Responsabilidad, premios y acusaciones…

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Me levanto y leo que Herta Müller es la nueva Premio Nobel de Literatura 2009. Según las notas de prensa, su elección se justifica porque su obra representa la “concentración de la poesía y la franqueza” y además “describe el paisaje de los desposeídos”. De entrada encuentro un sentido de responsabilidad en esa argumentación, encuentro otras explicaciones también. Leonardo Valencia ha escrito en su status de Facebook: “Me alegro por su premio, porque su tipo de escritura es implacable”. Y encuentro otro reflejo de responsabilidad.

No la he leído, quizás por lo que encuentro de ella me vendría bien revisar sus libros. Sobre todo por este momento en el que he estado pensando mucho en este tema de las responsabilidades y los libros.

Porque si bien es cierto que lo que la Academia Sueca ha precisado como razones, entre otras, me habla de cierta perspectiva sartreana de la literatura. Lo de Leonardo me refiere al acto en sí del escritor. Yo prefiero apostar por esa responsabilidad intrínseca con la palabra y el acto de enunciación, que no sólo es forma, sino el fondo preciso. La escritura, finalidad de la ficción del individuo, no deja de ser esa relación entre ese interior fuerte con lo que está afuera. Quizás en el caso de Müller sea una construcción poderosa para recibir un premio, ¿quién sabe? Pero siempre es un asunto de construcción, que nunca debería sobrepasar el carácter individual del asunto. Hay una responsabilidad y está en el acto de escribir y dejar por sentado ese contacto entre el mundo interno y lo externo.

Justo ayer leía una nota en Revista Ñ, del diario El Clarín, en la que cuentan cómo se quedó sin parte del financiamiento la versión fílmica de la novela de García Márquez “Memoria de mis putas tristes”. En su parte medular dice: “Ayer, el proyecto se paró, habiendo quedado sin el 20 por ciento de su financiación -a cargo del gobierno provincial de Puebla- luego de que la Coalición contra el Tráfico de Mujeres y Niñas en América Latina y el Caribe presentara una denuncia ante la Procuraduría General de la República de México contra el filme y sus responsables, por considerar que se trata de una ‘apología de la trata de niñas’ (…) Vamos por partes: la película estaba proyectada como una coproducción entre México, España y Dinamarca, financiada por las firmas mexicanas Televisa y Femsa, y además, por el gobierno de Puebla, a cargo de Mario Marín. Ahí está el punto: este gobernante fue señalado por Lydia Cacho como cercano a redes de pederastas, en el libro Los demonios del Edén. Tras esa publicación, la periodista fue detenida, en 2005, bajo cargos de difamación. También la productora cinematográfica Bertha Navarro intervino a favor de la cancelación del rodaje y le envió un correo al director del filme, el danés Hanning Carlsen, en el que decía que de aceptar el financiamiento estatal estaría “siendo financiado por la mafia más indignante que oculta la red de pedofilia de tráfico de niños”. Entonces, con la polémica en crecimiento, el gobierno de Puebla anunció ayer, que “el financiamiento sería cancelado, para cerrar el paso a cualquier controversia que lo involucre directa o indirectamente sobre el tema de la pederastía”.”

Una acusación terrible, también sui géneris. ¿La novela no entraría en lo mismo? Responde Ezequiel Martínez: “¿Es posible confundir perversión con redención? Los que ahora se indignan ante la posible versión para el cine de Memorias de mis putas tristes seguramente nunca leyeron el libro. Alguien les susurró la trama de un hombre que para su 90° cumpleaños se regala una doncella virgen, y cegados por un teléfono descompuesto redujeron la trama a una apología de la pedofilia. Ni siquiera es una novela erótica. Es una novela que habla del “cambio espiritual de un anciano depravado”, como la definió el Premio Nobel J.M. Coetzee. El protagonista, en la última curva de una vida áspera, ve su conciencia moral sacudida por un sentimiento que en principio no reconoce: la posibilidad del amor. La adolescente apenas si es violentada por sus ojos. Apenas la toca. No puede, porque busca consumar otra cosa: la redención de sus pecados a través de la metamorfosis de su deseo carnal en otro irreconocible. A veces no hay peor pecador que el que no quiere leer”.

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Pero hay un grave problema, sin duda. ¿Cómo enfrentarse a eso? Partamos de la crudeza y el acto criminal que es la pedofilia. Nadie en su sano juicio puede negar eso. Pero qué sucede cuando se convierte en material literario algo que puede ser tomado a mal, sin ser necesariamente un apología de algo inmoral. ¿No pasó por lo mismo Flaubert? Esa frase clásica, “Madame Bovary soy yo”, no sólo habla de los entresijos de la ficción, sino de una firme conciencia de que el autor es capaz de desangrarse por su obra y defenderla… de hacerse responsable. Desde luego existe una conciencia moral, los escritores la tienen, como cualquier persona la tiene. Esa mirada sobre sus obras es distinta, pues el acercamiento moral que se haga a su obra no puede ser potestas del creador (así como sus obras no pueden ser justificaciones para actos inmorales que cometa el autor). Javier Moreno me aclaraba esto y a la vez me ofrecía el link a un post de Mauricio Salvador sobre el caso de Roman Polansky, que pueden leer aquí.

El concepto de la responsabilidad literaria no puede ser únicamente una indicación ideológica o de conciencia sobre el otro. Es quizás una de las más firmes actitudes del ser que escribe, que crea. Es comprender de entrada que la palabra juega un papel importante no sólo en esa construcción ficcional (en el caso de la narrativa), sino en la misma construcción de relaciones entre todos. El uso de la palabra es un asunto de ética, para todos. Para el escritor quizás exista una mayor necesidad de tener esa conciencia; no porque deba evitar ofender, sino porque debe ser consecuente consigo mismo y entender que ese acto de ficción es él mismo, puesto de cara al mundo.

De esta forma hay una mejor disposición para enfrentarse a las lecturas que pueden ser morales, ideológicas o hasta racionalistas. En un tiempo como éste, el reclamo a Flaubert se repite, pero hay que ser responsable y consecuente como él para salir airoso. Vivimos en lo políticamente correcto, tanto que no existen argumentos que permitan disuadir o calmar las ansias. ¿Es la obra de García Márquez una apología a la pedofilia? No la he leído completa (creo y estoy convencido de que antes que nada es una mala novela) pero no la puedo percibir como eso, quizás porque no estoy envuelto en la dinámica de combatir aquello, por ejemplo. La obra puede tener miles de lecturas y al mismo tiempo debe poseer la capacidad de sobrevivir contraindicaciones morales (como en este caso). Esta novela no puede condenar al escritor (¿y quién sabe qué iba pasar en la película? A lo mejor en la adaptación ponían a una mujer joven y no a una niña, por ejemplo). Pero es necesario que esas implicaciones aparezcan y permitan una mejor lectura del asunto de la ficción. La ficción no condena del todo, pero tampoco libra de culpa. Y si bien Gabo no puede ser tachado de nada, al ser su obra todo lo contrario de lo que se lo acusa, Polansky no puede ser librado por su obra: abusar de una niña de 13 años es un acto deplorable y por más que artistas e intelectuales intenten defenderlo y revalidarlo por su obra, él no puede ni debe huir a su responsabilidad como ser humano por ese acto que cometió.

Hay responsabilidades muy marcadas.

3 comentarios en “Responsabilidad, premios y acusaciones…

  1. Si alguna vez me convierto en escritora famosa, me aseguraré de que NO publiques una foto mía en tu blog. Los pobres escritores lucen terribles.

    Sobre el post:

    “Por sus ‘obras’ los conoceréis” no aplica (necesariamente) en el arte. Yo estoy a favor de separar al autor de su obra. Las canciones de Silvio Rodríguez son maravillosas, independientemente de su postura ideológica (o talvez precisamente gracias a su postura ideológica, también es cierto), pero al escuchar Ojalá no me pongo a pensar que Silvio apoya a Fidel, que ha reprimido la libertad de los cubanos, a pesar de que ha mejorado . . . Así tendríamos que leer detalladamente la biografía de todos los artistas, para “saber” si su obra nos gusta o no.

    Sobre la responsabilidad, me imagino que en Estados Unidos algún psicótico se podrá inspirar en algún libro para cometer algún crimen horrendo, pero definitivamente el causante no sería el libro ni el autor, ese criminal ya llevaría muchos problemas dentro de sí. Todo nos puede influir, todo nos puede afectar, desde los comentarios de Marian Sabaté hasta En busca de Klingsor (para ponerme extremista). Depende de nuestra formación y de nuestros principios, que se forjan en la infancia. Y si vamos a eso, habría que ver si es adecuado que un niño de 8 años vea a Marian, Vivos, Toño Palomino o la vida de Nerón, o lea Mis Putas Tristes o La Ciudad y Los Perros.

    Toda persona es responsable de lo que dice, pero no puede ser responsable de cómo lo que dice influya en las personas, a menos, claro, que incite directamente a la gente a hacer alguna cosa.

    Holluebecq me parece espantoso y simplemente no lo leo. Incluso me asombra que le endilguen tantos elogios, pero bueno. Jorge Amado me fascina, pero no creo que incite a la infidelidad, ni al juego, ni al libertinaje … (aunque pinta a los implicados como personas muy muy felices).

    Imagínate que cientos de fans hubieran salido a la calle gritando “Liberen a Amy Winehouse porque … ¡canta maravilloso!”.

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