El que cuenta

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imagen tomada de masternewmedia.org

El mundo, entre todas las perogrulladas, es un lugar complejo. La firme antípoda de lo que uno espera. Es un lugar duro porque sospecho que lo transformamos en eso y quizás algún día, no tan lejano, la misma flora decida aplacarnos, como en la película de M. Night Shymalan. Es extraño. Obama rompe partes de un bloqueo de un elefante contra una cucaracha y ahora se permite que cubanos en Estados Unidos vayan a Cuba sin represalias y que se envíe de dinero sin problemas. Una israelita de vacaciones en Quito, por un mes, es detenida en el aeropuerto por encontrarle drogas en su poder. La revisan y no cuenta que tiene en su útero dos grandes cápsulas de cocaína. En cárcel decide sacársela por su cuenta y se le revienta. Muere por edema pulmonar. El Presidente dice sin problemas (porque la Constitución se lo ampara) que en caso de que la Asamblea sea opositora (tomando en cuenta que estamos a dos semanas de elecciones) no dudará en disolverla… claro, le toca poner en disposición su cargo… Un medio de comunicación publica un artículo de opinión de uno de sus colaboradores en el que afirma que el país cambiará de moneda y la gente se altera. El Presidente debe salir en vivo en televisión a desmentirlo. El diario no se ha disculpado y el editorialista afirma que no va a revelar su fuente cercana… Los comisionados aprueban cambios en el Código Penal y se arma un revuelo porque en todos lados se afirma que hay cosas que no serán delitos y la gente podría salir a robar si problema. El Gobierno se demora dos semanas en explicar en horario estelar los alcances de esas reformas, dos semanas en las que muchos se asustaron.

¿Cómo puedes contar con una realidad como esta? El periodismo, y vuelvo sobre el tema, es la profesión que no busca la evasión, sino enfrentarnos a la dureza del mundo. “Toda buena noticia es una mala noticia”, esta premisa que suena a pleonasmo parece ser la base de la profesión. Si la defiendo lo haré desde la certeza de lo vil, porque si eso es lo que mueve a una estructura informativa, estamos hablando de algo bajo, ruin, descarado. El periodismo tiene mucho de eso. Truman Capote es el dios. Truman Capote fue tan culpable como Perry en “A sangre fría”. El periodismo se vanagloria en este tipo de perspectivas. Pero quien lo práctica debe cuidarse. El mundo es tan frío y distante, te transforma en un ser sin conciencia del otro. El periodismo tiene de eso. ¿Cómo contar la vida, lo real, sin salir herido? No lo sé.

imagen tomada de genteelite.com

Se me ocurre que lo único posible es el respeto. El respeto a uno como ser humano, el respeto al otro como ser humano, el respeto al lector, televidente o radioescucha como ser humano. La información no es un bien público: la información es la vida, es el resultado del contacto del ser en un planeta que intenta dominar y que no ha podido hacerlo. Es un acto violento y con esa violencia se manifiesta. El único atisbo de control está en saber que de lo que el periodista habla no es de un dato o una cifra en particular, sino de que cada cosa tiene un rostro y una historia de sufrimiento. ¿Contar lo malo? Sí, contar lo malo, contar al ladrón, al asesino, pero con la certeza de que lo que se hace no apoya nada, sino que refuerza la idea de la destrucción de lo que somos. Hay que sentirse responsable, creo yo, de ese pedazo de vida que se trunca. Ahora, hay que decir esas cosas, para ver si es posible que pierdan su embrujo y para eso, pues hay que hacer algo sencillo: ser veraces. No engañar. No alterar la realidad.

Cuando trabajé en Diario El Comercio, en la redacción Guayaquil, recuerdo que hubo un pedazo de realidad bizarra, cuando la gente de un recinto de la provincia del Guayas decidió echar a los agentes de policía del sitio. Fui de viaje al punto, con el fotógrafo y el chofer. ¿La situación? Un policía, al parecer ebrio, había atropellado con su moto a un niño. La gente salío, los botó y quemó el cuartel. Eso fue un viernes. Yo fui el domingo. Nadie decía nada, no querían dar detalles, nada. Un señor en una farmacia, el dueño, fue el primero en decirlo: “Aquí lo que pasó no fue nada de eso que cuenta. Se aprovecharon de que el policía fue lanzando a un niño que se cruzaba la calle de un momento a otro. Lo que pasó es que llegaron nuevos agentes, hace poco, y todas las muchachas dejaron a sus novios para quedarse con los policías que llegaron. ¿Usted puede creer que por celos nos dejen sin protección?”. Me quedé helado y reconocí la vida en ese sitio, en ese momento. Regresé a Guayaquil, en el camino fui escribiendo la nota, sin problema. Llegué, la presenté a la editora. Le gustó, la envió a Quito y el editor encargado de esa sección la regresó: No es posible que publicar esas cosas machistas en el Ecuador del siglo XXI.

imagen tomada de mediablog.eitb24.com
Se cambiaron algunas líneas de la nota y salió así. Ese día odié el periodismo, tiempo después entendí que lo que odié fue la falta de respeto. El periodista, debe dar su versión de la realidad, pero no debe omitir la vida.
Y si la vida es un Presidente que permite viajes, una mujer que muere por drogas en su útero y un Presidente que amenaza a los electores con sus declaraciones, un medio que engaña o un Gobierno que no le importa asustar a miles de personas con sus cambios con sus comisionados imprimen a las leyes… hay que tener en claro que nada importante se debe omitir… absolutamente nada.

imagen tomada de mundo_finisterrae

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