El virus del vampiro

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Hay un elemental uso del suspenso en el intento literario de Guillermo del Toro. Nocturna (‘The Strain’, su título en inglés), trata de reelaborar de cierta forma el mito del vampiro, en un proceso más de este fenómeno, enfocándose en algo fundamental: recuperar el horror que estas criaturas solían representar como manifestación mitológica, y no como figuras adolescentes y sexuales que se han mediatizado (Twilight, True Blood – aunque esta última es mucho más poderosa que la visión High School Musical de estos seres).

Con el carácter mítico también llega algo más: el uso de la ciencia para definir al vampiro como el resultado de una amenaza viral. El mismo acto de alimentación se vuelve en la propagación del mal. Si bien para Stoker había una necesidad moralista (el mal del vampiro como enfermedad venérea, puesto que la desinhibición de los infectados se manifiesta en lo sexual), en esta ocasión no hay sexualidad posible. El miedo a la muerte, a consumirse por algo externo que obligue a destruir lo que más se quiere, es la tónica de la novela. ¿Cómo un vampiro se vería luego del 9/11? Quizás es la forma más fácil de ponerlo, pero Del Toro no huye a la relación: el escondite de algunos de ellos está alrededor del Ground Zero, en Nueva York. El terror sigue siendo un asunto geográfico para el occidente.

En Nocturna, si bien lo que sobresale es esa figura de ser humano denigrado sin la mirada romántica del vampiro (no entender que esa saga de Stephanie Meyer es sinónimo de romántico, por favor… esos son vampiros en pubertad y con hormonas desatadas), la puesta en escena se diluye poco a poco, llegando incluso a transformar en tedio mucho de lo que sucede. Como escribí al inicio, el suspenso que se maneja es elemental y la selección de subhistorias para definir el avance de la ‘enfermedad’ no ofrece una lectura unitaria. Son como pequeños pedazos insertados para hablar del peligro. Del Toro, que escribió la novela junto a Chuck Hogan, extrañamente abandona el principal elementos en una historia de este tipo: el ritmo, en pos de narrar el inicio de una invasión a como dé lugar… dejando unos cabos sueltos desesperantes. Y frente a esos elementos que se disocian, el concepto inicial del libro se va perdiendo. Un avión procedente de Alemania aterriza en Nueva York con todos sus ocupantes muertos, excepto cuatro personas. Poco a poco estos muertos empiezan a despertar, ya con la gente del CDC (Centro de Control de Enfermedades) inmersa en la acción. El descubrimiento es neurálgico: pequeños organismos que asesinan al huésped y lo convierten en su vehículo de alimentación, todo en proceso de contagio que dura días hasta estar completamente adueñados del individuo que se han adueñado.

La premisa central y las ideas resisten hasta donde pueden (si bien en las últimas 100 páginas el ritmo mejora y estamos ante el desenlace de ciertos acontecimientos), creando una historia que como inicio de una trilogía (¡otra más! ¿Nadie puede contar algo con principio y final sin problema?) marca la pauta de lo que va a venir y ese es el grave problema. Si bien hay algo más que desarrollará luego, no se puede establecer una narrativa que no cumpla en sí misma el deseo de resolución que le puede dar la sensación de noble equilibrio al acto de lectura (de cierta forma eso puede ser una falta de respeto). ¿Qué se puede hacer en ese caso? Seguir escribiendo, por favor. Robert Zemeckis sabía que tenía un problema con la segunda parte de Back to the future, por eso filmó la tercera al mismo tiempo y las estrenó con pocos meses de diferencia. Las historias debe cerrarse.

Extrañamente es la historia del Van Helsing de la novela, Abraham Setrakian, la más importante, no sólo porque es el encantador de serpientes, el flautista de hamelin de los científicos, sino porque en su pasado se desarrollan hechos interesantes que no son explotados como se debe. Setrakian es retenido en el campo de concetración Treblinka, siendo muy joven, cuando descubre que por las noches aparece este ser infernal a alimentarse de los prisioneros más enfermos. ¿Por qué no crear una narración paralela que hable más de ese primer encuentro entre el Amo malvado y su némesis, junto a la segunda venida? El libro habría ganado algo que lastimosamente adolece: solvencia narrativa.

Para Abel Ferrara el vampirismo es una adicción; en cierta forma es cierto. Sin embargo uno se hace adicto de algo contundente y este libro, a más de ofrecer una versión interesante en ciertos puntos, se pierde. Álvaro Bisama es más contundente: “me cansé de Nocturna de Guillermo del Toro y Chuck Hogan en la página 100, y despaché Déjame entrar, de John Ajvide Lindqvist, de una sentada como compensación por todo ese tiempo perdido en vano” (nota: Déjame entrar, de la que he visto sólo la adaptación cinematográfica, es sin duda la mejor historia de vampiros que haya experimentado).

Pero sin llegar a esa contundencia y reconociendo que la excelencia en el libro va en un sube y baja, para aquellos que quieran leer una historia que escape a la versión siglo XXI de ese mal (como si nada) esta es una buena excusa para tratar de reencontrarse con el horror. Aunque a veces resulte algo inacable.

2 comentarios en “El virus del vampiro

  1. Bro, has leído “La Historiadora”??? Creo que la autora se llama Elizabeth Kostova. Te lo recomiendo. Vampirismo moderno, excelente triller. Tarda un poco en arrancar, pero lo bacán es que la historia nace en 10 años de investigación sobre el tema, los castillos, los parajes y la figura de Vlad Tepes, el conde drácula original, nacen en hechos reales.
    Es lo mejor que he leído sobre este tema en mucho tiempo.
    Un abrazo.
    CAV

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