Adentro….

Camile está feliz y salta. Hace calor en ese pedazo de Guayaquil, deshidratación en potencia. Está feliz y mastica un pedazo de torta con sus pequeños amigos. Camile parece dejar que la sensación de bienestar la ahogue, pero eso es solo una apariencia. La distancia es un antifaz aberrante, sin duda. Alguien se lo pregunta: “¿Cómo estás?”. Llora para decantar todo. La historia la carcome como si se tratara del pedazo de madera favorito de una monstruosa polilla. Se trata de aguantar, es el enfermo del video de “One”, de Metallica, que pide que lo maten y espera, resiste, hasta que alguien lo escuche. Esa es la resistencia de Camile. El padre se fue, ella lo llora. Un día no dijo nada y salió de casa. “Está en Esmeraldas”, dice, “se fue con una mujer”. El rostro de pequeña se vuelve en algo más cercano a la extrañeza. “No sabemos nada de él desde hace cuatro meses”, cuenta. La madre de Camile ha debido irse a trabajar para ganar 90 dólares al mes, así mantiene a sus tres hijos. Hace poco Camile estuvo enferma, entre exámenes y medicinas debieron gastar 80 dólares, lo que haciendo cuentas de primaria darían el gran total, para comida y transporte del mes, de 10 dólares.

Llora porque la vida no le alcanza.

Niño A está arrimado a la verja que separa la tienda de la calle. Ese pequeño comercio que era de su madsre y ahora es de su abuela. Su hermano menor, Niño B, debe estar por ahí. Años atrás el padre de Niño A y Niño B llegó ebrio a casa y sin decir nada hizo algo que marcó a todos. De una de las vigas de madera, en esas casas de caña, amarró su cinturón y se lo pasó por el cuello. Quizás hubo un crack que nadie, salvo la madre, escuchó como incrustación de oro en la cabeza. El sonido de lo valioso, lo permanente, eso inmutable (como un concepto sociológico). Tiempo después llegaría el 31 de diciembre. Los niños con la madre van donde su abuela. La mujer bebe, es fin de año, celebra el tiempo que ha pasado. La madre discute con la abuela, todo es muy fuerte. Ya es madrugada del nuevo año. La madre se levanta del pequeño sueño y dice que se va a su casa. Quieren detenerla, pero no lo consiguen. Los hijos permanecen con la abuela, duermen como previniendo el descanso que luego buscará burlarse de ellos. Pasa el día y la madre no vuelve. Van a la casa y la encuentran colgada, sosteniendo sus pies sobre la nada. Padre y madre colgados por la misma tijera. Niño A permanece arrimado a la verja, parece feliz.

C no aparece en este recorrido, más que por referencia. Es un recuerdo. Su casa estaba a la derecha, de madera, dos pisos. C es un fantasma que sigue doliendo, pero a nadie, quizás a L que lo conoció y que fue esa tarde a su casa, cuando escuchó que se había matado. “Suba”, le dijo la tía de C. L subió y no vio a nadie, salvo a C en el ataud, con la lengua afuera: un saludo confidente. Los padres de C se habían separado, él y sus dos hermanos se quedaron con su papá, mientras que su madre se fue cuatro casas más adelante a vivir con otro hombre. El papá de C empezó a beber (una dinámica de ultratumba, la única consistencia posible en ese lugar donde los callos se enquistan en uno… especialmente cuando se cataloga a alguien como menos hombre) y golpearlo. C debió hacerse cargo de los hermanos. C se enamoró de una chica y ella le dijo que sólo lo veía como amigo. C no podía más. Un domingo llegó papá: “Yo nunca te quise; además, tú no eres mi hijo”. Bastó. Al día siguiente le dijo a un compañero del colegio que se sentía mal, que su papá le había dicho algo bien feo. C tenía 16 años cuando empezó a ser recuerdo en el barrio.


Filipa Marlowe tiene 11 años y ayudaba a todo el mundo, ahí en donde vive, en medio del polvo de su calle. Hacía trabajos en fómex y daba cursos de manualidades a sus amigos. Es muy hábil y de sonrisa fácil. Pero llora con igual facilidad. Dice que vive con su mamá y padrastro (le dice papá). Dice que su papá se la quiso llevar una vez y que su mamá y la tía se lo impidieron. Dice que tiene mucha pena porque se murió su tía y la quería mucho. Sí, ella está muerta, aunque en realidad la mataron: apareció dentro de un baúl. todos sus orificios habían sido violentados, unos grandes palos aparecían como instrumentos de una rudimentaria lobotomía, revenetando la nariz hasta llegar al cerebro (esos palos de chuzos, de pinchos, de carne en palito). No entraba en el baúl y la partieron en dos. Murió como ayudante de mago en su truco fallido. No siempre todo sale bien. Filipa llora y trato de calmarla. Dice que antes le iba bien en la escuela, pero que ya no quiere ir, que no tiene ganas de nada, que probablemente nada vale la pena. Recuerda el grito de su primo menor llamando a la madre, sin obtener respuesta. Esos ojos enormes, firmes, balazos del alma, se enrojecen y se enjuagan. Me enseña un portarretrato con una foto de su tía. La extraña. El dolor de todos es el dolor de ella. No sabe cómo hacer para salir de eso que la hunde cada vez más. Sólo sabe que un par de hijosdeputa mataron a la tía, después de hacerle mucho daño, muchísimo daño.

Afuera tú no existes…. solo adentro…

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8 comentarios en “Adentro….

  1. Tan cierta la frase de Saúl.

    El tercer mundo es atroz pero por demás interesante, como será la historia de los niños vocales de la oligarquía, a lo mejor igual de infortunada..

  2. Tan cierta la frase de Saúl.

    El tercer mundo es atroz pero por demás interesante, como será la historia de los niños vocales de la oligarquía, a lo mejor igual de infortunada..

  3. Rayos Eduardo, qué fuerte. Estamos perdiendo la capacidad de asombro maldita sea! Me dolió mucho tu texto. Me sentí dolosamente culpable de mi reciente ensimismamiento.

  4. Rayos Eduardo, qué fuerte. Estamos perdiendo la capacidad de asombro maldita sea! Me dolió mucho tu texto. Me sentí dolosamente culpable de mi reciente ensimismamiento.

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