El Quixote interrumpido y los trazos del ecuatoriano

Eduardo Solá Franco, imagen tomada de enciclopediadelecuador.com

Le debo a María Helena Barrera-Agarwal un dato interesantísimo, como parte de una investigación que se encuentra realizando. Lleva un nombre, de un guayaquileño que se dedicó al arte, que viajó a Estados Unidos a probar suerte, que incluso llegó a los estudios Disney y trabajó en proyectos como “Fantasía” y quizás en uno de los proyectos truncos más emblemáticos del estudio: la versión animada de “Don Quijote de la Mancha”, que se iba a titular “Don Quixote”.

De la obra de Eduardo Solá Franco se ha dicho varias cosas (por ejemplo, Hernán Rodríguez Castelo ha escrito: ““Hay en su pintura lo cezanniano, lo matissiano, lo fauve, superrrealismo, simbolismo, naturalismo. Acaso lo mejor sean sus series mitológicas -mitologías y desmitologizaciones propias- y, lo peor, por cierto realismo criollista que se resiente hasta de resabios academicistas y amaneramientos. En la pintura de la generación Solá es un marginal y un aberrante”), pero de esta faceta de animador casi nada. Quizás este sea el momento.

Escribe María Helena: “El 4 de marzo de 1939, Eduardo Solá Franco llegaba al puerto de San Pedro, en California, a bordo de un buque de carga de bandera inglesa, de nombre Gracia. Había abordado tal nave en el puerto de Guayaquil, el 24 de febrero del mismo año. Su destino final era Los Ángeles y, más específicamente, una residencia en Beverly Hills. No era el primer viaje de Solá Franco a los Estados Unidos. En 1935, siendo apenas un joven de diecinueve años, se había lanzado a la aventura de conquistar un espacio dentro del mundo artístico de Nueva York. Lo había logrado, a fuerza de talento, de trabajo constante y de buena suerte. En una de las transformaciones que serían comunes en su vida, luego de una visita al Ecuador, había luego decidido seguir el consejo de un amigo y probar suerte como artista en el ámbito de Hollywood. Pronto se vería contratado por el director de cine Frank Lloyd, para trabajar como ilustrador de su película Rulers of the Sea, producida por Paramount Pictures Inc. Eventualmente, dejaría Paramount para iniciarse dentro de una fraternidad de creadores mucho más pintoresca y exclusiva, aquella centrada en los Estudios Disney. La compañía Disney – encabezada aún por Walt Disney, su fundador – se ocupaba de buen número de proyectos simultáneos en ese entonces. Algunos, como la película Fantasía, harían época no solo en el campo de la animación sino también en aquel artístico, por su asombrosa combinación de géneros y magistral concepción visual y sonora. Otros filmes jamás fructificarían, incluso luego de prolongados estudios preparatorios y de avanzada ejecución. Según sus memorias, publicadas en el libro Diario de mis viajes por el mundo (Banco Central del Ecuador, Quito, 1996), Solá Franco trabajaría en algunas secciones de Fantasía. Luego se le ofrecería laborar de manera exclusiva en un proyecto excepcional, la adaptación de Don Quijote de la Mancha. El proyecto, titulado en inglés Don Quixote, sería muy caro al corazón de Solá Franco. A él dedicaría meses de una labor determinada y sin horarios. Un buen día, sin embargo, al llegar a su estudio en las oficinas de Disney, encontraría la puerta cerrada. Se le comunicaría más tarde que lo habían asignado a otro proyecto, poniendo todo su material (cientos de acuarelas y dibujos), en manos de otro ilustrador, de nombre Bob Carr. Solá Franco nunca se recuperaría totalmente del impacto de esa inopinada pérdida. Muchos años más tarde, rememoraría sobre cómo, eventualmente, comprendió que lo habían explotado. La película no sería producida, ni en los años cuarenta, bajo la égida de Carr, ni en dos subsiguientes intentos, también de mano de los Estudios Disney. En 1995, un año antes de la muerte de Solá Franco, un libro se publicaba en los Estados Unidos, bajo el título The Disney that never was (El Disney que nunca fue), escrito por el especialista estadounidense Charles Solomon. Allí, en las páginas dedicadas a Don Quixote, se afirma que Bob Carr dirigió el proyecto desde el inicio y que creó imágenes detalladas sobre el mismo. El nombre de Solá Franco está ausente. Sin embargo, es muy fácil reconocer su estilo en ilustraciones que, según el libro, pertenecen a un “artista desconocido, que preparó dos series adicionales de estudios preliminares, más simples pero al mismo tiempo más vívidos” que aquellos de Carr. Los archivos de Disney no poseen información alguna sobre el “desconocido artista” de Don Quixote, de cuya identidad todo indicio ha desaparecido misteriosamente. Sin embargo, queda la evidencia de la palabra de Solá Franco – una palabra que ha sido confirmada incólume, en cada hecho de sus memorias respecto a las vivencias en los Estados Unidos. Aún más, pervive el testimonio de sus acuarelas y dibujos para Don Quixote, donde su mano maestra es obvia. Ojalá y su ausencia del canon de la animación del siglo veinte sea corregida, en honor a su integridad y su arte“.

imagen tomada de enciclopediadelecuador.com

Y esa ausencia se vuelve interesante y a la vez un detalle que valdría la pena ser resuelto y al mismo tiempo revelado de manera definitiva. El espacio de Solá Franco en ese mundo ha sido establecido por él mismo, en sus vivencias, quizás del libro que señala María en ese texto transcrito arriba. En la web de Rodolfo Pérez Pimentel existe un texto sobre Solá Franco, extraño, que empieza en tercera persona y luego se va a la primera, como si el artista lo estuviera contando. Se me ocurre que viene de ese “Diario de mis viajes por el mundo” y no está bien definido aquello. Ese texto dice lo siguiente: “El 39 me embarqué en un carguero que iba a San Pedro, California, de allí pasé a Hollywood en busca de trabajo. Un amigo mío le presentó mis dibujos al célebre Director Frank Lloyd, ganador de dos Oscares por sus películas, quien de inmedíato se entusiasmó con mi arte y me contrató para que hiciera un reportaje con acuarelas de una película que iba a realizar en alta mar llamada Ruler of the Sea con Douglas Fairbanks Jr. Todos vivíamos en Santa Catalina y nos ibamos al mar a filmar. A través de Fairbanks conocí a muchos actores de primera magnitud y frecuentando la casa de Norma Shearen, retraté a Margareth Lockwood, Carole Lombard, Merle Oberon, Loretta Young, David Niven etc y al Director Jack Rose de los Estudios Disney, quien me llevó a una gran producción en proyecto sobre Don Quijote para que dibujara la secuencia o guión. Dejé la Paramouth donde trabajaba en The cat and the canary ganando $ 500 al mes, para recibir solamente $ 200 pero con el ofrecimiento de un contrato por siete años con $ 1.000 mensuales Durante nueve meses trabajé sin descanso y realicé cosa de dos mil dibujos para la película sobre Don Quijote, con infinidad de detalles, pues el vestuario lo tomaba de los cuadros de Velásquez y los fondos de los del Greco y así por el estilo. Una noche concurrió Walt Disney a mi estudio, observó el trabajo, lo aprobó y pasaron a Joe Grant para la continuación de mis obras, que sin embargo fueron acusadas de demasiado academicistas. Yo fui movilizado a otro proyecto, los dibujos abstractos de la película Fantasía, como guionista de las secciones correspondientes a la tocata y fuga de Bach y Una noche en el Monte Pelado de Moussorgsky, pero diferentes problemas hicieron que Don Quijote nunca se terminara y quedó mi trabajo inconcluso. Cuando comencé Fantasía estaba con surmenage por mi anterior trabajo que había requerido de un enorme esfuerzo, pedí vacaciones para viajar a New York y sufrí una grave depresión nerviosa que me mantuvo seis meses en el Rockefeller Center Hospital y cuando me dieron el alta encontré a mi amigo Joseph Cotten, quien mostró mis acuarelas a su mujer, que las llevó a Conde Nast, propietario de la cadena de revistas de lujo más importante de los Estados Unidos y algunas tan famosas como Vogué, Vanity Fair, que al verlas me contrató para que hiciera las ilustraciones de los principales eventos sociales de New York, fiestas en el Hotel Plaza, el Metropolitan, la Opera, lo cual me mantuvo ocupado todo el año l.939 con Vogué”.

“El Boulevard 9 de Octubre” (acuarela, 1940), imagen tomada de enciclopediadelecuador.com

Así queda el detalle abierto y la esperanza de que algún reconocimiento definitivo se dé. Suerte a María en su trabajo y desde acá esperamos que esa faceta del artista guayaquileño (que expuso en Washington, Lima, Roma, Madrid, entre varios lugares) y que también se dedicó a la dramaturgia sea apreciada y su aporte sea visto como es, no como una colaboración desconocida.

UPDATE: Me acaban de explicar que lo que hay en la página web de Rodolfo Pérez Pimentel es producto de una entrevista que se le hizo a Solá Franco. Gracias a un problema de citación en la página es que se produce el error de no saber de dónde surgen esas palabras.

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