Por una estética realmente autónoma (I)

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“Aunque me fuercen yo nunca voy a decir / que todo tiempo por pasado fue mejor / mañana es mejor”
Luis Alberto Spinetta

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La autonomía ha sido tratada como concepto fundamental en la literatura por cientos de autores y expertos; convirtiendo a una serie de ideas en valores universales, que en ocasiones alcanzan la categoría de fe ciega. A tal punto se ha desarrollado este concepto, por el cual la literatura entraría en un estado de independencia de otras vertientes o consideraciones, que alguna de la ‘gente de letras’ que lo defiende ha llegado a precisar criterios que hablan ya de un rompimiento de esa autonomía. Para Josefina Ludmer, de la Universidad de Yale, las escrituras de este momento en particular “no admiten lecturas literarias; esto quiere decir que no se sabe o no importa si son o no son literatura. Y tampoco se sabe o no importa si son realidad o ficción. Se instalan localmente y en una realidad cotidiana para ‘fabricar presente’ y ése es precisamente su sentido”. Ludmer las llama “literaturas postautónomas”.

De esta forma, el concepto de autonomía, que para muchos se ha convertido en única garantía para la propuesta literaria, ya habría desaparecido. Ya no se escribe con eso en mente; se escapó esa posibilidad. Si ese criterio que intentó liberar a la literatura de cualquier atadura se convirtió en una tradición, hoy se condena esa ausencia de la tradición, algo que suena a ilógico, si tomamos en cuenta las palabras de Gisela Heffes, también de la Universidad de Yale, quien precisa en su texto Gabriel García Márquez y la crítica o la construcción de un clásico lo siguiente: “es importante señalar que la noción de ‘tradición’ cambia y que por lo tanto no se encuentra fuera de la historia sino, por el contrario, se trata de una construcción histórica”.

La autonomía ha reducido a la literatura a una dinámica de valores que resultan ser esenciales, como “autor, obra, estilo, escritura, texto y sentido” (Ludmer dixit). Si bien es necesaria una suerte de regulación de las expresiones de un arte que también es ciencia, el rechazo de valores nuevos, o la falta de maleabilidad de los antiguos, hace de la literatura un ente cerrado, un ataúd, cuya existencia no es más que la ubicuidad de un objeto inanimado.

La realidad de la literatura es absolutamente otra. No tiene (o no debería tener) mucho que ver con una perspectiva totalizadora que busca definir lo que posee o no valor literario. Tarde o temprano esa postura es criticada, en un intento de combatir esa mirada cerrada del acto literario y su producto (pero siempre con un riesgo, pues en este punto estamos pisando las fronteras de lo dogmático).

Esta autonomía coloca a la literatura en un espectro de identidades literarias inmutables, cuando no hay nada más mutable que la experiencia de la creación literaria, comprendida como una disposición ante el exterior, esa nada que mueve al autor y que permite edificar el objeto terminado, la obra. Todo lo relacionado con lo literario debe mutar, porque en literatura, lo universal también debe ser el compendio de sus posibles variables.

¿Debe la obra literaria defenderse sola? ¿Es esa la medida de la real autonomía? La obra se vive en soledad, el lector nunca tiene ni deberá tener al autor a su lado para establecer algún nexo en particular con el texto. Pero ésta no es más que una condición intrínseca del acto literario, nada más. Este acto muestra esa fuerte dependencia que tiene la obra al ojo intransigente de un lector que le dará su nueva vida, una nueva consistencia, que no está únicamente basada en la visión de la obra como un objeto único, sino envuelto en toda una serie de relaciones que son parte de la vida. Si la autonomía se centra en la mirada molecular de los valores de una obra, ¿cuál es el valor más importante?

El acto lógico de la lectura no puede ser visto como una característica de esa mal llamada autonomía. Esa soledad del libro, intrínseca, digna de resaltar porque es la base de la existencia de grandes obras, no es más que la intención de transformar en algo privilegiado a uno de los actos más gregarios de todos: el verdadero sentido de la literatura es el establecimiento de nexos. Por éste y otros motivos, la autonomía literaria no existe como tal.

El planteamiento central de toda reflexión sobre la autonomía radica en la existencia de seres incapaces de interpretar la posibilidad transformadora de la literatura, que como objeto histórico, se enfrenta a los mismos cambios que surgen en la vida. Las perspectivas inviolables deben marcar el punto de retirada.

¿Es la obra un elemento único, indivisible a cualquier otra mirada? El costarricense Benedicto Víquez Guzmán intenta una respuesta que a la vez ofrece la paradoja monumental de esta postura: “ La obra de arte es única y se basta así (sic) misma, no va más allá. O es arte o es historia, realidad social, no deben mezclarse una con la otra, para justificarse. Lo que pasa es que el arte se alimenta de la realidad. Con base en ella, el escritor crea su propia realidad, su obra y ésta es su visión particular de la realidad. Él selecciona, escoge, combina, da vida, crea su propia realidad y ésta puede parecerse a la realidad del otro, de su propia visión, pero ello no permite a nadie homologarla, sin caer en el error”. ¿En qué quedamos? Precisar la distancia entre ficción y realidad (cuando es obvio que la ficción es ese artificio que incluso nos permite movernos en la vida real. ¿Qué es sino la memoria? ¿Un hecho certero o lo que nos imaginamos que sucedió?) es creer que todavía somos los mismos inconscientes que, ante la proyección de la llegada del tren a la estación a la Ciotat, de los hermanos Lumière, salieron corriendo por temor a ser destrozados por el transporte.

La literatura tiene bien marcadas sus relaciones y no puede ignorar la temporalidad en que se escribe, la temporalidad en que se lee, el contexto que le da su forma. ¿Con esto quiero decir que la obra literaria es, entonces, un vehículo de acciones fuera de lo literario? No. Estoy diciendo que la literatura es un espacio de relaciones, de libertades. El tiempo, la historia, o como se lo quiera llamar, demostrará el valor de esas obras y no precisamente ese carácter impropio de autonomía. Heffes, al hablar del carácter clásico de algunos libros, hace referencia a un texto de William E. Cain y escribe: “… no podemos negar otro hecho histórico que Cain señala en su artículo citado: muchos de aquellos textos que hoy consideramos ‘clásicos’ no eran considerados en el pasado como parte del canon”.

El libro no es un elemento único, existe por la lectura y la relevancia que se le da en el aquí y ahora. Lo que hay es la experiencia de un objeto realizado en un tiempo equis con el resto de lecturas de una humanidad que ha seguido creciendo. Toda obra es hija de su tiempo. Pero las verdaderas obras literarias, las grandes, son las que permiten abrir el abanico de relaciones, más allá de una época determinada. Esa es quizás la muestra más clara de la dependencia de la literatura hacia la humanidad: es el sujeto, el ser que la crea y la recrea, el que impide que la obra se convierta en un fósil.

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Los objetos dependerán siempre de ese sujeto que los nombra. Por eso desde la academia se busca abrir al cuerpo literario y dar con las causas de una muerte. Por lo general es así en ciertas percepciones académicas. En otras, se busca encender las luces y mover al entendimiento en el camino del recogimiento estético, que nunca deja de ser una experiencia personal (por más que sea una certeza colectiva). En la postura académica se vela a un muerto, en pos de una sensación de bienestar que la ‘gente de letras’ desea mantener. La literatura es un ente vivo, móvil, que se transmuta, que es historia por el contacto con un ser, que surge de la real tensión entre individuo y palabra.

En una época en la que parece que el tiempo se ha vuelto un aquí y ahora, la literatura más que ser el campo entre ficción y realidad, es el campo de individuo versus exterior. Y esa batalla es la que genera una real conciencia del acto literario. No como una secuencia holográfica que eterniza aquel momento en el cual todo se suponía era lo mejor (como Ludmer precisa en su texto: “Se borran las identidades literarias, formalmente y en la realidad, y esto es lo que diferencia nítidamente la literatura de los 60 y 70 de las escrituras de hoy”). Como cualquier materia, la literatura se transforma, y el proceso, si uno se lo permite, puede llegar a ser fascinante.

La literatura no habla en sí de historia, pero se vuelve historia. Hace más de 30 años, Jordi Llovet habló de esto. En Por una estética egoísta (VI Premio Anagrama de Ensayo) escribe: “La literatura, como los demás campos de la actividad ‘artística’, ha evolucionado a lo largo de la historia; mejor, se ha constituido, por su variación, en historia. Pues la historia está hecha solamente de discontinuidades, de intermitencias, de rupturas: imposible hablar de evolución sin hablar, por consiguiente, de una transgresión fundamental. Transgresión por parte del sujeto –que actúa y se procesa- de toda ‘norma’ artística, de toda fijación estilística, de toda tradición”. No han muerto el tiempo, ni el pasado… se reformulan y con ello toda experiencia en la cuadrícula espacio-tiempo. La literatura se inmiscuye en eso, crece en esa vía y brota sin pretensiones.

La literatura no deja de ser un acto de intermitencia al estar inmiscuida en un tiempo equis.

Y es, justamente, en un proceso real de autonomía, de comprensión de que lo único que se tiene son las relaciones y los vínculos establecidos, que la autonomía literaria no puede renegar de la autonomía del individuo, pues van de la mano: sé quien soy, sé cómo relacionarme con otros espacios. ¿La obra es un universo por sí solo? Lo es en la medida en que tiene un real contacto con el ser que la crea y el ser que la lee. ¿Por qué leer los clásicos? Porque son las obras que permiten esos vínculos más allá del tiempo en que fueron creadas. Porque se abren, se exponen, viven en diferentes ojos y experiencias (o como diría Italo Calvino: “Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual”. Esa imposición o el acto de esconderse no es más que una posibilidad del contacto). La autonomía en una celda no es autonomía. La literatura no es un ejercicio de autorreferencialidad únicamente, no es la obra cerrada e impávida ante un pelotón de fusilamiento. Nunca lo fue, nunca lo será. La verdadera autonomía está en entender que, justamente, en una época como la actual (donde de una manera genial se ha destruido el ardid de la trascendencia – algunos tardarán todavía en reconocerlo) se puede ejercer por primera vez esa real independencia en función de los deseos y las comunicaciones que el individuo autor (que desencadena la obra) intenta con el exterior (en este rubro está el lector, sin duda), con absoluta libertad; sin dejar de utilizar las herramientas necesarias para la escritura, desde luego. La literatura es un asunto de arquitectura, pero de construcción de puentes y no de mausoleos majestuosos para perspectivas que la asumen como un oficio intocable. Un puente Bailey puede ser tan bello (y es, de hecho, más útil) como el Taj Mahal.

El individuo es el que triunfa en estos momentos, sean cuales sean los vasos comunicantes con el exterior: bien sea el materialismo histórico o la construcción de un objeto plural, creado por el sujeto… o ambas en una danza festiva, que es lo preferible. La historia no ha desaparecido, este tiempo no es estrictamente el de todos los tiempos. La revolución tecnológica asegura que la reflexión literaria sea otra… no que se lea distinto, porque siempre se ha leído de una manera similar (recuerdo que cuando me topé en Cortázar con la “birome”, entendí que la lectura nunca deja de ser un acto de descubrimiento y que de esa manera surgen esas relaciones de las que aquí hablo). No es que no exista la literatura o que la realidad y la ficción se hayan unido, o que las certezas o elementos de una disciplina de lo real ingresen en la fabulación (o viceversa). No es nada de eso.

Se trata de comprender que ésta es la primera vez que la literatura ejerce sobre sí el encanto propio de la vida: establecer los nexos, los vínculos y así definir el camino. En todo hay un pequeño contacto que nos explota en la cabeza… siempre hemos sido una raza de relaciones, de silogismos para llegar del punto A al punto B. El discurso de una persona es el discurso de la humanidad.

Leer la vida como a un cadáver es sin duda lo más depresivo que se pueda hacer en un tiempo tan seductor como éste. Por eso creo que el término que le da la libertad que muchos han reclamado (hasta yo) a la literatura no es la autonomía. El término sería, más bien, arbitrariedad… la literatura es realmente libre cuando no se cierra en sus acartonamientos, sino que permite esa apertura, cuando se quiera y con lo que se quiera.

(continuará…)

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