El Stage y la Revolución (¿Por qué escribir en un país como Ecuador?)

Es difícil, sumamente complicado, sobre todo cuando la utopía ideológica ha encontrado su versión en la práctica y la realidad se vuelve un hecho consumado. La frontera final se conquista y no queda nada más. ¿O hay algo después? En medio está el silencio, una burguesía que no leyó jamás, los pequeños bukowskis que hicieron de la experiencia el desarrollo de cantinas, bares y negocios de alcohol… lo invisible y los dictámenes de un criterio unitario, escindidos de toda individualidad, que funciona como la base de la literatura. Escribir siempre fue difícil y ahora la circunstancia política también juega en contra; porque no se puede, ni se debe, recular en lo alcanzado. Y si no hay forma de reclamar, no existe ni siquiera el real deseo de aceptar que el individuo que recrea la realidad, porque le parece insuficiente, quiera proponer una ficción que evite lo que pasa a diario.

Porque antes la perspectiva fue la de un partido, que respondía a un dictamen ideológico y que se convirtió en la tumba literaria del país. La literatura como objeto de servicio de aquello que no es literario. Porque la transformación no se estaba dando, porque la realidad se hizo insuficiente y algo había que recuperar a través de los libros. La historia literaria del país tomó ese carácter subversivo del escritor y lo transformó en receta para escribir. Nuestro indigenismo nuestro realismo social, nuestro Grupo de Guayaquil, nuestro “Huasipungo” (supuestamente la novela ecuatoriana más traducida en el mundo)… nos hablan de un descontento ante la realidad y perfilan, en consecuencia, el único camino a seguir. Lo que está fuera de eso es el ostracismo. Hay que preguntarle eso a gente como Pablo Palacio o Humberto Salvador, sin duda.

La receta se volvió constancia. Los años no perdonan y no olvidan. Cuando estalla la Revolución Cubana, la realidad se trastoca. Una especie de utopía parece nacer y la ficción narrativa tiene un recambio. El “Boom”. Lectores latinos y mundiales leyendo a autores latinoamericanos. Los ecuatorianos faltan en ese grupo, porque nuestra calidad vivió tan supeditada a la creación de la utopía que nunca pudo desarrollarse. El peso de un fenómeno que se da en alguna parte del mundo empuja a rechazar las realidades inmediatas y crea una conciencia individual sobre la vida diaria, que se vuelve alimento del deseo narrativo. El escritor siempre ha sido el ser que rechaza lo que vive y crea desde el rechazo para establecer una ficción que resulte verosímil. El desencanto revolucionario llega con la invasión de los soviéticos a Checoslovaquia y con el caso Padilla… pero la inconformidad ya está sembrada y vive.

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Las revoluciones fracasan de cierta manera, con algunas excepciones notables. En Ecuador no hay nada así. Los soñadores, los que esperan la utopía, se vuelcan a la universidad. La izquierda siempre ha tenido un mayor sustento teórico porque ha permanecido mucho tiempo en lo oscuro, en el bastidor. Desde las universidades se gestan movimientos, carreras y perspectivas ligadas con ese pensamiento que buscaba transformar la realidad. De las universidades surge el ímpetu guerrillero, que con el tiempo decantaría en un simple grupo de asesinos y guardianes del narcotráfico. En Ecuador la realidad nos ha demostrado que ni siquiera las guerrillas tuvieron la suficiente suerte y capacidad para armarse y mantenerse, allá por los años 80. El pensamiento, el deseo de cambio, estaba en latencia. El único camino era ser ese escritor de izquierda, en un país con tanta desigualdad y una realidad evasiva, reductora. Era lo único posible porque no había otro camino intelectual. Todo estaba en latencia.

Hoy todo es evidencia. Triunfa la utopía y se pierde el resto. El escritor, en un régimen incongruente, sea de derecha o de izquierda, se manifestará de alguna manera en contra. Porque busca en su imaginación y en su experiencia algo que hable de él y se enfrente al colectivo, al mismo tiempo que realiza el acto social más noble de todos: la ficción literaria. Que no tiene ningún objetivo social más que establecer puentes y componer una comunicación firme. La ficción se enfrenta a la realidad. Hoy la realidad no es más que un cúmulo de ficciones del oficialismo y del contraoficialismo. ¿Qué se puede hacer en esos casos? El escritor rechaza.

El verdadero escritor es un pésimo hombre político. Está condenado a no entender o no quiere ser parte de lo que sucede a su alrededor, porque lo que tiene ahí no son más que los hechos que puede convertir en elementos de su ficción. O ese espacio del que no quiere formar parte, porque su verdadera patria está en la escritura.

¿Por qué escribir en Ecuador? Porque es inevitable que en un país que vive la celebración de la utopía hecha carne, la realidad narrativa se encargue de transformar ese festejo y trastocarlo para darnos otra opción más de vida. Porque sin duda para el ser humano no hay nada peor que el festejo por una realidad política (la historia de la humanidad nos lo ha enseñado) y en estos momentos, en que incluso desde el Estado hay un estamento para el desarrollo de cultura, con un Ministerio del ramo (que no precisamente se caracteriza por hacer bien su trabajo), la ficción se alza como un espejo que no nos deforma, sino que nos permite observa lo que hay más allá de lo que pensamos o creemos. El escritor es también un individuo que abre lo que tiene adentro y crea puentes, nos dice que hay otro camino a seguir…

Y decir eso justamente en este momento histórico es un acto de valentía que yo saludo. Porque ante la ficción utópica que ha creado el oficialismo, estalla esa ficción sincera y humana, real y contundente… Por eso hoy quizás vea que la literatura tiene la gran oportunidad… y si bien no voy a dar nombres, porque de eso no se trata este texto, los libros están y van a estar ahí. La verdadera resistencia se encuentra en la ficción, por eso hay que escribir.

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8 comentarios en “El Stage y la Revolución (¿Por qué escribir en un país como Ecuador?)

  1. Eduardo:

    Totalmente de acuerdo con lo que dices sobre la noción de patria en la escritura. El verdadero país donde vivimos algunos, es el país de nuestra lógica interior, ( ” Utópia” diría Lennon, ya sé que la tilde no va)y creo, como han concluido muchos de los analistas de estos procesos de la escritura, que la escritura obsesionada por escribir la realidad ” social”, ya se ha superado ¿Acaso esta nueva realidad social no es ahora lo mass mediático, por ejemplo? En eso encuentro yo una subersión, en ver otras realidades más allá que la obvia.

  2. Sol, lastimosamente no hemos sobrepasado en el país ese escollo del realismo social, sigue siendo una diámica absoluta. Quizás por eso la reflexión y aclaré que era sobre Ecuador. Incluso en la perspectiva que propones, frente a lo massmediático y a esa torpe definición del fin de la historia, la ficción también aparece como respuesta, pues todavía en la escritura nos seguimos haciendo las mismas preguntas, lo único que ha variado son los elementos para relacionarnos.

    Lo peor de esto es que en muchos de los críticos de la literatura actual existe una mirada ideológica, y el deseo de mantener también una utopía social, la del intelecto y la razón, obviando valores intrísecos de la ficción…

    Un abrazo

    1. Eduardo:

      Entiendo que hablas de la ficción como el camino de la resistencia, en el contexto ecuatoriano actual, pero me preocupa un poco esa especie de responsabilidad que le delegas a la literatura. Cuando te refieres a la ficción literaria como “el acto social más noble de todos”, o cuando dices que “la ficción se alza como un espejo que no nos deforma, sino que nos permite observar lo que hay más allá de lo que pensamos o creemos” y que “el escritor es también un individuo que abre lo que tiene adentro y crea puentes, nos dice que hay otro camino a seguir”, siento que tanta característica positiva le encarga al escritor y a sus textos una labor muy complicada. Lo que me preocupa, para ser precisa, es que le demos a la ficción un tono “bonachón”, como cuando los católicos dicen que Dios es bueno, omnipotente y misericordioso: corremos el riesgo de delinear un dogma.
      Ojalá continuemos haciendo resistencia desde el diálogo, la no-censura, la tolerancia. Y que la ficción, si quiere, tienda puentes o los rompa, sea inocente y/o peligrosa, solamente sea.

      Saludos

  3. Estimada Karina, muchas gracias por el comentario. Te puedo decir que el mismo acto de tender y destruir puentes son exactamente los mismos. Romper un puente no es sólo impedir el paso, es también exigir ingenio para abrir otro camino… Y eso no es bonachón, sino más bien perturbador… La ficción debe perturbar, porque ese puente conceptual se debe enfrentar a algo que no puede ser motivo de duda. Por eso abro de reflejos y de resistencias. Mi reflexión es obvia, porque justamente percibo que la obviedad de la ficción se ha transformado en cualquier cosa… muy ligado al acto desnaturalizador que puede ser “el arte por el arte”. ¡Si hasta la patafísica busca generar algo! ¡Ni hablar del inodoro de Duchamp! Sostengo el valor social de la ficción, no como un acto de renovación social o condicionar un espacio social, porque eso es basura. Lo sostengo porque es el acto individual el que permite que la ficción florezca y abra sus tentáculos a otros seres. Y eso ya es una intromisión social, pero no desde lo ideológicamente colectivo (que me parece torpe), sino desde lo pragmático del hecho. Hablo de eso que es inevitable. En la literatura cualquier estrategia ficcional va a buscar siempre a ese otro lector y establecer el diálogo permanente, esas relaciones (o antirelaciones) que crean la cercanía o no con una obra.

    Entiendo cuando me hablas del peligro de delinear un dogma, pero lastimosamente el problema de todo esto es que los dogmas relacionados con la literatura (por ejemplo eso de la autonomía, que para mí simplemente no existe, porque la obra siempre tendrá alguna dependencia, fuerte o no, con algo o alguien -lo que hay que hacer en ese caso es que no se vuelva vehículo de estupideces, como para mí lo fue el realismo social ecuatoriano) han conseguido olvidar el eje más natural de todos: la ficción como un ejercicio de relación inevitable con el mundo exterior. Como niños lo tenemos, pero luego el lenguaje se vuelve coerción y desinfla las posibilidades de la imaginación. Yo simplemente abogo, no a ser niños, sino a comprender que esa es la base de todo proceso ficcional y si la usamos o la tenemos presente, no se puede perder nada. No lo veo como dogma, sino como una mirada que trato de generar desde lo más mundano, natural y humilde, que puede ser el ejercicio literario.

    Quizás he leído mucho Rosseau… jejeje…

    Muchísimas gracias por tu comentario…. En unos meses publicaré un libro en el que desarrollo esto, cuando lo tenga me gustaría hacértelo llegar.

    1. Estimado Eduardo:

      He tardado un tiempo en responder, pero te leo y pienso que, de alguna manera, pensamos igual. No te confundas: no veo a la obra de arte como algo autónomo o independiente -iría contra todo lo que he estudiado y contra lo que hago- pero a veces me cuestiono sobre ciertas cargas positivas que otros le dan a la obra de arte, sin que ella las buscara… y no me refiero al encuentro entre el texto y el lector que, como bien has dicho, genera un diálogo, sino a una especie de paradigma: el arte es bueno… ¿el arte es bueno? ¿acaso el fascismo italiano no estuvo, de alguna manera, identificado con las vanguardias?

      Por supuesto, muchos de los que están escribiendo hoy en Ecuador quieren ser reconocidos por esta buena labor… pero cuando llega el momento de la verdad, -ese que tú has caracterizado como un encuentro de la ficción con el mundo exterior- muchos se lavan las manos… en fin…

      Enhorabuena por tu libro -del que ya he tenido noticias por otros lados. Me gustaría mucho revisarlo.

      Te sigo leyendo, saludos.

      Karina M.

  4. Quién pudiera vivir en las letras y no solo de las letras…especialmente si se vive en Ecuador…o mejor dicho, si se vive entre humanos.
    Para mi la situación de estancamiento que vive Ecuador (no sé desde hace cuanto) crea una esfera de disconformidad aún en las letras, no recuerdo haber leído algo que salga de ese halo de queja y hastío…pero tampoco es que lo haya leído mucho de lo local, confieso. De todas formas resulta medio complicado quedarse atrapado en la estética de las letras, una vez que se abre los ojos y se mira al rededor, se vive el rededor….
    Quién pudiera vivir en las letras. You may say Im a dreamer, but Im not the only one. =)
    Salut

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