El estudio del escritor…

imagen tomada de revistacapital.com.ec

Hace unos días estuve en la casa y en el estudio del escritor Modesto Ponce Maldonado. Lo entrevisté, armé con parte de la información una nota que salió publicada hoy en diario El Telégrafo. Como siempre me sucede cuando realizo esas notas, no todo queda para el espacio y debo dejar de lado algunas cosas. Y las dejé sobre todo las literarias, aquellas que quizás alguien como yo disfruta de manera desesperada. Creo que nunca terminaré de sentirme completo hasta llegar y permutar en mi memoria la figura del escritorio del autor. Pero bueno, todo a su tiempo.

No he leído a Modesto Ponce. En mi poder tengo la primera edición de “También tus arcillas”, su publicación inicial, cuando tenía casi 60 años. Sí, Ponce es como nuestra versión de Saramago. Pero fue con su siguiente obra, la novela “El Palacio del diablo” que definitivamente arrancó y es más, recibió una serie de galardones (para estos datos que son necesarios y reivindicadores, les pido que revisen la nota del diario El Telégrafo). Su siguiente trabajo, la novela “La casa del desván”, lo convirtió en uno de los 10 finalistas del premio Planeta-Casa de Américas, este año que se termina. Sólo con tres obras y reconocimientos fuertes, casi hasta determinantes. Una vida dedicada a la lectura y de cierta manera a preparar el camino para sus temas, sus impresiones, sus intensidades.

¿Qué lleva a un escritor a no hacerlo durante la mayor parte de su vida y luego, a los 60, lanzarse a publicar una obra? No lo sé, él tampoco lo sabe. Se lo pregunté varias veces y no es que me quedara con las palabras a medio decir, sino que no encontraba él una opción, una frase que sonara a explicación. Un día se levantó y empezó a escribir, probablemente hayan sido líneas que nunca se usaron, talvez algo que sirvió en otro momento. Lo más seguro es que el lector intentó, en ese preciso instante, pasar al otro lado de ese espectro. Y esa necesidad surge de un día para otro, sin ningún criterio extraordinario de por medio. El escritor simplemente despierta de una buena vez una mañana.

En su estudio, discreto y pequeño, iluminado hasta la explosión de una supernova por un gran ventanal que recorre y deja en evidencia el camino que lleva a Guápulo y Cumbayá (estamos hablando de uno de los supuestamente sectores más elegantes y caros de Quito, pero Ponce y sus esposa viven con las comodidades que una persona normal tiene, sin excesos, ni recargos a la conciencia). La claridad permite que veamos los libros que se sostienen en los estantes. No los recuerdo bien en este momento, tampoco los quería anotar, deseaba que mi memoria se transformara en compañera, pero simplemente nada de eso sucedió esa mañana. ¿Günter Grass? ¿Pamuk? ¿Bryce Echenique? Lo que sí tengo colgado en la mente (y a insistencia de la palabra de Modesto) es la serie de libros de Saramago, uno de sus escritores favoritos. Historia obligatoria: Par de autores tardíos; Ponce Maldonado ha escrito artículos y ha intervenido en mesas en las que se ha hablado sobre la obra del Nobel portugués. Su fascinación por la obra del extranjero significó el envío de una carta, en el 2003, a Saramago, en la que le explicaba ciertas nociones que él encontraba en su narrativa – de la cual se jactaba haberla leído en su totalidad – y también lo saludaba. De retorno recibió una carta de la mujer del autor, Pilar del Río, quien le agradecía en nombre del esposo y le enviaba el que quizás era el libro que Ponce no había leído: “Viaje a Portugal”, dedicado. Uno de sus tesoros.

La escritura, el juego del poder, el caos y el orden, las repeticiones, los reflejos. La literatura puede ser un reflejo inacabado de algo que va a estar en constante construcción. De manera inevitable, el autor juega a crear esa imagen que no está ahí, sólo se la percibe por lo que se supone que representa. “El Palacio del diablo” se supone una construcción a la altura de la locura que es estar en Quito (incluso hay capítulos de la novela en los que la ciudad habla). Modesto Ponce tuvo y manifestó el deseo de contar la ciudad (y eso es material de otro análisis) y al parecer, para muchos lo hacen. Pero necesitaba un orden y lo tuvo claro cuando, al finalizar la novela, luego de trabajarla 5 años, elaboró un cuadro referencial de narradores, personajes, escenarios y situaciones, con la ayuda de su mujer, Rosi.

Modesto y yo hablamos del reflejo, de los espejos, esa fascinación borgeana, intransigente. La misma curiosidad que él tiene. Trato ahora de pensar muy bien lo que escribo, para no repetir lo que se ha dicho en otras notas. Hay una anécdota detrás de “La casa del desván”, pero para eso lean la nota del diario. Sin embargo, cerrar la mirada gigante y abrir la llave para una medida mucho más compleja: la mente del hombre, del loco, del que no distingue entre el exterior y él, entre el reflejo que lo circunda, el esquizofrénico. “La casa del desván” es eso, la aventura por la mente de alguien que está mal, quién sabe cómo. Y los fantasmas del autor surgen, como esos temas que van dando vueltas en uno y que se hace necesario controlarlos. Modesto lo sabe, la locura está por ahí. “Simón tenía un espejo” es un cuento que escribió cuando tenía 22 años y que se publicó en la revista Letras del Ecuador, de la Casa de la Cultura. Los años pasan, muchos. Carmela es el nombre de la mujer del personaje principal del cuento y luego se convierte en el nombre de un personaje de “La casa…”. Hay algo que lo persigue, está consciente de eso y quizás esa pueda ser la ventaja del añejamiento natural…

Escritor de lentos procesos, con lam disciplina de escribir lo que haya que escribir en esos días. Los procesos, que los revela en medio de su sala, se basan en el tiempo. No tiene apuro, deja el espacio suficiente para esa sensación. Termina una obra y la deja descansar, en ese intermedio empieza otra y cuando sabe que debería leerla y corregirla, lo hace. El proceso lo repite hasta 3 veces y lo da por terminado. la obra está lista. Y luego viene la lectura de la publicación. Lo hace así, le gusta. Sin embargo, el desgaste que hubo detrás de “La casa del desván” lo tiene alejado del libro, supongo que pronto lo leerá… supongo que de esta forma se puede utilizar a ese formato como una herramienta.

imagen de Carlos Pozo, tomada de telegrafo.com.ec

Pero bueno, supongo varias cosas, cuando en definitiva lo que quiero decir es que disfruto conocer los lugares donde los autores cocinan sus trabajos. Sencillo y claro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s