al fuego

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imagen tomada de elboomeran.com

Se trata de recorrer el camino y expiar las faltas, de reconocer que todo no es más que un acto desproporcionado de envilecimiento, capaz de nublar el sentido. La inocencia puede ser un acto de perspectiva, pero a la larga el dolor y la culpa están presentes, te encuentran, te dan miseria y te abren la posibilidad de encontrar la paz y la calma necesarias. Se trata de entender que las búsquedas y el perdón pueden ser actos dolorosos, pero completos, perpetuos.

“Aquarium”, la última novela de Marcelo Figueras, es un acto de fe, en el que el idioma engaña, no interesa, el silencio o las señas son la base de los actos más puros. Si hasta parece que el narrador apuesta por una revelación que suele ser superior, aunque no es novedosa: Las palabras pueden hacer daño… de los peores. En ese marco, la liberación se concreta como un hecho que está más allá de cualquier frase o certeza.

Ulises viaja a Israel, ha hecho lo peor, lo indecible, a tal punto que pierde a su mujer y a sus dos pequeños hijos. Va por ellos, los va a buscar sin rastro alguno. Irit es una artista que lo ayuda porque hay algo que la hace sucumbir (esa ausencia también la determina) y no tiene que ver con el idioma: apenas chapurrean inglés como para comprender algo. David Kauffman ha pasado décadas viviendo con Miriam, su mujer, que no ha hablado absolutamente nada. Danny es un niño que aparece de la nada, en completo mutis, con una nota escrita en tres idiomas en la que un padre informa que ha muerto y le pide al lector que cuide a su hijo… La soledad es la ecuación de la vida moderna…

Así, en el marco de referencias que no son para nada un ejercicio de ego, sino un acto de comprensión de la voluntad creadora del ser (Figueras recurre a la figura del daimon – a lo Platón, como el espíritu del muerto más sabio- para crear una narración que incluso se autocuestiona), “Aquarium” establece ese diálogo que llega al análisis de “Ne me quitte pas”, una de las mejores canciones jamás compuestas (algo que muchos pueden dudar, con el riesgo de caer en el ostracismo de Manolito), y a esa conjunción que recuerda a lo que Paul Thomas Anderson consigue en “Magnolia”, con el tema “Wise up”, de Aimee Mann: una canción que sintetiza la condición de seres que se mueven en un estado que trata de no consumir lo que queda. Es el acto humilde de aquel que experimenta la belleza y se siente obligado a repetirla.

Esa es la supervivencia principal en la novela, porque de eso se trata. ¿Cómo seguir adelante luego de las ausencias? ¿Cómo volar en paz luego de convertirte en un cuervo? Por eso el marco central de “Aquarium” está en una Israel que se debate en mecanismos de violencia y tensión que la explosión es inminente. La felicidad es una lucha, ¿por qué no?

De fácil lectura, lo que en muchos casos es un mérito (aunque mucha gente confunda tristemente eso con poca calidad), y con una estructura en forma de balanza, por la que en cada capítulo se le otorga un peso más a cada una de las historias, que confluyen en un ligero entorno pegado con saliva; en esta obra lo que importa es la reflexión que sus últimas páginas provocan. Figueras sabe cómo conmover y al mismo tiempo extender la posibilidad de empatía por personajes que no son más que seres que intentan y luchan y vuelven a intentar. “Aquarium” es el triunfo del agua, por encima de todo… y bien sabemos que el inicio de la vida es ese líquido y no en vano celebramos cuando la NASA anuncia haber encontrado agua en la luna… El mismo detalle que se aplica a una novela que emociona: celebración.

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