El diablo viene por ti, Ginger Baker

imagen tomada de cymbalholic.com

Desde hace muchos años creo que la Rolling Stone tiene las mejores crónicas posibles y ayer leí, gracias a un regalo de un buen amigo, la última edición gringa de la revista en la que Jay Bulger (quien escribe por primera vez para la Rolling) hace un viaje a Sudáfrica para entrevistar al insigne baterista de Cream y Blindfaith y produce un gran texto. “The devil and Ginger Baker” es una demostración de cómo el carácter irrascible del músico y esas malas decisiones lo han llevado a una vida un tanto complicada y casi en el ostracismo… al menos así parece de entrada.

Baker no es ningún tonto. Es un gran músico, capaz de investigar su instrumento y no darle ‘asco’ ampliar las posibilidades de su manera de tocar. Ha hecho música grandiosa con Eric Clapton, Jack Bruce, Fela Kuti y hasta con Johnny Rotten. Ha vivido en varios sitios, de los que ha tenido que salir. Ha perdido dinero, vendido drogas para subsistir, peleado con medio mundo, ha quedado inconsciente, su audición no es la mejor. Lleva una escopeta recortada en su carro, en caso de que la gente quiera asesinarlo cuando salga por ahí. Odia a Jack Bruce (el bajista de Cream), tanto como lo ama. Juega polo. Por las mañanas es insoportable por lo que tiene que someterse a una sesión de consumo de morfina (médicamente autorizada) para soportar un problema degenerativo en su columna vertebral y algo ligado al enfisema. Baker tiene 69 años y parece una versión más amargada y acabada de William Burroughs.

Cream 2005, imagen tomada de z.about.com

La crónica se expone a eso, al malhumor de un anciano que intenta doblegar a su visita, al “yankee”, como le dice todo el tiempo, que lo único que hace es tener los ojos bien abiertos y contar lo que sucede alrededor. Pregunta, desde luego, hay mucha información en todo el desarrollo de la nota. El hombre que hace 4 años se unió a Cream para dar pocos shows reconoce la imposibilidad de hacerlo otra vez, no sólo por el dolor (sigue tocando y al parecer lo sigue haciendo como un dios vengativo que no tiene nada que perder) sino por la molestia de tener Bruce a un lado. Incluso en una de las fechas llegaron a pelearse en pleno ‘gig’. En Sudáfrica, donde cría caballos, donde tiene si batería, su televisor para ver partidos de fútbol, vive con su novia de 27 años, Kudzai -que hace de enfermera, ama de llaves, asistente, de todo- y permanece como un recluso de sí mismo, amparándose en una imagen que sólo al final de la crónica consigue romperse y esa es una manera interesante de darle respiro al demonio. Luego de querer demostrar que es el tipo más duro del mundo, se carcajea porque reconoce el absurdo de mucho de lo que dijo. El escritor lo acompaña en la risa y hay una confidencia que le llega al lector de la revista.

Una crónica bien hecha es un placer… y peor si Ginger Baker aparece en ella, con todas las bajezas posibles de un maestro de la música.

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