God save the queen

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imagen tomada de encontrarte.aporrea.org

Pedro Lemebel entra como un jedi, o como si fuese el Emperador Darth Sidious. La capucha verde cubre su cabeza, su bandana, de verde sigue el resto de su atuendo. Parece guardar el lightsaber en algún lugar de la vestimenta, no dice nada, ha llegado tarde, veinte minutos de retraso según el cronograma de la Feria del Libro. Debía presentar un video sobre su trabajo perfomático, pero se decidió algo más por un asunto técnico que ahora no tiene importancia. Lo estamos esperando, curiosos y estudiantes de diversas facultades de comunicación. Algunos se durmen, recuestan la cabeza en sus amigas que, estoicas, soportan el peso de estar en una charla que probablemente no reconozcan como importante todavía.

Lemebel es ajeno a todo esto. Se sienta, escucha la presentación de Juan Carlos Cucalón, narrador y cronista ecuatoriano, que le regala una planta. Saca una menta de su maletita y se la lleva a la boca. La historia que rondaba los pasillos del Centro de Convenciones Eugenio Espejo era que se bebió todo el whisky que pudo en el avión y ni bien arribó a Quito, se desplomó por algún lugar. El rumor se hizo realidad en boca del propio Lemebel cuando afirmó que bebió en el avión y no supo cómo llegó al hotel. Y todo fue risas.

Uno tiene una idea de Lemebel por lo que escribe, por su trabajo (“Escribo por plata, como las putas”), por esas entrevistas, por esa boca que dice todo, probablemente sin detenerse a la meditación de conciencia que lo interlocuta. Lemebel va al extremo porque lo vive y da la impresión que si quieres seguirlo un poco debes estar dispuesto a aceptar esa posibilidad. Él, desde eso, se ha manejado para crear una visión o un mundo que se adhiere a todo lo que pueda potenciarse. Chileno, Lemebel nació a mediados de los 50, en un hogar pobre, tanto que la casa de su madre parecía simplemente la fachada de un escenario hollywoodense (de esos que hacen referencia a Sudamérica): solo una pared con pared y agujeros de ventana y nada más. Ligado siempre con las minorías y sus problemáticas (“Mi corazón está donde me duele”, dijo al referirse a su trabajo con ciertas organizaciones ligadas a la defensa de los derechos humanos y más que nada al ejerciico de la memoria), homosexual, ser de la resistencia, gran cronista, capaz de sorprender a políticos en un acto de respalo a Patricio Alwyn, vistiéndose de vedette y saliendo al escenario ante un público impávido, junto a Francisco Casas, con quien creó el colectivo “Las Yeguas del Apocalipsis”, desenfadado y quizás desenfrenado… al menos ese es el personaje que se detalla frente a quienes nos sentamos a escucharlo.

imagen tomada de magazines.documenta.de

Si bien lo de marica no es gratuito, dejarlo en ese estado es simplemente quedarte con la figura que polemiza y no con la persona que tiene algo adentro por desencadenar. Habla de sexo y de drogas sin prejuicios. Los verbos son coger y jalar. Usa el Lemebel, apellido de su madre, y no el Mardones, el apellido que cada vez que escucha lo hace “regresar a la próstata de su padre”. Cucalón le pregunta sobre su necesidad de ‘retornar al útero materno’. Él responde con una historia, cuando bebió, todavía sin saber caminar, aguas servidas (llevándose los dedos a la boca para demostralo: “Todavía lo hago” dice y el auditorio lanza la carcajada) y luego de dos días la barriga le parecía un globo completamente lleno de helio, como los niños famélicos del África. Toma viada y respira. Alguien a mi lado dice que le duele el trasero por estar sentada tanto tiempo. unas estudiantes detrás están dormidas. Hay escritores por algún lugar del salón, el Viceministro de Cultura está a menos de un metro de nosotros. Solo queda observar y dejar que el punchline dibuje la sonrisa o desencaje el rostro de los que estamos aquí. Lemebel sabe lo que quiere y van en crescendo. La iea es que la resaca debe curarse de alguna manera y poco a poco va adquiriendo vuelo, campo para hablar.

Lo llevan al médico y le mandan purgantes. Al rato juega a la excresión y puede ver a un pequeño sapo que sale de él. Sí, había ingerido huevos de sapo que se habían desarrollado dentro de él. Debe tener la imagen bien grabada para traerla en la conersación. Todos ríen, acompañnado el sonido con un “¡iuuuuuck!”. “Las locas son chistosas”, dice alguien. Gabriela Alemán prefiere decir que “los cronistas que conoce son todos graciosos”. Le creo, los escritores tienden a ser muy serios.

imagen tomada de culturaenmovimiento.cl

No es un ser de ficciones. Estuvo alguna vez en un taller de literatura en el que escribió cuentos junto a viejas aburridas. Puede decir que se ganó la beca Guggenheim en 1999 y se gastó todo el dinero del premio, sin hacer nada (algo sobre una investigación que retrataba desde el pasado judicial chileno la historia de los homosexuales). Cuando le pidieron el texto terminado, envió el índice. Sobrevivió a eso, como a otras cosas, el golpe de la muerte de su madre “hace 5, 6 ó 7 años”, todavía lo marca, pero consigue sortearlo. Su única novela fue “Tengo miedo torero”, del 2001. De ahí ha preferido sortear los caminos de una realidad que se vuelve ya en sentencia y en memoria. Pedro Lemebel recuerda muy bien muchas cosas y las cuenta con lujo de detalles, aunque a veces olvida los términos precisos para algunos objetos. “La esquina es mi corazón” es un gran libro de crónicas, y “Serenata Cafiola” es su última publicación (que en la Feria del Libro está a 23 dólares, algo cara para mí), siempre tratando de dejar para sí y para sus lectores algo de lo que cuenta pero no como un deseo de “llegar”, sino de incitar. Eso lo convierte en alguien com pocos.

Lemebel llega sin vestido y sin zapatos de taco. Todo de verde, de verde marcial, casi, y de esa paradoja nadie es consciente. Hombre de izquierda, ¿loca de izquierda? No se puede estar más al margen que ser eso. En Chile, ayudó al Frente Patriótico Mauel Rodríguez a derrocar a Pinochet, a través del diseño de la portada de la novela “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, de Omar Cabezas, libro insigne de la revolución sandinista en Nicaragua, para distribuirla en Santiago. ¿El resultado? Una imagen de Sandino, con la cordillera detrás: como si fuese un afiche de un western. Lemebel ríe cuando cuenta esto.

Lemebel y Francisco Casas, “Las yeguas del Apocalipsis”, imagen tomada de http://www.lanacion.cl

Entonces cierra el acto con un deseo en forma de historia. Habla de que hace poco estuvo en Argentina. Que lo invitaron al Malba y entre las cosas que pidió, pues había un “taxiboy”: puto, gigoló, prostituto, como se le pueda decir por acá… Gastón se llamaba y era de Tucumán. Lo vio, peor lo dejó de lado por jalar y beber. Se le fue la mano, habló de él cuando le tocó estar en el acto al que debía ir. Gastón lo escuchó y casi salta de la emoción cuando pronunciaron su nombre. Pedro le volvió a perder la vista y ya, pasado de copas y de todo, acostado en el cuarto, en la cama, siente un codazo y se levanta. Era Gastón: “Pedro… te tengo que coger, me están pagando”, le dijo. Y Lemebel lo repite frente a todos, cuenta ese acto de honestidad en el sexo y nadie sabe si reirse. Yo me río. Pedro da un walk in the wild side y para algunos fue simplemente demasiado.

imagen tomada de farm3.static.flickr.com

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