¿Dónde está la trascendencia?

imagen tomada de sinuosa.blogspot.com

Hablé con ella. Me reclamó sobre todo este proceso burdo de no generar nada más que atención, de condicionar todo en nombre de una mediocridad, de asumir que lo que se haga por la celebridad está bien. Me reí. Me dijo que estaba decepcionada, o que le daba pena que prefiriera cierto carácter de abandono cultural por encima del enarbolado espíritu culterano del intelectual (me estoy inventando esa división, desde luego, pero por ahí empezó el asunto).

Pienso que en realidad me encanta la perspectiva de la gente que todavía tiene opción a maravillarse, a sorprenderse, a descubrir, que aquellos que se asumen desde la sabiduría. Por lo general suelen ser aburridos y tediosos…

Me dijo que no entendía por qué en la Expolibro (en lo que se refería a actividades literarias nacionales) se daba espacio a las mismas manifestaciones que se dan durante el año, esta vez “a lo grande”, con personas que no deberían ni siquiera hacer perder el tiempo a nadie. Me dijo que se resistía a la idea de darle más cuerpo a gente que asume que publicar en Etiqueta Negra, o salir en una antología, o tomarse fotos con escritores, o luchar por estar junto a alguno de ellos en algún sitio público… es lo que vale la pena. Me dijo que prefería ser elitista en esas cosas que plantearse otra perspectiva.

Dijo más, mucho más. Me confesó estar harta de toda esa “0ferta” de literatura que supuestamente se vive en un medio que corroe todo. Aseguró que no resistía más, que si por ella fuera correría a un medio menos “mercachifle” que el de Guayaquil. Muchas de las cosas que me dijo me las estoy inventado. El que escribe sobre lo que otro dijo está poniendo en boca de otro sus propias letras, en definitiva. Pero me dijo algo así, la invención no tiene por qué ser un engaño.

Usó la palabra: trascendencia.

Ya no la encuentra. Sospecho que el término ya cambió su sentido. En algún punto, más que perderse, se transformó, no se destruyó. Vaga por algún sendero que exige una mirada menos rápida. Río, lo hago porque hace mucho tiempo pensaba como ella. En algún punto dejé de preocuparme y sentirme presionado por esa búsqueda. La trascendencia funciona por algo que no se puede explicar del todo, quizás se trata de ignorarla para que surja. Me imagino que preferí vivir, ver en esa mínima experiencia algún detalle de trascendencia, pero aposté por la vivencia. No la busco, porque me doy cuenta de que la trascendencia ha perdido ciertos elementos que le daban un baño de contundencia. Ser público y tomado como algo ‘interesante’ (no quiero usar la palabra importante) es algo muy sencillo, toma tiempo, pero es sencillo. Este blog ya tiene 100 mil visitas en dos años… y sigo pensando que trascender por esta vía es perder el tiempo.

Por eso vivo. Leo. Escribo. Río. Me acuesto. Le hago el amor a mi mujer. Adoro a mi gente querida aunque no pensemos igual. No me preocupa la trascendencia de esa manera.

La trascendencia se levantó de su asiento y hoy se la confunde con otra cosa.

Ella me dijo muchas cosas. Le doy la razón en la mayoría. Detesto todo lo que ella me dijo que detesta. Sin embargo, creo que esta es la época de la revisión constante, de excavar en medio de la mierda para recuperar algo valioso. Una Expolibro no puede verse como el enemigo porque no está ampliando el desastre, simplemente manifiesta algo que sucede (ante los ojos de ella, que me dijo muchas cosas) para bien o para mal. Creo que todo lo que se verá en ella es una manifestación legítima: la información dispersa, regada, lo valioso está escondido, como la needle in the hay que hay que encontrar. Un ejercicio que poco a poco irá confluyendo en algo de valor. La misión está en la búsqueda, nada más. La trascendencia exige una experiencia vital, de search and destroy.

Entiendo lo que ella me dijo, entiendo su fastidio, la desesperación. Pero sé que ella no sabe y que pronto lo sabrá: al final nada de estas cosas que ella tanto detesta vencerá. La relevancia nunca ha sido sinónimo de trascendencia. Lo pequeño, lo lento (en medio de este mundo que se debate en la inmediatez), lo íntimo, lo mínimo… en esos resquicios se esconde lo que la relevancia no puede conseguir.

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8 comentarios en “¿Dónde está la trascendencia?

  1. Perder la capacidad de asombro es perder la vida. La trascendencia es algo que se encuentra en la conciencia, no en el ambiente.

  2. Perder la capacidad de asombro es perder la vida. La trascendencia es algo que se encuentra en la conciencia, no en el ambiente.

  3. Eduardo, tu manifiesto me ha conmovido. Te envío el mío, como tú dices, yo también quiero mucho a gente con la que no estoy interesada en estar de acuerdo.

    La trascendencia destruye, cierto. Como tú yo solo quiero escribir, contar lo que se me ocurre. Es ya bastante ambición pedir eso en medio de los ritmos de la vida, diseñada para vivirla y no para fabularla. Procuro no olvidar mi profesión, procuro no escuchar el ladrido de los perros y también mis propios ladridos. No quiero pelearme con mis amigos lastimosamente, en su mayoría escritores, documentalistas, publicitas, gente creativa y compleja. Hubiera querido amigos más simples, el hijo y el partido de fútbol los domingos. La cenita de aniversario y ahorrar para la jubilación pero no, mis opciones me llevaron a otra cosa. Mi pareja he debido elegirla entre este grupo difícil y entrañable y estoy cada vez más satisfecha con mi elección: un hombre de risa fácil, apasionado por la justicia y de cabello muy bonito. Compañero de quince años y de miserias mutuas. Por lo demás, las ferias, los mini histerios, las fiestas culturales y las editoriales son accesorias. Pienso que hay que mirar la intención de la feria -y los otros eventos- más por los beneficios que deja para aquellos que no tienen voz, que por su desmedro. Si vale la pena o no, es otra cosa. Si no te gusta, sáltatelo. No asistas, cambia de canal, vete del país a alguno ideal, seguro darás con la Arcadia. Antes no había nada, absolutamente nada, ahora hay esto. Decir que se prefiere la ausencia a la presencia se llama soberbia, el pecado capital del que los escritores daremos cuentas cuando bajemos al infierno. Yo solo quiero tiempo para aporrear el teclado y saber adiestrar a mis demonios, más de uno ha muerto en ese intento. No quiero un Alfaguara, un Premio Nacional o el Juan Rulfo. Si viene, bien, pero no voy hacia allá obcecada y empujando, seguro que en mi generación habrá gente con más talento y con más capacidad de trabajo que yo. Yo quiero que lo que hago me deje descansar de mi propia guerra, pasar un rato con los míos, un tiempo en el que riamos y nos olvidemos de la muerte y también quiero dejar de pontificar, dejar de decir que hay un top ten de gente que merece o desmerece en la literatura ecuatoriana: No conozco ni a la mitad!!! , es un juego perverso. Si ya estas lo suficientemente loco como para querer decir dos o tres palabras coherentes y mostrarlas, me parece valiente. Si yo decido leerlo ( o puedo, demonios!) o no, ese es mi problema, no el del escritor, el ya lidió con los suyos.

  4. Eduardo, tu manifiesto me ha conmovido. Te envío el mío, como tú dices, yo también quiero mucho a gente con la que no estoy interesada en estar de acuerdo.

    La trascendencia destruye, cierto. Como tú yo solo quiero escribir, contar lo que se me ocurre. Es ya bastante ambición pedir eso en medio de los ritmos de la vida, diseñada para vivirla y no para fabularla. Procuro no olvidar mi profesión, procuro no escuchar el ladrido de los perros y también mis propios ladridos. No quiero pelearme con mis amigos lastimosamente, en su mayoría escritores, documentalistas, publicitas, gente creativa y compleja. Hubiera querido amigos más simples, el hijo y el partido de fútbol los domingos. La cenita de aniversario y ahorrar para la jubilación pero no, mis opciones me llevaron a otra cosa. Mi pareja he debido elegirla entre este grupo difícil y entrañable y estoy cada vez más satisfecha con mi elección: un hombre de risa fácil, apasionado por la justicia y de cabello muy bonito. Compañero de quince años y de miserias mutuas. Por lo demás, las ferias, los mini histerios, las fiestas culturales y las editoriales son accesorias. Pienso que hay que mirar la intención de la feria -y los otros eventos- más por los beneficios que deja para aquellos que no tienen voz, que por su desmedro. Si vale la pena o no, es otra cosa. Si no te gusta, sáltatelo. No asistas, cambia de canal, vete del país a alguno ideal, seguro darás con la Arcadia. Antes no había nada, absolutamente nada, ahora hay esto. Decir que se prefiere la ausencia a la presencia se llama soberbia, el pecado capital del que los escritores daremos cuentas cuando bajemos al infierno. Yo solo quiero tiempo para aporrear el teclado y saber adiestrar a mis demonios, más de uno ha muerto en ese intento. No quiero un Alfaguara, un Premio Nacional o el Juan Rulfo. Si viene, bien, pero no voy hacia allá obcecada y empujando, seguro que en mi generación habrá gente con más talento y con más capacidad de trabajo que yo. Yo quiero que lo que hago me deje descansar de mi propia guerra, pasar un rato con los míos, un tiempo en el que riamos y nos olvidemos de la muerte y también quiero dejar de pontificar, dejar de decir que hay un top ten de gente que merece o desmerece en la literatura ecuatoriana: No conozco ni a la mitad!!! , es un juego perverso. Si ya estas lo suficientemente loco como para querer decir dos o tres palabras coherentes y mostrarlas, me parece valiente. Si yo decido leerlo ( o puedo, demonios!) o no, ese es mi problema, no el del escritor, el ya lidió con los suyos.

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