El hombre que inventó a Carver

imagen tomada de artstrong.wordpress.com

¿Cuán bueno es Raymond Carver? En español lo sabremos el 2010. Zar Herralde ya anunció que Anagrama prepara para el próximo año la publicación de “Los principiantes”, como debería llamarse la versión original de “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”. El cuento es que Carver, como un director de cine debutante, se sometió a los impulsos del estudio grande, en este caso su editor: Gordon Lish, y no pudo tener para sí todas las decisiones que hubiese querido. Su libro fue ‘editado’ de una manera más que radical. Ese minimalismo que se le atribuye a Carver no fue más que una invención de un editor que cortó, cortó, cut and paste, cortó y escribió líneas para sintetizar. Lish no hizo nada más que darle forma a Carver. Es su creador.

En diciembre del 2007, el New Yorker fue el primero en poner el dedo en la llaga de este acto que más adelante lo podremos calificar. Publicó “Los principiantes”, el relato de Carver que luego sería “¿De qué hablamos cuando hablamos de amor?”, en la versión de Lish. ¿Diferencias? Muchas: “For those of us who find Carver’s minimalist despair wearying, his version of the story is much gentler than Lish’s scathing edit. Sure, our two couples famously talking through the cocktail hour about What Love Is are just as forlorn and lost as ever. But the centerpiece of the story — the tale the cardiologist tells about an old married couple he helps care for after their horrible car accident — is unexpectedly sweet in Carver’s version. In Lish’s edit, the doctor belittles the old man, calling him an “old fart” and stopping the tale to laugh at him for daring to need his wife so much that he falls into a depression when he’s unable to see her face. In Carver’s version, the story goes on to describe with some warmth the old man’s stories to the doctor about his life with his wife, and explores the man’s joy when he’s finally well enough to visit her in her hospital room. A nurse previously known as “a tough lot” starts weeping at the sight, and the doctor himself seems profoundly affected by it. It’s a touching passage that lends the story as a whole a much more bittersweet flavor, even as we can clearly see what about it felt baggy and sentimental to Lish”, reza en el New Yorker.

Muchos se han puesto a estudiar este supuesto “ataque” a la obra de un autor. Alessandro Baricco es uno de ellos. Como leo en el blog de David González: “Así lo cuenta Baricco. Relata su viaje a Indiana (EE UU) y de cómo se adentró en un pueblito llamado Bloomintong. Allí, en la biblioteca universitaria Lylly, encontró las pruebas de los primeros manuscritos de Carver y las comparó con las posteriores ediciones que, de ellos, legó su editor, Gordon Lish, para la posteridad, para curiosos, para mitómanos. Según Baricco, Lish, recortó, modificó, mutiló muchos de los célebres cuentos carverianos. El final de Diles a las mujeres que salimos, por ejemplo. Según dichos documentos, Carver lo amplió en su primera versión en casi seis páginas que describían una violación y un arrepentimiento. En cambio, la “versión Lish” rehizo y minimizó al máximo un final que tan sólo cuenta con cuatro líneas, apenas un párrafo que hiela la sangre y nos hace renegar del género humano: “No entendió nunca lo que quería Jerry. Pero todo empezó y terminó con una piedra. Jerry usó la misma piedra con las dos muchachas, primero sobre la que se llamaba Sharon y luego sobre la que debería ser de Bill”.”

imagen tomada de newyorker.com

Y lo que uno puede pensar en ese momento es la necesaria presencia del editor, pero ¿cómo puede aparecer? ¿Cómo moverse y desarrollarse ante una obra que le llega? ¿Qué se lee? Lish debió ver algo en el manuscrito que le llegó, algo que vio como oportunidad, algo que vio como transformación. El editor que escribe, el hombre que cambia su apellido y se vuelve un artista del transformismo.

Una nota de la Revista Ñ da la versión de Carver: “Pero a diferencia de la apasionada, bellísima, defensa con la que Malcom Lowry logró que su editor respetara la integridad de su texto de Bajo el volcán,la correspondencia entre Raymond Carver y Gordon Lish – conservada en la Universidad de Indiana, como todos los manuscritos corregidos-es angustiosa. Carver no se atreve a contradecir a Lish, le halaga, le jura agradecimiento eterno, pero también le suplica, invoca graves peligros para su salud, incluso le advierte que puede volver al alcohol… Todo para conseguir que Lish respete sus relatos y detenga el libro. No lo hace, y el éxito es fulminante. Años más tarde, cuando Carver entregó los relatos de Catedral, ya se sentía más fuerte y se vio capaz de imponer su voluntad a Lish. Acabaron rompiendo. El escritor, que se había definido como “un cuerpo pegado a un cigarrillo”, murió de cáncer de pulmón en 1998. Aquel año preparaba una nueva colección de relatos. Era su obra póstuma y quiso recuperar tres de los relatos originales íntegros. En cambio, incluyó también cuatro historias según la versión corregida por Lish. De hecho, tras la aparición de De qué hablamos cuando hablamos del amor,Carver se hizo más prolijo, algo que no pasó inadvertido a la crítica, aunque también adoptó algunas de las enseñanzas de Gordon Lish”.

Lish, imagen tomada de yehjames.blogspot.com

Hoy, cuando su viuda ha recuperado sus manuscritos, Carver vuelve en un estilo puro, el writer’s cut, para ver quién tiene la razón. No puedo esperar, a buscar la versión gringa.

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Un comentario en “El hombre que inventó a Carver

  1. “¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor?”. La reiteración de locuciones en los títulos, ¿serán también por cuenta del editor?. Lo digo porque no responden al tipo de mutilación minimalista que parece afectar a Lish cada vez que se encuentra un texto de <Carver.
    Abrazos

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