El dilema de las pelucas

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Hace unas semanas la Fundación Teatro Nacional Sucre presentó su puesta en escena de la ópera “Carmen” y más allá de un representación que obliga a decir que quizás el país demores en llevara delante una ópera con la calidad que merece (las palabras de Miss K son determinantes en esta reflexión), parece que algo no cuadró de manera adecuada.

una pelucona (imagen tomada de pinups.blogia.com)

Publica el diario Últimas Noticias el siguiente texto, titulado “Carmen y pelucones”: “Asistir a la ópera es una experiencia única. Note que en ella se cuentan historias universales que tocan emociones que todos alguna vez hemos sentido, como el amor, el odio y la pasión. No se necesita ser entendido o experto para disfrutar de la ópera. Este es un género artístico para las masas, ¡es como el fútbol! Lástima que ahora la cultura ya no sea de todos, pues el valor de las entradas para ‘Carmen’, que se estrena hoy, a las 18:00, en el Teatro Nacional Sucre, estén caras: USD 80 luneta y 40 platea”.

Lees cierta idea de gratuidad en esas palabras que no se toman la molestia de averiguar el valor de entradas a espectáculos similares en otros partes del mundo, donde incluso son superiores (claro, en otros son más bajas, cuando al averiguar te das cuenta que hay cierta subvención del Estado en esas cosas… situación qeua cá se da, pero que no alcanza a costear el espectáculo)… o peor aún, en la nota no se hace la investigación necesaria para definir el porqué de ese costo elevado, qué determinó aquello, para así mostrar una razón y exigir luego correctivos. Entonces sí encuentras gratuidad en mucho de lo que se dice en aquel texto.

Lo peor es que la nota comete un error terrible al no incluir el nombre del compositor y autor de la obra.

Georges Bizet, quien hizo “Carmen”, la obra para pelucones (imagen tomada de musicelebrations.blogsome.com)

Sin embargo, es el dilema y uso del término que hace referencia a la peluca el que detalla y justifica esta introducción. En el país, para quienes no lo saben y no viven acá, el Presidente del país ha popularizado el término de “pelucones” a aquellos seres que tienen dinero y representan todo lo peor que uno se pueda imaginar: derrochadores, ladrones, que no les importa el prójimo, que sólo quieren ganar más dinero, que no desean el progreso del país… en sí, los identifica con las viejas prácticas políticas/partidistas en el país. Y no sería nada más que una anécdota graciosa, de no ser que con el tiempo, el mismo uso dado por el Presidente se ha transformado en el grito de guerra de cierta incomprensión social y el motivo más decisivo para capitalizar (sí, capitalizar) esta lucha de clases que definitivamente vivimos (al menos en lo discursivo).

Ahora “pelucón” es sinónimo de nefasto, de no querer el bien para el Ecuador, de feriarte todo. Ahora, el “pelucón” es un ser que no merece absolutamente nada, más que desprecio… como el mismo Presidente lo anuncia sábado a sábado en sus programas radiales y televisivos, como muchos lo han tomado… el grito de guerra, la explicación de lo que está mal, la razón de aquello que debe cambiarse.

La gente de la Fundación respondió a ese texto con un artículo publicado en la web, así como en su suplemento informativo “Desde el teatro”. Dice: “Cuando Luis XIV, el rey sol de los franceses, decidía quebrar su rutina, acudía rodeado de toda la corte a las fuentes del Palacio de Versalles a tomar su baño anual, mojaba sus pies y salía entre aplausos y vitores. Detrás de él, haciendo reverencias, los preferidos del rey iban con sus rostros empalidecidos y empolvadas pelucas, mientras afuera el pueblo, muerto de hambre y de ignorancia, reclamaba las sobras de la mesa para disputárselas con los perros y exhibían sus dientes podridos y sus cabezas con apenas retazos de un cabello mugriento. Al terminar la ceremonia, esa o cualquier otra, los dueños de las pelucas – los pelucones- iban a sus palacios a contemplar en el espejo sus rostros verdaderos, ya libres de afeites y ungüentos, tan decadentes como los de aquellos miserables que habían visto detrás de las puertas. Calificar algo de pelucón, o relacionarlo con su ámbito, implica necesariamente vincularlo con esta imagen de exclusión de aquellos que, sin peluca, contemplan la opulencia de los poderosos (…) Con escasos fondos públicos el Sucre no podría pensar en producir ópera a ese mismo nivel, pero lo hace, y se las arregla para llevarla a parques, plazas, espacios públicos, de manera gratuita y con excelentes condiciones de acceso, como parte de su política de respuesta a las necesidades culturales de la población. Que se exija acceso para todos está bien, no lo está sin embargo, dar perspectivas incorrectas a un público que tampoco se exige involucrarse en el ámbito cultural y siempre recibe, como si tuviera un generoso Estado con políticas y sistemas de administración de cultura, a pretexto de gratuidad, muy poco de lo que le pertenece”.

Defensa, por donde se la mire, pero que ejerce el sentido común de ofrecer un argumento ante el absurdo. Puede resultar “bonito” usar el término, pero hacerlo con gratuidad, insisto, es tonto y hasta repulsivo. ¿Por qué la separación con aquello que no entendemos? ¿Son la gente necesitada ignorantes, potenciales criminales? ¿Seres que en medio de la necesidad pueden cometer las peores atrocidades o perder la vergüenza? ¿Individuos que merecen ser ayudados por alguien porque el sistema los aplasta y no pueden más? Cualquier respusta a estas preguntas es caer en el terreno de la especulación o del prejuicio. ¿Toda persona que tiene dinero lo obtuvo de mala manera? ¿Todo rico es “pelucón”? ¿Todo rico no se interesa por el desposeído y únicamente lo quiere explotar? Pues es el mismo juego; triste, enfermo y decepcionante juego.

Más cuando la figura del “pelucón” está asociada, como agregado, a un lugar. Siempre es necesario tener esa identificación. Seleccionar al enemigo funciona a la perfección, mejor si sabes dónde está. Entonces, el “pelucón” se localiza en una ciudad o región en específico. Por lo general está en Guayaquil. Y ojo: no son todos los guayaquileños, el Presidente se cuida de dejar marcada esta diferencia, pero la metonimia tiene su parte en esta realidad y al ubicar al causante de todos los daños del país, si eres de ese lugar, pues debes responder por eso.

Mi viejo debe, por trabajo, recorrer varios puntos del país. Mi viejo es lo más remotamente posible de lo que suele definirse como “pelucón”. Mi viejo, sin embargo, se cataloga como partidario del “No” en el referéndum (convengamos que estas elecciones van a ser por apoyar o no al Presidente, más allá del texto constitucional) porque no soporta tener que defenderse de una acusación que no le compete, pero que en cada lugar que pisa le arrojan, por ser de Guayaquil. La metonimia atacando.

imagen tomada de flickr.com

Y es mi viejo el que me cuenta que hace unas semanas, cuando hubo un paro de transporte público en Quito (exigiendo elevar el precio de los pasajes), vio el noticiario y un hombre, enojado con justa razón, estaba subiéndose a una camioneta para movilizarse y alcanza a decir a la cámara y al reportero que todo eso era por culpa de los “pelucones”. Trancribo a continuación fragmento de un artículo de opinión de Manuel Ignacio Gómez Lecaro, que se publicara en El Universo, el 3 de septiembre: “En ese hombre, esa escena, esa frase, está de alguna forma ilustrado el mal que este Gobierno y este Presidente le hacen al país contagiando su odio a la riqueza y sus resentimientos. ¿Qué tienen que ver los pelucones de Correa con este paro de transportistas? Obviamente nada. Y de eso se trata para el Gobierno. Tener siempre a quien echar la culpa. Si antes los culpables de todos los males eran los políticos, hoy este Gobierno conduce todas las frustraciones nacionales contra los ricos. No es coincidencia que estos días Rafael Correa mencione en sus discursos a los “hijos de papá” de la Universidad Católica. En una época en la que cada quien responde por sus propios actos, no por los actos de parientes o antepasados, el Presidente descarga sus odios contra un grupo de jóvenes acusándolos no de sus actos, sino de sus apellidos y parentelas. Y claro, el país que todavía le cree a su Presidente, absorbe esos resentimientos y se contagia de esta lucha de clases, como el hombre en el balde de la camioneta”.

Ya está, hay una culpa dirigida y bien estipulada.

Se trata, claro está, de encontrar culpables o gente a derrotar, el enemigo bien definido, los responsables. Así, se gesta el tipo que en buscando ver la representación de “Carmen”, entró al Teatro y preguntó los precios. Una amiga que estaba en la puerta se los dijo y el hombre se quedó impávido, su gesto se trastocó y pronunció la frase que ella me repitió hace unas horas: “Son unos pelucones”.

imagen tomada de rafaelcorrea.com

Y el recuerdo aparece, cuando en ese mismo lugar, en octubre del año pasado, se presentaron “Los Aterciopelados” de manera gratuita en la Plaza del Teatro y había un hombre, obviamente con dinero, arrimado en un balcón del Teatro Sucre, donde hay uno de los restaurantes más caro de la ciudad, con una copa de vino, escuchando el concierto. Abajo un par de tipos, que gritaban el término común en estas circunstancias, decidieron darle “su merecido”: un chicle que lanzaron a toda velocidad, que cayó en su ojo. Abajo risas y castigo al pelucón, arriba desesperación. Abajo, Miss K. y yo, lamentando que esa sea la medida de las cosas…

Ahora, sin duda, ya sabemos quién es el culpable de los males del país: el otro.

4 comentarios en “El dilema de las pelucas

  1. Sartre: el infierno son los otros.

    Eso ha estado siempre loco, y está muy arraigado en nuestras conciencias.
    Eso del odio o el rencor entre las clases sociales tampoco es nuevo en Ecuador. Antes se les llamaba aniñado, aniñado tal o cual, y así. Tal vez antes no trascendía tanto, pero estuvo y está, puede decirse que es como un distintivo de nuestra cultura. Aunque no, no creo, también sucede en otros países.
    Y ese tipo que escribe el artículo en El Universo, que mal loco: Está claro que Correa no desprecia la riqueza, ni promueve aquello, la lucha (si se puede llamar así) es contra un determinado estereotipo de millonario, el que discrimina, el que se cree superior a los demás, etc, etc. Y cuando el hombre gritó lo gritó, seguro era porque identificaba esa palabra con una actitud de injusticia. Que me parece que por ahí va el asunto ya. La palabra pelucón, se esta convirtiendo en un sinónimo de un montón de cuestiones negativas. Y si se trata de identificarlas y luchar contra ellas, pues que bien. Dónde está lo malo. Aunque también pasa lo que dices de tanto uso se convierte en una palabra sin significado, y utilizada para designar lo que sea. Igualmente para los que tenemos buen humor, no es otra cosa que un chiste de momento. En fin.

    Cuando hablas del tipo al que le lanzaron el chicle al ojo, que te diré broder, en todas partes hay desadaptados, por decirlo menos, que también son el efecto de un mal que hay que identificar.

    Buena tu frase final, pero al parecer el tipo del Universo tiene una mejor: Ahora, sin duda, ya sabemos quien es el culpable de los males del país: Correa.

    Por otro lado loco, a qué no sabes, se volvió a unir el grupo Sahiro, y todos rcordamos sus hermosas melodías…jajajaja.

    Hablamos mi pana, abrazo. Y avisarás cuando vengas para acá. Me amenazaste, no más.

  2. Sartre: el infierno son los otros.

    Eso ha estado siempre loco, y está muy arraigado en nuestras conciencias.
    Eso del odio o el rencor entre las clases sociales tampoco es nuevo en Ecuador. Antes se les llamaba aniñado, aniñado tal o cual, y así. Tal vez antes no trascendía tanto, pero estuvo y está, puede decirse que es como un distintivo de nuestra cultura. Aunque no, no creo, también sucede en otros países.
    Y ese tipo que escribe el artículo en El Universo, que mal loco: Está claro que Correa no desprecia la riqueza, ni promueve aquello, la lucha (si se puede llamar así) es contra un determinado estereotipo de millonario, el que discrimina, el que se cree superior a los demás, etc, etc. Y cuando el hombre gritó lo gritó, seguro era porque identificaba esa palabra con una actitud de injusticia. Que me parece que por ahí va el asunto ya. La palabra pelucón, se esta convirtiendo en un sinónimo de un montón de cuestiones negativas. Y si se trata de identificarlas y luchar contra ellas, pues que bien. Dónde está lo malo. Aunque también pasa lo que dices de tanto uso se convierte en una palabra sin significado, y utilizada para designar lo que sea. Igualmente para los que tenemos buen humor, no es otra cosa que un chiste de momento. En fin.

    Cuando hablas del tipo al que le lanzaron el chicle al ojo, que te diré broder, en todas partes hay desadaptados, por decirlo menos, que también son el efecto de un mal que hay que identificar.

    Buena tu frase final, pero al parecer el tipo del Universo tiene una mejor: Ahora, sin duda, ya sabemos quien es el culpable de los males del país: Correa.

    Por otro lado loco, a qué no sabes, se volvió a unir el grupo Sahiro, y todos rcordamos sus hermosas melodías…jajajaja.

    Hablamos mi pana, abrazo. Y avisarás cuando vengas para acá. Me amenazaste, no más.

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