En el nombre del sonido

Brian Wilson
Un señor de 90 años vive solo, al sur de Quito. Hay un perro viejo en la puerta de su casa, se acerca y no hace nada más que olfatear. Nicolás, el hombre, toma su guitarra y empieza a cantar. Es compositor de músicca nacional, se mueve entre pasillos, pasacalles, albazos y aires típicos. Distingue cada uno de los ritmos con la precisión de un cirujano. Revisa si la guitarra está afinada y procede.

Habla con mucha gracia, pero canta con tristeza. El pasillo es como nuestro blues. Es viudo. Su “esposita” falleció hace algunos años y se fue a vivir con uno de sus hijos… quien lamentablemente murió el año pasado. Lo cuenta y no parece lamentarlo. Lo canta y expone todo el desgarramiento. Y me quedo con la boca abierta. El resto lo pueden leer acá.

Nicolás Fiallos, imagen de Carlos Pozo, tomada de telegrafo.com.ec

Radiohead en Latinoamérica me hace pensar mucho en el poder del sonido. Miss K voló a Buenos Aires a escucharlos. Hubiera querido acompañarla, pero no hubo dinero, ni tiempo. ¿Por qué hay algo que atrapa? ¿De dónde surge esa seducción? El arte del sonido también es una manera de enfrentar el desgarramiento. “I’m not there / This isn’t happening”, y cómo no pensar que eso es producto de una sensación de dolor. Y uno no hace nada más que manifestarlo por ese lado, por la voz cantante. La alegría, cuando se la canta, es la antítesis del dolor. Leo la crónica del show en México que escribe Eduardo de Gortari, en la ediic´pn 17 de la revista Punto en Línea, que acaba de salir: “Radiohead visitó México en 1994. Tocaron en el Bulldog, en el Hard Rock Café y en el Ojo de Agua, un pequeño bar. En aquella visita, Radiohead tuvo que soportar (entre muchas peripecias menores) un odioso público, al cual sólo le interesaba escuchar el single de moda: “Creep”. Tanta era la fascinación del público por la canción, que el conjunto tuvo que interpretarla tres veces a lo largo de la noche. Antes de la tercera, Thom Yorke preguntó por qué les gustaba tanto esa canción si hablaba de un perdedor (obviamente, Yorke no sabía nada de México), a lo que el público respondió con más “¡Creep, Creep, Creep!” (…) Tengo que decirlo: lloré casi todo el concierto. Los años de espera, lo sufrido para conseguir un boleto, el gusto de ver a mi grupo favorito tocar las canciones que no sólo han acompañado mi vida, sino que también la han cambiado; tenía que darme el gusto de llorar. Pero me pregunto si no es justamente a eso a lo que debe aspirar toda obra de arte: a acompañarnos y hacernos cambiar, a movernos de tal modo que nos arranque incluso esa cima (y a la vez sima) de la emoción que es el llanto”.

Escuchar música es manifestar también esa desaolación. Miss K debería escribir su crónica de ese show.

Por AL escucho “Calle 13”, “Stevie Wonder” (el genial “Songs in the key of life”) y el “Smile” de Brian Wilson en su totalidad. Alguien podría decir que todo es tan distinto, pero yo siento que la precisión de cada sonido, de cada armonía, No importa la edad o el idioma, el género o el sentido. Un buen tema, una buena manifestación de la desesperanza (o su antónimo) y el enfrentamiento que provoca. Pueden ser precisiones que se dan en algún día en particular. Hoy asumo que la música puede ser eso. El blues de la vida, La metonimia característica. No importa quién la arroje de sí. Hoy es una de esas maravillas que dejo que suene y me permito percibir. El dolor, cuando suena, deja de ser dolor para mí, para muchos.

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