Argentino y Guerrilla

imagen tomada de cine365.com

Steven Soderbergh es uno de esos directores competentes, capaz de sacar todo del cajón y hacer obras que de medianas tienen mucho y de fabulosas otro poco. Es decir, tiene una media como realizador y despunta de cuando en cuando. Al hacer este “biopic” de Ernesto Guevara de la Serna, pues consigue mantener esa media, sobresalir en muchos momentos y en otros, simplemente, permanecer con cierta altura. Eso transforma a dos películas definidas como una sola (aunque no lo son, ni por el estilo, ni el ritmo que ambas manejan) en piezas que de por sí serán recordadas con el tiempo en la historia del cine, tanto por lo que cuentan por la forma (en español e inglés)

“El argentino”, la primera parte, nos muestra al extranjero que ingresa en una revuelta que no le pertenece, pero de la que siente curiosidad. Todo gracias a una comida, una cena en la que conoce a un impresionante y arrollador Fidel Castro (Demián Bichir es excepcional en ese papel, pues consigue dos cosas: reproducir a un personaje con tantos manerismos y un acento casi a la percepción, y comerse la pantalla cada vez que aparece). Ernesto, el Che, ingresa al movimiento. Zarpa en el Gramma. Llega a Cuba, lucha por un poco de aliento en medio de esa selva llena de trópico. Experimenta lo que es manejar todo en un sitio como ese; intenta hacerlo bien. No lo consigue en su momento. Fidel le exige dureza y eso es todo. Benicio del Toro logra algo interesante. Apenas uno empieza a ver el filme se encuentra con la sorpresa de un parecido físico impresionante, pero ya promediando la media hora descubres que lo que vez es a un doctor argentino, convencido de que la lucha armada es el vehículo para una gran liberación y cambio del sistema.

El disfraz, la máscara, el travestismo. “Che” está en Nueva York, en 1964 y habla ante la Asamblea de las Naciones Unidas. Es fuerte y decidido. No tiembla al tener frente a él al senador McCarthy. Le agradece la invasión de Bahía de Cochinos. Sonríen ambos. “Che” no tiene temor cuando habla, porque ha sobrevivido la selva, no existe otra manera de ponerlo. Luego regresamos a la selva, atrás y adelante como vehículo de historia y de comprender la importancia política de una figura como la que él representaba. La cabeza de la revolución era Fidel, “Che” fue su rostro.

Pero el rostro tiene voz y presencia. Lo que llama la atención y atrapa de esta primera parte es la construcción de un personaje con tan alto nivel moral que es capaz hasta de cometer inmoralidades por mantenerlo. Eso lo transforma en el hacedor de paradojas que quedan manifestadas, siempre de paso. Soderbergh no es biógrafo (si bien se utilizó a Jon Lee Anderson como consultor histórico de los filmes) intenta contar una vida y a la vez explicar los motivos de la fascinación detrás. “Che” fue alguien excepcional, quieras o no verlo como eso. Y esos seres se merecen precisiones que no sean vistas con tanto fanatismo. “Che” llega a dar órdenes de ejecutar a quienes traicionan los valores de la revolución. Para “Che” no hay nada peor que la traición, el que se va y deja de lado su compromiso con el grupo y los suyos. Al “Che” no le tiembla el pulso para dar una orden de atacar o destruir. “¡Patria o muerte!”, grita. “Che” protege a los suyos, no se puede dejar a ningún herido o muerto en el campo, hay que regresar los cadáveres. Para “Che” es importante que sus soldados sepan leer para que enseñen a los que no saben. “Che” no soporta el hurto. “Che” lo tiene bien claro.

En esta primera parte vemos toda la campaña de la revolución cubana desde la experiencia del Che. Vemos también detalles de la visita a Nueva York, el odio y la fascinación. Soderbergh no está metido en todo, solo repasa momentos, casi como un documental, casi ignorando una narrativa que te pide saber lo que los personajes profesan, dicen y plantean. Durante las entrevistas en Nueva York, por ejemplo, difícilmente vemos a “Che”, todas son tomas y encuadres que se centran en los interlocutores, intrigados, despiertos y atentos a las palabras de alguien que asegura estar en contra del imperialismo de Estados Unidos, pero no del pueblo norteamericano (no hay metonimia en ese discurso… quizás lo que muchos gobernantes que utilizan imágenes de Benicio del Toro debería tomar en cuenta).

El collage funciona en esta primera parte, pero el riesgo de transformarlo en algo aburrido se desdibuja cuando la segunda parte entra al juego.

“Guerrilla” sería como Kill Bill Vol 2, una continuación pero que transforma la dinámica de la anterior entrega. Hya una razón dentro de todo esto: la misma historia. “Che” ya es leyenda y desaparece. Va a Bolivia, auspiciado por Cuba, para iniciar una revolución a nivel latinoamericano. Todo es lineal, lo que se ha explicado en “Argentino” ya es. “Che” no es más extranjero, es conocido por todos. Y en esta segunda parte, un gran filme de una campaña mal realizada, mal desarrollada y destinada al fracaso, presenta elementos que hay que tomar en cuenta. “Che” creía en la lucha armada y ese era el camino. El Presidente de Bolivia reacciona, interviene Estados Unidos, entrar a una democracia e intentar desestabilizarla se suele pagar caro… especialmente cuando los implicados no están del todo convencidos. “Che” cae por el propio deseo que lo lleva adelante. Soderbergh ofrece los detalles y las posibilidades de decir “basta” y regresar por donde vino. Pero no. Cuba no es Bolivia. El error del que cree que todo debe ser de una manera. “Che” no solo tiene una conducta que se rige bajo un solo criterio (puede dejar a su familia en Cuba e irse) sino que mira al mundo desde su perspectiva. El camino es uno solo, no hay nada más. Ignorar el camino es un grave riesgo.

Los aplastan. Soderbergh es puntilloso en recoger todos esos momentos. Aquí sí trata de ser historiador. Contar los hechos, los encuentros, los desencuentros y desenlaces. Porque hay algo que todos sabemos y hay otra cosa que vale contarse. Con ese recuento cronológico se establece la diferencia con la campaña cubana (ambas películas ignoran el paso de “Che” por El Congo, aunque lo insinúan). El plan de la revolución de toda una región fracasa con el mismo brío. “Che” ve su sueño terminado cuando lo atrapan. Duerme en un cuarto. Lo dejan fumar. Habla con muchos. Un cubano le reclama estando ahí por el fusilamiento de su tío. “No hablo con traidores”, responde. La suerte está echada.

imagen tomada de farm4.static.flickr.com

Parece que “Guerrilla” fuese una película menor, pero impresiona. Lo hace porque cierra en cierta medida la historia (si hay cierto porcentaje de recaudación, ya se habla de realizar la incursión en El Congo) y también porque ofrece elementos interesantes al análisis, que te hacen reflexionar en los éxitos y fracasos. “Che” es la figura que por sus ideales es capaz de dar la vida, barbado y pelilargo como Jesús. Pero a su vez “Che” es el ser que por sus ideales es capaz de mandar a matar a otros. La lucha armada es la solución y a la vez la desilusión. Un ideal crea a un ser humano para el que todo no es más que una sola cosa: sin texturas. “Che” sí fue alguien excepcional, tanto que algo quizás se perdió en el camino.

El final es preciso y hermoso. De eso no me queda ninguna duda.

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