La frontera final

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Los tiempos son de la inmediatez. Es todo producto de una arbitrariedad que te obliga a devolver la mirada y jugar a cierto destello de comprensión. Hay un tema que me da vueltas por la cabeza, desde siempre, uno de esos temas que también le dan vuelta a Álvaro Henríquez y que tuvo la posibilidad de responderme la razón. Yo todavía no puedo, no lo sé, sin embargo me da la impresión que cuando pienso en el suicidio debo tratar el tema tabú que ha jugado su parte en una sociedad como la que me crié.

imagen tomada de infobae.com

Justo cuando leía un texto de Héctor Abad Faciolince, titulado “Escritores que se matan”, llego al link de la noticia del suicidio de David Foster Wallace, en su casa en Nueva York. El escritor había llegado a su momento de fama y reconocimiento con la novela “Infinite JEst”, se ahorcó el viernes. Un día después todo se sabe y empiezan las dudas. El diario El País escribe en su obituario un párrafo decisivo: “Una de las notas más persistentes entre quienes escuchaban la noticia por primera vez fue el recuerdo de que hace unos años, el propio escritor pidió que lo internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria pues no se sentía capaz de controlar su pulsión suicida. Foster Wallace era un personaje muy querido tanto por sus estudiantes y colegas de la Universidad de Pomona, donde impartía clases de escritura creativa, como por sus compañeros de oficio. Tal vez uno de los rasgos más llamativos de su personalidad fuera el contraste entre el afecto que inspiraba en cuantos trataban con él y su marcada propensión a sumergirse en estados de ánimo sumamente sombríos”.

Entonces me detengo y doy un respiro para seguir leyendo el texto escrito para el diario español por Eduardo Lago: “El interés se elevó a asombro con la aparición en 1996 de la monumental La broma infinita, edificio narrativo de más de mil páginas, que contaba con un complejo aparato de varios centenares de notas, muchas de considerable extensión. La novela adquirió el estatus contradictorio de ser considerada una obra de culto, pese a que gozó de una extraordinaria difusión. El consenso, sobre todo entre los escritores, es que se trataba de la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en la década final del siglo XX. A los críticos les resultaba difícil encasillar a un autor como David Foster Wallace, pues se salía de los límites de lo estrictamente literario. Su estética remitía a referentes tan dispares como la obra del cineasta David Lynch (Wallace escribió una crónica memorable sobre el rodaje de Lost Highway) o los comentarios de alguien tan improbable como el célebre icono de la televisión estadounidense David Letterman (…)

Publicada cuando el autor contaba 33 años de edad y ambientada en EE UU en torno al año 2025, La broma infinita propicia el entrecruzamiento de una portentosa diversidad de registros: de la trigonometría al tenis, pasando por las drogas, la estética grunge, la filosofía, y el cine. Por medio de un lenguaje en estado permanente de incandescencia, la novela lleva a cabo una sátira despiadada de nuestro tiempo, a la vez que un conmovedor escrutinio de la soledad del individuo. Tuve ocasión de entrevistar a David Foster Wallace para EL PAÍS en dos ocasiones. Hablando de su magnum opus, el escritor se lamentó de que a casi todo el mundo se le hubieran escapado los aspectos más sombríos de la novela, que consideraba una obra cargada de matices trágicos: “Desde un punto de vista materialista”, declaró entonces el autor, “los Estados Unidos son un buen lugar para vivir. La economía es muy potente, y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas. Sobre nosotros sigue pesando la sombra de episodios históricos recientes, como Vietnam o el Watergate y ahora, el desastre que se avecina con la matanza que está a punto de comenzar en Irak”. Señalando otro de los aspectos fundamentales del libro, añadió: “Otro tema central de la novela es el fenómeno de la adicción como síntoma del malestar de la sociedad capitalista: desde las drogas hasta otras formas más genéricas de adicción…”.

Y llegas a tener una idea y el requisito necesario de buscar una de sus obras para leerlas. Pero esa claridad parece estar condenada al abandono, cuando las palabras de Abad, ahora sí, surgen como corolario: “Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo muy bien; otros, en un arranque repentino de autodestrucción. Unos sobrios, otros drogados (…) Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se han inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo (…) Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia. Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: “Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño”. Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber ineludible de matarse. Pero mientras llega ese último instante de lucidez en las tinieblas, habrá que seguir viviendo”.

En ese desconocimiento, o mundo de certezas a medias, tratas de ejercer el movimiento preciso, lamentar cuando algo se acaba, pero a la vez llegas a entender en cierta medida que el acto desproporcionado de voluntad propia… y esas cosas suelen doler.

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