Antichrist: defensa de una mala película…

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Image and video hosting by TinyPic imagen tomada de kuro-kitaku.blogspot.com

Existe una violencia muy grande, inherente al ser humano y a cualquiera de sus actividades. Toda sentencia de vida parte de la violencia que se va gestando en la persona. Es esa parte de la naturaleza que no se puede evitar, que quizás tiene que ver con la sinapsis, con ese destello que se produce cuando una neurona hace contacto con otra. ¿Qué pasaría en casos extremos? ¿La violencia se vuelve algo más contundente? ¿Un acto de terror, incluso sobrenatural?

Lars Von Trier hace un ejercicio de ego absoluto en “Antichrist”. Lo hace porque quiere, porque tiene los medios. Toda obra de autor se puede jactar de eso, incluso de las relaciones que quiere establecer (en este caso con Andrei Tarkovsky, a quien le dedica el filme, o esa referencia a Godard, con los créditos que recuerdan a su documental ‘stone’ “Sympathy for the devil”). Sin embargo el problema llega cuando esa obra de autor pasa al espectador. Desde su estreno en la última edición del festival de Cannes (pronunciar ‘can’, para que los eruditos no sufran), la película ha recibido tanto aplausos como rechazos (incluso se escucharon abucheos y risas durante su proyección). ¿La razón? El ejercicio de libertad que lleva a dos actores, en especial a Charlotte Gainsbourg (que ganó el premio a mejor actriz en el mismo festival) a niveles de dolor y sufrimiento, que el espectador termina recibiendo la cuenta, lo que es muy común en el cine del director, nacido en 1956 (los personajes de Von Trier tienen que pasarla mal, están inmersos en una catástrofe de la que no pueden salir… lo mismo sucede con el que se arriegsa a ver sus filmes). Hay escenas muy fuertes, que funcionan justamente como vehículo para graficar cómo en la búsqueda del paraíso se produce el cruce inadecuado, el encuentro fortuito con el cable pelado que no se debió tocar. El paraíso se ha perdido, lo que queda son rezagos, cenizas de algo que se reconstruye en polvo. La violencia y el dolor van de la mano.

El director escribe el guión en el que un matrimonio pierde a su pequeño hijo en un accidente casi estúpido, mientras ellos hacían el amor (el prólogo del filme lo muestra todo como si fuese un caro comercial de perfume). De ahí en adelante vemos la experiencia de dolor de la pareja, distinta entre cada uno, pero plural. Él (Willem Dafoe) contenido pero consternado; ella (la Gainsbourg) viviendo un duelo extraño, un infierno particular que debe ser vivido. La idea de la humanidad resumida en ambos: la humanidad es dolor. El escape preciso está en enfrentar los miedos, en vencerlos para salir del atolladero y para eso van a una cabaña en el bosque, donde ella pasó tiempo atrás con su pequeño hijo, trabajando en una tesis sobre ‘ginocidio’.

¿Por qué el miedo está en el bosque? Porque en ese paraíso impostado, en esa naturaleza (que también es cruel, con sus animales terribles, que ofrecen una lectura sobre la maternidad, creando una ecuación en la que vida se compara a muerte), todo puede flotar, la violencia surge y cobra vida. Lars Von Trier escoge el bosque quizás como la decisión más acertada en medio de toda la estética y la dinámica de la película. Pero ese bosque no debe ser visto como lo que es: puede ser el espacio que sea. El espacio no importa, sino ese mal que empieza a surgir de un lugar que no se espera. El paríso es cualquier esquina; en este caso, el Edén.

Con cierto espíritu similar a la adaptación de “The Shining”, de Kubrick, Lars Von Trier intenta una historia en el que el dolor revela no sólo lo miserable que se puede ser, sino la vulnerabilidad ante acontecimientos que nos sobrepasan. No lo hace bien. Falla en muchos aspectos, sobre todo en uno en particular: toda la simbología de la parte en el bosque es por lo general absurda (haciendo comprensibles las risas en Cannes) y si bien cumple como concepto, es en la puesta en escena que comete el error. Y no hablo de la realización, sino de la base de ciertas escenas, de aquello que las está moviendo. En cierto punto parecería que el director intenta hablar de un viaje personal, suyo, pero no toma en cuenta que los personajes tienen sus propias dinámicas. A tal punto que hay un momento en particular que me hizo pensar en un capítulo de Los Simpson. Pero siempre hay espacio para los aciertos: el cambio drástico del tono y de las actitudes de los personajes impresiona en los últimos 40 minutos del filme. La violencia ha ganado, tiene espacio en medio del dolor; del sexo que está presente desde el inicio, como alfa y omega, como consecuencia. Como caos. La reflexión que intenta el danés sobre el sexo es tan agresiva como el sentido del anticristo en el filme: eso que daña, que nos da miedo, está en uno mismo.

Por eso las escenas fuertes, ligadas a lo sexual, tienen su justificación, aunque no dejan de ser demasiado efectistas en ciertos instantes. No hay drama en “Antichrist”, lo que hay es puro desgaste, violencia y desgaste, violencia, sexo y desgaste.

Lars Von Trier ha sido acusado de misógino por este filme (si bien es un tipo raro, de esos que no viaja en avión, que de grande se convirtió al catoliscismo, y que una vez muerto su padre se enteró que no era hijo de él), quizás porque el personaje en el que se decanta toda la violencia es el femenino, quizás por la relación que hace entre vida-muerte-madre-placer, quizás porque las víctimas del pasado (repito, ella estaba haciendo una tesis sobre el ginocidio, sobre todo de mujeres condenadas a la hoguera por alguna práctica considerada nefasta por las autoridades de alguna época) se pueden convertir con el menor empuje en los verdugos del mañana. Decir que “Antichrist” es misógina es tomar muy a la ligera su propuesta. Pero sin duda se puede pensar algo parecido en vista de la estampida de criterios sobre la mujer que se produce en buena parte del filme. ¿La madre reniega del hijo? ¿Del hombre? ¿De ella? ¿De su sexo, de su identidad? Es imposible un filme misógino con un final, eso sí, hermoso y de la forma en que lo cierra el director.

Image and video hosting by TinyPic Dafoe, Von Trier y Gainsbourg, imagen tomada de daylife.com

“Antichrist” no es un buen filme (salvo por la escena final, insisto y Charlotte Gainsbourg – que se lo come a Dafoe) pero funciona porque provoca algo que toda película debería producir: la reflexión una vez que las luces de la sala se han encendido. Más allá de su calidad, flota un concepto, un acto de expresión que puede ser aceptado, desechado o asumido como propio. Todo lo que queda es reconocer que en algún momento, ese anticristo podrá tener su manifestación en nosotros, dándole el triunfo absoluto a una violencia sin sentido… porque pensamos, sentimos, sufrimos y buscamos.

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